El consultorio del doctor Villalba olía a lavanda sintética y a libros viejos. Gemma se acomodó en el sillón de cuero marrón. Las manos le temblaban apenas al apoyarlas sobre los muslos, pero no era nervios lo que sentía. Era la electricidad contenida del recuerdo.
— Hace tres días que no puedo sentarme bien — dijo, y una sonrisa chiquita le torció la boca.
El psicólogo, un hombre de anteojos finos y barba prolija, apoyó la lapicera sobre el cuaderno. No anotaba casi nunca. Prefería mirar.
— ¿Tres días? — preguntó, con esa voz neutra que tanto le gustaba a Gemma, porque no juzgaba, solo abría puertas — . ¿Y cómo estás ahora?
Gemma se quedó en silencio. El consultorio era un cubo de luz tenue, con una ventana que daba a un patio interno lleno de helechos. Afuera lloviznaba apenas, de esa forma insoportablemente triste que tiene Buenos Aires.
— Estoy... — buscó la palabra — confundida.
— ¿Confundida con qué?
— Conmigo.
El doctor Villalba asintió despacio. Conocía a Gemma desde los dieciséis años. Había pasado con ella crisis de ansiedad, peleas familiares, esa tristeza de fondo que ella arrastraba como una valija vieja. Pero nunca la había visto así: con los ojos brillantes, las mejillas un poco encendidas, la postura de alguien que acaba de tocar algo prohibido y no puede dejar de mirarse las manos.
— ¿Querés contarme qué pasó?
Gemma respiró hondo. Y entonces, como quien se saca una astilla clavada muy adentro, empezó a hablar. Contó lo de la aplicación, el perfil anónimo, las preguntas que le hacían cosquillas en la panza. Contó lo de Omar.
— ¿Omar? — preguntó el psicólogo.
— Omar Montes. Tiene cuarenta y cinco años.
— ¿Y qué sentiste cuando lo viste?
Gemma desvió la mirada hacia los helechos. La lluvia seguía cayendo, mansita.
— Miedo — dijo — . Pero también otra cosa.
— ¿Qué cosa?
— Algo que nunca había sentido. Como si mi cuerpo supiera algo que yo no.
El doctor dejó pasar un silencio. Conocía el valor de los silencios. Gemma se mordió el labio inferior, un gesto que repetía desde chiquita, y después siguió hablando. Habló del cuarto de castigo, de los grilletes, de los latigazos. No entró en detalles escabrosos, pero dejó que se entendiera todo. Mientras hablaba, las manos le dejaron de temblar.
— ¿Y en algún momento dijiste la palabra de seguridad?
— No.
— ¿Pensaste en decirla?
Gemma se quedó callada un instante.
— Pensé. Pero no quise.
— ¿Por qué?
— Porque quería saber hasta dónde podía aguantar.
El psicólogo se sacó los anteojos, los limpió con la punta de la camisa. Era un gesto que hacía cuando estaba por decir algo importante.
— Gemma, vos sabés que yo no te juzgo. No es mi trabajo. Pero sí es mi trabajo preguntarte: ¿vos querías parar en algún momento?
— No.
— ¿Estás segura?
— Segurísima — la voz le salió más firme de lo que esperaba — . Me dolió mucho. Todavía me duele. Pero... — se tocó el pecho, a la altura del esternón — me gustó el dolor. Me gustó que él me lo diera.
— ¿Y eso qué te hace sentir?
Gemma se rió, una risa cortita, sin alegría.
— Al principio me hizo sentir rara. Como si estuviera rota. Pero después... no sé. Como si hubiera encontrado algo mío. Algo que es solo mío.
— ¿Se lo contaste a alguien más?
— No. ¿A quién? Mi vieja se muere. Mis amigas me internan. Nadie entiende esto.
— ¿Y vos lo entendés?
Gemma clavó los ojos en el psicólogo. Eran ojos grandes, color miel, con unas pestañas larguísimas que parpadeaban lento.
— Todavía no. Pero quiero entenderlo. Quiero... — se frenó.
— ¿Querés qué?
— Quiero probar más.
El doctor Villalba anotó algo en su cuaderno. Después levantó la vista y la miró con una mezcla de ternura profesional y preocupación genuina.
— Gemma, quiero que sepas que explorar tu sexualidad no está mal. No estás rota. No sos rara. Pero también quiero que sepas que hay riesgos. El BDSM puede ser muy intenso, y con una persona que recién conocés...
— Él me cuidó — lo interrumpió — . En ningún momento hizo algo que yo no quisiera. Me preguntó dos veces si quería parar. Me dijo la palabra de seguridad antes de empezar. Después, cuando terminó, me abrazó. Me dio agua. Me dijo que lo había hecho bien.
El psicólogo asintió lentamente.
— ¿Qué es lo que más te atrae de esta experiencia? — preguntó el psicólogo.
Gemma lo pensó. Se tomó su tiempo.
— La entrega — dijo al fin — . Dejar de pensar. Dejar de controlar. Ser de alguien, aunque sea por un rato.
— ¿Y Omar? ¿Qué sentís por él?
— No sé. Admiración, creo. Es... — buscó la palabra — imponente. Tiene una forma de mirarte que te hace chiquita. Pero al mismo tiempo... no sé. Me siento segura.
— ¿Te sentís atraída sexualmente?
Gemma se sonrojó. No era pudorosa, pero hablar de esas cosas con un hombre mayor, aunque fuera su terapeuta, le daba cosa.
— Sí.
— ¿Y él?
— No sé. Creo que sí. Pero no me tocó de esa forma. Digo... no me penetró.
— ¿Y eso cómo te hizo sentir?
— Frustrada — admitió — . Pero también intrigada. Como si quisiera que yo vuelva.
El psicólogo dejó la lapicera sobre el cuaderno.
— Gemma, no voy a decirte lo que tenés que hacer. Pero sí quiero pedirte algo.
— ¿Qué?
— Que no pierdas de vista tus límites. Que la palabra de seguridad sea sagrada. Y que, pase lo que pase, puedas volver acá y contármelo. Sin filtro. Sin vergüenza.
Gemma sintió que los ojos se le humedecían. No lloró, pero le costó tragar.
— Gracias — dijo, bajito.
— No hay de qué. Es mi trabajo. Pero también es un gusto verte crecer.
Salieron al pasillo. El consultorio olía igual que siempre, pero Gemma ya no era la misma que había entrado una hora antes. Algo se había movido adentro suyo, como una pieza de rompecabezas que encastraba por primera vez.
Caminó hasta la parada del colectivo, pero no se tomó ningún bondi. Se sentó en el cordón de la vereda, bajo la llovizna finita, y sacó el celular.
Los dedos le temblaban otra vez, pero de anticipación.
"Señor Omar, necesito que me vuelva a castigar."
Lo mandó antes de arrepentirse. Antes de que el sentido común le gritara lo que ya sabía.
A los diez segundos, el tilde de leído.
A los treinta, la respuesta.
"Sabía que ibas a escribir. Pero no tan pronto. Te quiero pasado mañana a las siete. Esta vez va a ser más intenso. ¿Estás segura?"
Gemma se mordió el labio. Sintió una puntada entre las piernas, un latido caliente que le subía por la panza. Las marcas de los latigazos todavía le dolían al rozar la ropa. Pero era un dolor que ya extrañaba.
"Sí, señor."
"Entonces no llegues tarde."
Dos días después, a las siete menos cinco, Gemma tocaba el timbre de la casona de San Isidro. Llevaba un vestido suelto, fácil de sacar. Zapatos bajos. El cuerpo todavía tenso de anticipación.
Omar abrió la puerta. La miró de arriba abajo, sin apuro, como quien inspecciona una mercadería que acaba de comprar. No sonrió. No dijo hola. Solo se hizo a un lado para dejarla pasar y cerró la puerta detrás de ella con un golpe seco que retumbó en el vestíbulo de mármol.
— Viniste puntual — dijo, caminando hacia la escalera sin darse vuelta.
— Sí, señor.
— Me gusta la puntualidad. Es una forma de respeto.
Gemma sentía el corazón en la garganta. El pasillo de arriba estaba en penumbras, iluminado apenas por una lámpara de pie con pantalla de tela roja. Todo en esa casa parecía diseñado para bajar la luz, para crear sombras, para que el mundo de afuera se volviera irreal.
Omar se detuvo frente a la puerta del cuarto de castigo. La misma del primer encuentro. Pero cuando la abrió, Gemma vio algo distinto. En el centro de la habitación, donde antes no había nada, ahora brillaba una mesa de metal. Una camilla fría, rectangular, con cuatro argollas en las esquinas y correas de cuero negro colgando de cada una.
— Hoy no vamos a usar las esposas del techo — dijo Omar, señalando la mesa — . Acostate.
Gemma obedeció. El metal estaba helado contra su espalda, contra sus muslos, contra sus omóplatos. Sintió que la piel se le erizaba entera, y no solo de frío.
— Desnudate.
Se incorporó apenas para sacarse el vestido por la cabeza. Después la ropa interior, un conjunto simple de algodón negro que había elegido pensando en este momento. Omar la miró hacerlo, los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada. Cuando Gemma volvió a acostarse, desnuda sobre la mesa de metal, Omar se acercó y empezó a atarla.
Primero las muñecas. Les puso unas correas de cuero suave pero firme, y las ajustó a las argollas de la cabecera. Los brazos le quedaron abiertos, en cruz. Después los tobillos. Los separó bien, uno en cada esquina inferior de la mesa, y los ató de manera que las piernas le quedaran completamente abiertas, expuestas, vulnerables.
— Así me gustás — murmuró Omar, dando un paso atrás para contemplarla — . Abierta. Ofrecida.
Gemma sintió que la cara le ardía. Estaba completamente expuesta, atada boca arriba, las piernas separadas, el sexo a la vista. Todavía tenía marcas del encuentro anterior: dos moretones amarillentos en las costillas, un rasguño ya casi curado en la cadera, la sombra de un latigazo en el muslo derecho. Marcas que le recordaban quién mandaba.
"Hoy sí me va a penetrar", pensó.
Estaba equivocada.
Omar se inclinó sobre ella y le puso algo entre las piernas. Un vibrador pequeño, de silicona suave, que encajó justo contra su clítoris. Lo ajustó con unas tiras elásticas que le cruzaban las ingles y los muslos, dejándolo fijo, inmóvil, pegado a su punto más sensible.
— Ahora — dijo Omar, y de una caja que Gemma no había visto sacó un puñado de pinzas metálicas — vamos a jugar un rato.
Gemma tragó saliva. Eran pinzas de cocodrilo, de esas que se usan para cables eléctricos, pero más chiquitas, más brillantes. Omar las fue colocando una por una, con una parsimonia casi ceremonial. Primero en los pezones. Gemma soltó un quejido corto, un "ah" que se le escapó sin querer. Eran pinzas de presión media, lo justo para doler sin lastimar, lo justo para que el pezón se pusiera duro y morado y sensible.
Después en los labios mayores. Una en cada uno, estirando la piel apenas. Después en la cara interna de los muslos, donde la piel es más fina, más blanda, más inocente. Cada pellizco era un fogonazo de dolor que le arrancaba un gemido distinto. Omar trabajaba en silencio, concentrado, como un artesano que conocía su oficio.
— ¿Te acordás de la frase de seguridad? — preguntó cuando terminó.
— Volcán — dijo Gemma, la voz un poco temblorosa.
— Bien. Porque la vas a necesitar.
Y entonces, de la misma caja, Omar sacó un cable negro, largo, con varias terminales. Gemma lo miró sin entender. Lo vio conectar las terminales a cada una de las pinzas. Lo vio enchufar el otro extremo a una cajita blanca con una perilla, una fuente de alimentación eléctrica.
El corazón empezó a golpearle las costillas como un animal encerrado.
Omar se inclinó sobre ella y pasó la lengua por su cuello. Un lametón lento, caliente, que le dejó la piel mojada y la respiración entrecortada. Después, sin decir nada más, giró la perilla.
La corriente eléctrica le atravesó el cuerpo.
Gemma gritó.
No fue un grito de miedo. Fue un grito animal, profundo, que le salió de las entrañas y le raspó la garganta. Doce volts apenas, pero concentrados en sus pezones, en su vulva, en sus muslos. El dolor era distinto al de los latigazos. Más filoso. Más íntimo. Como agujas calientes clavándose adentro suyo y soltándose en oleadas.
— Mirá cómo saltás — dijo Omar, la voz grave, pastosa — . Parecés una vaquita recién marcada.
Gemma jadeaba. Le costaba recuperar el aire. Las pinzas le mandaban pequeños shocks, uno tras otro, y entre descarga y descarga el vibrador seguía zumbando, constante, implacable, pegado a su clítoris.
— ¿Te gusta, putita? — la voz de Omar sonaba divertida, casi cariñosa en su crueldad — . ¿Te gusta la electricidad?
— S-sí — tartamudeó ella.
— Sí, ¿qué?
— Sí, señor.
Omar giró la perilla un poco más. El siguiente shock fue más largo, más intenso. Gemma arqueó la espalda contra la mesa de metal y sintió que las correas le mordían las muñecas. Intentó cerrar las piernas, pero las ataduras se lo impedían. Intentó zafarse, pero solo consiguió mover la mesa unos centímetros y raspar el metal contra sus omóplatos.
— Movete — dijo Omar — . Movete todo lo que quieras. Así me gusta verte.
Gemma se retorcía. Todo su cuerpo era un espasmo. Las caderas se le levantaban de la mesa, los talones se le clavaban en el metal, los dedos se le crispaban abriéndose y cerrándose sobre las palmas. Era un bicho atrapado, un pez fuera del agua, una criatura indefensa bajo la mirada de su dueño.
— Vas a decir la palabra de seguridad, pedazo de mierda — dijo Omar, inclinándose sobre ella.
Tenía la cara muy cerca. Gemma le vio las arrugas alrededor de los ojos, la barba crecida de un par de días, los labios húmedos. Olía a whisky y a tabaco rubio. A hombre.
— No — dijo ella, y las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no de tristeza — . No necesito que me castigue, señor.
Omar sonrió. Una sonrisa lenta, satisfecha, que le torció apenas la comisura de los labios.
— Eso me gusta — dijo — . Me gusta que aguantes.
Y entonces, sin aviso, le metió un dedo en el ano.
Gemma soltó un gemido ahogado. El dedo de Omar era grueso y estaba lubricado con algo frío. Entró despacio, girando apenas, mientras los shocks eléctricos seguían castigándole los pezones y la vulva. Era demasiado. Demasiado dolor. Demasiado placer. Demasiado todo.
El vibrador no paraba. Zumbaba contra su clítoris con una constancia enloquecedora, y cada vez que Omar movía el dedo dentro de ella, cada vez que giraba la perilla y mandaba una descarga nueva, el placer se acumulaba como agua detrás de un dique.
— Vas a acabar — dijo Omar, que parecía leerle el cuerpo mejor que ella misma — . Estás a punto.
— No, señor, no voy a...
Pero era mentira y los dos lo sabían. Gemma sentía cómo el orgasmo se le venía encima como una ola gigantesca. Le temblaban los muslos, le temblaba el vientre, le temblaba todo. Ya no era dueña de su cuerpo. Era un instrumento en manos de Omar, y él estaba tocando una sinfonía.
El orgasmo la reventó desde adentro.
Un espasmo violento, húmedo, que le arrancó un grito más animal que todos los anteriores. Los músculos de la vagina se le contrajeron alrededor de la nada, y el ano se le cerró sobre el dedo de Omar, y las piernas le tiraron de las correas con una fuerza que ni ella sabía que tenía.
— ¡QUIÉN TE DIO LA ORDEN DE ACABAR! — rugió Omar.
Y giró la perilla hasta el fondo.
Lo que vino después Gemma no supo describirlo ni en ese momento ni nunca. La corriente eléctrica dejó de ser toques aislados y se convirtió en un río continuo. Doce volts ininterrumpidos recorriéndole los pezones, la vulva, los muslos. Un fuego blanco que la atravesaba de punta a punta y la hacía convulsionar sobre la mesa de metal.
El tiempo se rompió. Fue un minuto, tal vez un poco más, pero Gemma sintió que se hundía en una eternidad de electricidad y placer y dolor todo revuelto. Las lágrimas le corrían, los músculos se le agarrotaban, los gritos le salían sin que ella los controlara. Y en el medio de todo ese caos, había algo que se parecía muchísimo a la paz. Una rendición absoluta. Una entrega total.
Cuando Omar apagó la máquina, el silencio fue casi tan violento como el ruido anterior. Gemma se quedó tendida, jadeante, empapada en sudor y en otras cosas que no quería nombrar. El vibrador seguía zumbando, y cada vibración era ahora un eco del orgasmo que acababa de tener.
Omar empezó a sacarle las pinzas. Una por una, despacio, con un cuidado que contrastaba con la violencia de antes. Cada pinza al salir dejaba una marca roja, un pequeño hematoma, una prueba de lo que había pasado. Después los cables. Después las correas de las muñecas y los tobillos.
— Hoy fuiste muy mala — dijo Omar mientras la desataba — . Acabaste sin mi orden. No te merecés mi verga.
Gemma no pudo contestar. Apenas podía respirar. Apenas podía pensar.
— Ahora andate — agregó Omar, dándose vuelta — . Hoy no te soporto.
Gemma se incorporó como pudo. Todo el cuerpo le dolía. Las muñecas enrojecidas, los tobillos igual. Las marcas de las pinzas brillaban en su piel como medallas de guerra. Le costó vestirse. Los dedos no le respondían bien, y la tela del vestido le raspaba las zonas sensibles. Cuando se agachó a buscar la ropa interior, Omar le puso un pie encima.
— Eso no — dijo — . Eso es mío.
Gemma asintió y salió del cuarto sin ropa interior, como la vez anterior. Bajó las escaleras sosteniéndose del pasamanos, las piernas flojas, el paso inestable. Omar no la acompañó. Desde arriba, apoyado en la baranda, la vio irse.
— Que aguante tiene esta putita — murmuró para sí mismo cuando la puerta se cerró.
Se quedó un rato ahí, los codos sobre la madera oscura, la respiración todavía un poco acelerada. En veinticinco años de práctica, nunca había visto a nadie soportar tanto en su segunda vez. Ni veteranas ni novatas. Esta pendeja de dieciocho años, su cuerpo todavía sin terminar de madurar, acababa de romperle todos los esquemas.
"Mejor no te encariñes", se dijo. Pero se lo dijo sin convicción.
Afuera, la noche estaba fresca. Gemma caminó dos cuadras y se sentó en el cordón de la vereda, porque las piernas no le daban para más. Pidió un taxi con el celular, los dedos torpes, y se quedó esperando bajo la luz anaranjada de un farol.
El cuerpo le dolía de una forma nueva. La electricidad la había vaciado por dentro, como si le hubieran arrancado todos los cables y los hubieran vuelto a poner en un orden distinto. Pero era un agotamiento dulce. Una lasitud que le recordaba, con cada punzada, que estaba viva.
En el taxi, apoyó la cabeza contra la ventanilla fría y cerró los ojos. El traqueteo del auto, las calles oscuras, las luces que pasaban de largo. Todo era irreal. Todo era un sueño del que no quería despertar.
Cuando llegó a su casa, se tiró en la cama sin desvestirse. Las sábanas estaban frías, y su cuerpo ardía. Se quedó un rato mirando el techo, los brazos abiertos en cruz, las piernas separadas. La misma posición en la que había estado hacía una hora. Como si no pudiera salir de ahí. Como si no quisiera.
"Omar", pensó. Y el nombre le hizo cosquillas en la lengua. "Señor Omar".
Sabía, con una certeza que le llegaba desde algún lugar muy hondo, que ese hombre se le había metido adentro. No en el cuerpo, todavía no. En algo peor. En la cabeza. En la sangre. En ese lugar secreto donde se guardan las cosas que no se le cuentan a nadie.
Sonrió en la oscuridad, una sonrisa chiquita y rota y feliz.
— No voy a poder dejarte — murmuró.
Y cerró los ojos.
Continuara...

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