La luz de la mañana se filtraba por la persiana americana, dibujando líneas paralelas sobre el cuerpo desnudo de Gemma. Se miró en el espejo del vestidor, giró lentamente. Los moretones ya no eran violetas sino de un amarillo enfermizo, como pétalos marchitos sobre su piel. Pasó la yema de los dedos por una marca en su cadera. "Dos encuentros", pensó. "Dos encuentros y ya no sé quién soy sin esto".
La universidad se había vuelto un trámite burocrático, un sonido de fondo que no lograba penetrar la membrana de su obsesión. Tomaba apuntes sin escuchar, miraba al profesor sin verlo. Sus compañeros discutían sobre Foucault y ella solo pensaba en la textura de una soga, en el sonido de una hebilla al caer al suelo.
—¿Gemma? —la voz de Martina, su compañera de facultad.
—¿Eh?
—Te pregunté si tenés los apuntes de la clase pasada.
—Ah, sí, tomá.
Le extendió la carpeta sin mirarla. Sus dedos rozaron el papel y sintió un escalofrío. Hasta el tacto más inocente le recordaba que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. "Si por mí fuera", se dijo mientras Martina copiaba, "me pasaría el día atada. Bajo sus órdenes. Sin decidir. Sin pensar".
El gimnasio olía a sudor ajeno y desinfectante de limón. Gemma ajustó la colchoneta y se colocó en posición. Sus músculos se tensaron mientras levantaba el peso muerto. Frente al espejo, su cuerpo era una máquina de líneas precisas: los hombros marcados, los dorsales que se ensanchaban con cada repetición como alas plegadas. El short de lycra negro se hundía entre sus glúteos firmes, redondos, que se contraían con un temblor casi animal al terminar el movimiento. Las gotas de sudor le corrían por el esternón, se deslizaban entre sus pechos contenidos por el top deportivo, brillaban en su abdomen como pequeñas constelaciones. Respiraba fuerte, la boca entreabierta, la mirada fija en su propio reflejo.
Pero ya no entrenaba para ella.
Cada sentadilla, cada abdominal, cada minuto en la cinta era una ofrenda silenciosa. Se imaginaba a Omar mirándola desde alguna parte, evaluándola, aprobándola. "Quiero que me veas linda", pensó mientras sus piernas temblaban en la última repetición. "Quiero que cuando me uses, te guste lo que ves".
El vapor de su baño envolvía. Gemma dejó que el agua caliente le golpeara la nuca, los hombros, la espalda. Cerró los ojos. El jabón se deslizaba por su piel como una mano invisible, y otra vez su mente viajó a él. A su voz. A sus órdenes. Al modo en que Omar le había dicho "putita" y algo dentro de su pecho se había roto y recompuesto al mismo tiempo.
Nunca le prometió nada.
Nunca dijo "esto es para siempre".
Y sin embargo ahí estaba ella, parada bajo el agua, con el cuerpo dolorido por ejercicios que ya no tenían otro propósito que complacerlo, con el recuerdo de sus dos encuentros latiendo como un segundo corazón entre las piernas.
Salió del baño. El departamento estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz anaranjada del atardecer. Caminó desnuda hacia su habitación, dejando huellas húmedas sobre el parqué. Sus pechos se balanceaban suavemente con cada paso, todavía tibios del baño. Sus piernas largas, torneadas, brillaban con una humedad tenue. Sus nalgas firmes se contraían apenas al caminar, redondas, perfectas, todavía sensibles.
Entonces sonó el timbre.
Se quedó quieta. El corazón comenzó a golpearle las costillas como un animal enjaulado. Con los dedos todavía mojados tomó la bata de seda, se la puso sin atarla, y caminó descalza hasta la puerta. Se inclinó hacia la mirilla. Vio su rostro. Omar. Afuera. Esperando.
El pecho le subía y bajaba como si acabara de correr. La respiración se le quebró en la garganta. Por un segundo pensó en vestirse, en abrir con recato, en fingir normalidad. Pero sus manos ya estaban desatando la bata, dejándola caer al suelo como un charco de seda. Giró el picaporte y abrió la puerta completamente desnuda.
—Señor Omar —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Qué sorpresa.
Él no respondió. La miró de arriba abajo con una calma que helaba. Sus ojos negros recorrieron cada centímetro de piel como si estuviera inventariando una propiedad. Sin pronunciar palabra entró al departamento, pasó junto a ella rozándole apenas el hombro con su chaqueta. Gemma se quedó inmóvil mientras Omar, con un movimiento lento y seguro, cerraba él mismo la puerta. El clic del picaporte resonó como un disparo.
El silencio se expandió entre ellos como un gas tóxico, denso, irrespirable. Él la miraba. Ella sostenía la mirada mientras su cuerpo se estremecía por dentro. Los pezones se le habían endurecido, no de frío, y él lo notó. Bajó la vista hacia ellos y luego volvió a sus ojos.
—Esta noche —dijo Omar, con una voz profunda que parecía venir de abajo del suelo— te voy a dar un dolor único. Pero esta va a ser nuestra última noche.
Gemma sintió que el estómago se le caía al vacío.
—¿Por qué nuestra última noche? —preguntó, y el temblor en su voz ya no pudo ocultarlo.
—Última noche como hasta ahora —aclaró él sin inmutarse—. Si querés continuar, te vas a volver mi muñeca masoquista. Para siempre.
El aire se volvió sólido. Gemma abrió la boca para hablar, para decir algo, cualquier cosa, pero la mano de Omar se posó sobre sus labios con una presión firme.
—No me contestes ahora —dijo—. Me lo decís la semana que viene.
La palma de su mano olía a tabaco y a algo metálico. Gemma respiró contra su piel, sintiendo el calor ajeno sobre su boca, la autoridad de ese gesto simple que la dejaba sin palabras y sin decisión.
—¿Pero esta noche me va a castigar, señor? —preguntó cuando él retiró la mano.
Omar sonrió. Una sonrisa lenta, oscura, que le torció apenas la comisura del labio.
—Sí.
La silla era de madera, respaldo recto, asiento duro. Omar la colocó en el centro del living y le indicó que se sentara al revés, con el pecho apoyado contra el respaldo. Gemma obedeció. Sintió la madera fría presionándole los pechos, aplastándolos contra la superficie barnizada. Sus piernas colgaban a los costados, abiertas, vulnerables. Sus brazos se apoyaban sobre el respaldo, las manos colgando hacia el suelo.
Del bolso que había traído, Omar sacó una soga de cáñamo. Gruesa. Áspera. La desenrolló con parsimonia, dejando que el sonido de las fibras al rozarse llenara el silencio del departamento. Se arrodilló junto a ella y comenzó a trabajar.
Primero un nudo corredizo en la muñeca derecha. La soga apretó la piel justo donde la vena azul se transparentaba. Gemma sintió el pulso martillando contra la presión de las fibras. Omar pasó la cuerda por debajo del asiento y ató la otra muñeca. Ahora sus brazos quedaban fijos, extendidos hacia abajo, los hombros rotados ligeramente hacia atrás. El pecho se le proyectaba hacia adelante, los pezones rozando ásperamente la madera.
Omar rodeó sus tobillos. El cáñamo mordió la piel delicada de sus empeines, ciñendo, apretando, anclando. Separó sus piernas y las ató a las patas traseras de la silla. Gemma sintió cómo se abría, expuesta, inmovilizada. El aire fresco del departamento le rozaba la entrepierna y se estremeció.
Más sogas. Omar rodeó sus muslos, justo debajo de las nalgas, y las fijó al asiento. Cada vuelta de cuerda era un abrazo áspero, una constricción que le recordaba que ya no podía moverse, que cada centímetro de su cuerpo estaba bajo control ajeno. Después rodeó su cintura con varias vueltas, anclándola contra el respaldo. La soga le marcaba la carne blanda del costado, creando pequeños pliegues donde la piel cedía a la presión.
Por último, Omar tomó otra soga más fina y rodeó la base de sus pechos, separándolos, haciendo que se hincharan hacia adelante como frutas maduras. Gemma jadeó. La tela le apretaba el nacimiento del seno, y cada respiración se volvía un roce delicioso y tortuoso contra el respaldo de madera.
Omar se incorporó y la contempló. Su obra. Su presa. Sus ojos recorrieron cada nudo, cada marca roja que empezaba a formarse, cada centímetro de piel inmovilizada. Gemma sintió esa mirada como una mano caliente sobre el cuerpo. Cerró los ojos y se entregó.
El tiempo se volvió elástico. Minutos que parecían horas. La soga se asentaba en su carne, encontraba su lugar, se volvía una segunda piel áspera y dominante. Gemma respiraba despacio, sintiendo cada fibra, cada límite, cada atadura que le recordaba que era solo un cuerpo. Solo un objeto. Y esa idea, en lugar de humillarla, la serenaba.
Entonces sintió el dedo de Omar en su ano.
El contacto fue seco, directo, sin lubricación. Su cuerpo se tensó instintivamente, pero las sogas no le permitieron moverse. El dedo presionó, giró, penetró apenas.
—¿Cuántas vergas entraron por acá?
La voz de Omar sonó justo detrás de su oreja. Gemma tragó saliva.
—Ninguna, señor.
La cachetada sobre su nalga derecha resonó en todo el departamento. Un latigazo de calor le recorrió la piel.
—No me gusta que me mientan.
—No le miento, señor Omar —dijo ella, y su voz sonó extrañamente orgullosa—. Por ahí no entró nadie.
El dedo se hundió más adentro. Gemma ahogó un gemido. Sentía cada nudillo, cada falange explorando un territorio virgen y apretado.
—Cuando esta noche salga el sol —murmuró Omar junto a su nuca—, en este culo va a entrar mi mano entera.
Gemma tragó saliva. "Imposible", pensó. Tenía el ano sensible, pequeño, una flor cerrada que apenas soportaba la intromisión de un dedo. Iba a romperse. Iba a gritar. Pero no dijo nada.
Del bolso, Omar sacó un plug anal de silicona negra, pequeño, con base redonda. Lo giró entre sus dedos frente a los ojos de Gemma.
—Sin lubricación —anunció.
Ella no tuvo tiempo de prepararse. La punta roma presionó su entrada, forzó el esfínter, y con un movimiento seco y firme Omar lo empujó hacia adentro.
—¡Ahhhh! —el grito de Gemma fue agudo, animal. Su cuerpo se sacudió contra las ataduras mientras el ano se dilataba a la fuerza, ardiendo, quemándole como si le hubieran metido un hierro al rojo vivo. Las piernas le temblaban, los dedos de los pies se le crispaban. Sintió cada milímetro del plug asentándose en su interior, llenándola donde nunca había sido llenada.
Omar acarició su nalga izquierda con una ternura sádica.
—Recién empiezo. ¿Vas a decir la palabra de seguridad?
Gemma respiró entrecortadamente. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero apretó los dientes. "Volcán", pensó. Podía decir "volcán" y todo se detendría. Podía decir "volcán" y él la desataría, la bañaría, la acostaría. Pero entonces, ¿qué? ¿Volver a la facultad? ¿Volver al gimnasio? ¿Volver a ser la chica que finge normalidad mientras su cuerpo grita otra cosa?
—No la voy a decir —respondió, y su voz sonó ronca, pero firme.
Las cachetadas comenzaron a llover. Una. Dos. Cinco. Diez. La mano de Omar se estrellaba contra sus nalgas con un ritmo constante, metódico. Cada golpe era un trueno seco que retumbaba en el living vacío. La piel de Gemma se encendía, pasaba del rosa al rojo, del rojo al púrpura. El calor se le extendía por toda la espalda, le subía por la columna, le nublaba el pensamiento.
—Mirá cómo te ponés —decía Omar mientras golpeaba—. Tan digna, tan estudiosa, tan correcta. Y acá estás, atada como una perra, con el culo lleno y pidiendo más.
Gemma no podía responder. Jadeaba. Baboseaba el respaldo de madera. Sus pechos aplastados se frotaban contra la silla con cada impacto, y los pezones, duros como piedras, le mandaban descargas de placer directamente al centro del vientre. Sentía el plug vibrando en su interior cada vez que un golpe la sacudía, y eso la volvía loca.
Cuando Omar retiró el primer plug, Gemma sintió un alivio momentáneo, un vacío casi triste. Pero entonces vio lo que él sacaba del bolso: otro plug, distinto, más grande. De silicona transparente con una pera de goma en la punta y una perilla en la base. Un dilatador inflable. El instrumento perfecto para abrir lo que nunca había sido abierto.
—Esto —dijo Omar mostrándoselo— va a hacer que mi mano entre sin problemas.
Lo introdujo con la misma sequedad que el anterior. Gemma gritó otra vez, un grito más ahogado, más gutural. El diámetro ya era mayor, y su ano tuvo que ceder aún más. Pero eso fue solo el principio.
Omar comenzó a girar la perilla.
Gemma sintió una presión interna que no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. El globo de goma se expandía lentamente, milímetro a milímetro, estirando sus paredes internas desde adentro. La sensación era una mezcla insoportable de ardor, de llenura, de una extrañeza física que bordeaba el horror y el éxtasis.
—Se está abriendo —murmuró Omar, más para sí mismo que para ella—. Se está abriendo como una flor.
Gemma sentía cómo su esfínter cedía, cómo el músculo se relajaba a la fuerza contra su voluntad. El dolor era sordo, profundo, un latido gigante que se irradiaba hacia su vientre, hacia sus muslos, hacia su espalda baja. Era como si la estuvieran partiendo en dos, pero de un modo tan minucioso, tan controlado, que el cuerpo no terminaba de entender si estaba sufriendo o gozando.
Más giros de la perilla. Más presión. El ano se le abría como un túnel oscuro y apretado que jamás había recibido luz. Las paredes internas se estiraban hasta límites que ella no sabía que existían. Sentía el vacío, el hueco, la oquedad creciente en su interior. Su cuerpo se adaptaba, cedía, se moldeaba alrededor de ese objeto invasor como si lo estuviera aceptando, como si lo estuviera pidiendo.
Omar dejó de girar. Se incorporó, fue hasta la heladera, y Gemma escuchó el sonido del agua al servirse en un vaso. Lo escuchó beber. El líquido bajando por su garganta. Mientras ella seguía ahí, abierta, llena, jadeando con la boca seca.
El dilatador seguía dentro. Su ano palpitaba alrededor de la silicona, latía con un ritmo propio, intentando acostumbrarse a su nueva dimensión. Gemma cerró los ojos. "Soy un juguete", pensó. "Soy su juguete". Y la idea, lejos de indignarla, le produjo una paz extraña, una serenidad que contrastaba con el infierno que tenía metido en el culo.
Cuando Omar volvió, se paró frente a ella. Desabrochó su pantalón y liberó su miembro. Duro. Grueso. La punta brillaba con una gota de humedad. Sin decir palabra, lo acercó a la boca de Gemma.
Ella lo tomó sin dudar.
Sus labios se cerraron alrededor del glande, su lengua se deslizó por la hendidura, saboreó ese líquido salado y amargo. Con las manos atadas y el cuerpo inmovilizado, su boca era lo único que podía mover, y lo movió con devoción. Deslizó los labios hacia abajo, tomando todo lo que podía, sintiendo cómo el miembro le llenaba la garganta, le rozaba el paladar, le llegaba hasta el límite del reflejo nauseoso. Y cuando llegaba a ese límite, en lugar de retirarse, presionaba más.
Mientras tanto, la perilla del dilatador seguía girando.
Omar había vuelto a arrodillarse detrás de ella, y con una mano le inflaba el plug mientras con la otra se apoyaba en su nuca para empujarla más adentro. Gemma sentía una doble penetración, una doble invasión: la boca llena de carne dura y el ano lleno de aire comprimido. Jadeaba alrededor del miembro, respiraba por la nariz, baboseaba, tragaba saliva y lubricación ajena mezcladas.
Sus pechos aplastados se frotaban contra la madera con cada embestida de su propia cabeza. Los pezones eran dos puntas de fuego que le enviaban corrientes eléctricas al centro del placer. Omar le pellizcó uno, lo retorció entre sus dedos, y Gemma gimió con la boca llena, un gemido que resonó en el living como un animal moribundo y agradecido.
El sudor le corría por las sienes. Las gotas se deslizaban por su nariz, por sus mejillas, se mezclaban con las lágrimas que había derramado antes. Su cuerpo brillaba bajo la luz tenue. Se movía como podía, meciéndose contra la silla, empalada en dos frentes, entregada a un ritmo que no controlaba.
Omar empezó a embestir su boca con más fuerza. Ya no era ella la que mamaba, era él quien la cogía por la garganta. Le tomó la cabeza con ambas manos y empezó a moverse como quien penetra un sexo húmedo. El sonido era obsceno: chasquidos, arcadas ahogadas, respiración rota. Los ojos de Gemma lagrimeaban pero no se cerraban. Miraban hacia arriba, buscaban los ojos de él, le pedían aprobación, le rogaban más.
—Así, puta —murmuró Omar—. Así me gusta. Tragátelo todo.
Y Gemma obedeció. Abrió más la garganta. Relajó los músculos. Lo dejó entrar hasta donde nunca había dejado entrar a nadie. Sintió el vello púbico de él rozándole la nariz, sintió sus testículos golpeándole la barbilla. El olor de Omar le llenaba los sentidos, ese olor a tabaco, a metal, a hombre que la excitaba hasta el desmayo.
Detrás, el dilatador llegó a su punto máximo. El ano de Gemma se había abierto hasta un diámetro que ella jamás hubiera imaginado posible. Sentía el aire de la habitación entrando en ella, refrescándole las paredes internas que nunca habían sentido nada más que oscuridad. Era una sensación alienígena, monstruosa, deliciosa.
Omar se tensó. Sus dedos se clavaron en el cuero cabelludo de Gemma. Y con un último empujón, se derramó en su boca. Un chorro caliente y espeso que le llenó la garganta, que le rebalsó los labios, que le corrió por la barbilla. Gemma tragó todo lo que pudo, y lo que no, lo dejó escurrirse sobre su pecho, sobre sus pezones todavía erectos.
Él se retiró de su boca. Le tomó el mentón y le levantó la cara.
—Sí que sos puta —dijo, y había en su voz una mezcla de desprecio y admiración.
Y entonces siguió inflando.
El dolor volvió, pero un dolor distinto. Ya no era la resistencia inicial, ya no era el ardor de la entrada forzada. Ahora era una sensación de llenura absoluta, de distensión muscular que bordeaba lo insoportable. El ano de Gemma ardía como si le estuvieran aplicando fuego desde adentro. Cada latido de su corazón repercutía en esa zona dilatada, y cada repercusión era una aguja de calor.
Las lágrimas volvieron a correr. Esta vez no pudo contenerlas. Lloraba en silencio, con la boca apretada, con los ojos cerrados. "No soy débil", se repetía como un mantra. "No soy débil. No voy a decir la palabra. Volcán no. Volcán no. Volcán no".
Omar se sirvió un café. El aroma inundó el departamento. Gemma lo escuchó mover la cuchara contra la taza, escuchó el ruido del líquido al contacto con sus labios, escuchó su respiración pausada, tranquila, mientras ella seguía ahí, abierta, expuesta, gimiendo bajito como un animal herido.
"Qué importa si no decís la palabra si ni siquiera le importa tu dolor", le dijo una voz en la cabeza.
"Pero le importa", se respondió. "Sabe que no la digo porque confío. Porque quiero".
Esa certeza le dio fuerzas.
Cuando Omar terminó su café, se acercó y evaluó su trabajo. El ano de Gemma había alcanzado casi diez centímetros de diámetro. Un túnel oscuro y palpitante donde antes solo había un capullo cerrado. Con un movimiento rápido, desinfló el plug y lo retiró. Gemma sintió un alivio inmenso, un vacío que casi dolía de tan brusco. Pero el alivio duró poco.
Porque Omar se paró detrás de ella, se bajó la manga de la camisa, cerró el puño, y lo apoyó contra la entrada dilatada.
—Ahora viene lo que te prometí —dijo.
El puño presionó. Los nudillos se acomodaron contra el esfínter abierto. Gemma sintió la presión de los huesos contra su carne más íntima, la dureza de la mano cerrada pidiendo paso. Cerró los ojos. Apretó los dientes.
Y Omar empujó.
El puño entró de golpe, superando el esfínter con un sonido húmedo y obsceno. Gemma gritó. Un grito que venía del fondo de su ser, un grito que no era solo de dolor sino de asombro, de incredulidad. Tenía una mano entera metida en el culo. Una mano que se movía, que giraba, que exploraba. Sentía los dedos apretados en un puño compacto, sentía la muñeca ensanchándola más todavía, sentía la piel de Omar rozando sus paredes internas con una intimidad que iba más allá del sexo.
Pero él no se detuvo ahí. Siguió empujando. Su muñeca se deslizó hacia adentro, después su antebrazo. Gemma sintió cómo su cuerpo se abría para recibir todo eso, cómo sus músculos cedían, cómo su interior se deformaba para acomodar la intrusión más grande que jamás había recibido.
—Mirá cómo me cojo tu culo con mi brazo —dijo Omar, y su voz sonaba triunfal, posesiva—. Mirá cómo entro hasta el fondo. Sos mía, Gemma. Sos un guante para mi brazo.
Él movió la mano dentro de ella, y Gemma sintió que se moría. No de dolor —el dolor ya era un zumbido lejano, una música de fondo— sino de algo más profundo. De pertenencia. De entrega total. El brazo de Omar se movía dentro de ella como un péndulo, rozando zonas que nunca habían sido rozadas, despertando terminaciones nerviosas que ni siquiera sabía que existían.
El primer orgasmo la tomó por sorpresa. Le explotó en el vientre como una bomba de calor, le subió por la columna, le nubló la vista. Su cuerpo se sacudió contra las ataduras, sus piernas temblaron, sus dedos se crisparon. Omar sintió las contracciones alrededor de su brazo y sonrió.
—Así me gusta. Vení, dame otro.
Y siguió moviéndose. El antebrazo entraba y salía lentamente, bombeando ese túnel abierto con una cadencia hipnótica. Gemma ya no controlaba nada. Su cuerpo era un instrumento en manos ajenas, y esa certeza le provocó el segundo orgasmo. Este fue más largo, más profundo, un espasmo que empezó en su centro y se irradió hacia cada extremidad atada.
El tercer orgasmo llegó cuando el cielo empezaba a clarear. Las primeras luces del amanecer se filtraban por la persiana, y Omar todavía estaba dentro de ella. Su brazo se movía con una lentitud casi ceremonial, como quien acaricia un animal dormido. Gemma ya no gritaba. Ya no lloraba. Solo jadeaba bajito, rendida, vacía de toda voluntad.
Cuando los primeros rayos de sol tocaron el parqué del living, Omar retiró su brazo con cuidado. Gemma sintió el vacío como una pérdida, como si le arrancaran una parte de sí misma.
La desató. Le frotó las muñecas donde las sogas habían dejado marcas violáceas. La cargó en brazos hasta el baño, abrió la ducha, y la sostuvo bajo el agua tibia mientras le lavaba el cuerpo. Gemma apoyó la cabeza contra su pecho, demasiado exhausta para hablar, demasiado transformada para pensar.
Omar la secó con una toalla, la llevó a la cama y la recostó. Ella no podía mover las piernas. No podía mover casi nada. Su cuerpo era un peso muerto, una cáscara habitada por una conciencia que flotaba en algún lugar entre el sueño y la vigilia.
Él se inclinó sobre ella. Le apartó un mechón húmedo de la frente. Y le susurró al oído:
—En una semana espero tu respuesta.
Gemma sintió las palabras como un ancla que la devolvía a la realidad. "Una semana". En una semana tendría que decidir. No verlo nunca más, volver a su vida de apuntes y sentadillas y compañeras que le pedían deberes prestados. O volverse su propiedad. Su muñeca masoquista. Para siempre.
Omar se incorporó. Tomó su bolso. Caminó hacia la puerta sin darse vuelta.
Ella se quedó inmóvil sobre la cama, con el cuerpo roto y el alma en llamas, mirando el techo mientras la puerta se cerraba y sus pasos se alejaban por el pasillo.
Sabía que en una semana tendría que tomar una decisión.
Y lo peor —o lo mejor— era que, en el fondo, muy en el fondo, ya la había tomado.
Continuara...

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