A la mañana siguiente, Milagros agarró sus cosas del placard de su pieza y las llevó a la habitación de Flavio. La cama de una plaza quedó chica para los dos, pero esa misma semana fueron juntos a comprar una de dos plazas, de esas grandes, con colchón ortopédico y sábanas de algodón egipcio.
Ya no era su hija.
Ahora era su amante, su novia, su mujer.
Nunca se casaron por iglesia —"no hace falta", dijo Flavio, y ella asintió— pero Milagros empezó a usar una alianza en el dedo anular izquierdo. Cuando alguien preguntaba, decía que era un anillo de compromiso. Y era verdad, de alguna forma retorcida que solo ellos entendían.
Los años pasaron rápido.
Flavio compró la casa. No cualquier casa. Una casa grande, de esas que parecen sacadas de una revista, con pileta climatizada, jardín con parrilla y una habitación entera destinada a estudio de grabación. Paredes blancas, luces de anillo, un fondo verde para editar fondos falsos. Todo prolijo, todo profesional.
La plata dejó de ser un problema para siempre.
Pero Flavio no se conformó con eso. Él había aprendido a manejar el monstruo, a domarlo, a hacerlo bailar a su ritmo. Así que creó una agencia.
Al principio fue chica: tres chicas, todas conocidas de Milagros, todas estudiantes de la universidad que necesitaban plata urgente. Flavio les manejaba las cuentas, les sacaba las fotos, les respondía los mensajes. Les cobraba el treinta por ciento y ellas le firmaban agradecidas.
Milagros reclutaba. Se acercaba a las minas más lindas de la facultad, las que tenían más seguidores en Instagram, las que ya publicaban fotos en bikini sin que nadie les pagara.
—¿No querés ganar plata con eso? —les decía, con esa sonrisa suya que parecía inocente—. Yo te ayudo. Tengo una agencia.
Muchas decían que no. Algunas decían que sí.
Las que decían que sí se llenaban de plata.
Las que decían que no, años después, volvían a preguntar si la oferta seguía en pie.
Con el tiempo, la Agencia Flavio —nunca encontró un nombre más creativo, y no hizo falta— se convirtió en la más grande del país. Cuarenta y dos chicas en su catálogo. Algunos chicos también, porque el mercado se diversificaba y Flavio sabía leer las tendencias. Oficinas en el centro, abogados, contadores, un equipo de editores que trabajaban desde sus casas.
Manejaba millones de pesos por mes.
Y en su casa, seguía siendo el mismo tipo serio, callado, que tomaba mate en el comedor mientras Milagros se vestía para una sesión.
Milagros le dio tres hijos.
El primero fue varón. Flavio lloró cuando lo tuvo en brazos. No lágrimas dramáticas, no un llanto escandaloso. Solo dos lágrimas silenciosas que se perdieron en la barba canosa mientras miraba a ese bebé arrugado y pelirrojo.
—Tiene tu nariz —dijo Milagros, agotada sobre la cama de hospital.
El segundo fue mujer. Nació con los ojos claros de Milagros y la barbilla dura de Flavio. Lloraba todo el tiempo, insoportable, hermosa.
El tercero fue varón otra vez. El más tranquilo de los tres. Dormía de corrido, comía sin problemas, miraba a la gente con una calma que a Milagros le helaba la sangre porque era igual a la calma de Flavio.
Los hijos que su esposa muerta le había negado.
Tres hijos que llevaban su apellido. Su sangre. Su historia.
Milagros nunca dejó de crear contenido.
Durante los embarazos, publicó más que nunca. Había algo en su cuerpo hinchado, en sus pechos crecidos dos talles más, en esa redondez de la panza que los seguidores devoraban como pan caliente.
—Estás más hermosa así —le escribían.
—¿Vas a amamantar en los videos?
—Dios mío, qué envidia tu marido.
Ella leía los comentarios y se reía. Flavio editaba los videos con los chicos durmiendo en la pieza de al lado, el monitor en silencio, los auriculares puestos.
A los treinta y cinco años, Milagros seguía siendo la estrella de la agencia. No la que más vendía —habían aparecido chicas más jóvenes, más atrevidas, más hambrientas— pero la que tenía la historia más rara, el vínculo más oscuro, la leyenda.
Era la esposa del dueño.
Era la chica que se había acostado con su padre.
Bueno. Con el hombre que la crió.
Nunca aclaraban ese detalle. Era mejor así. El morbo crecía en las sombras, y las sombras eran el mejor negocio de Flavio.
Una noche, veinte años después de aquel primer video, Flavio y Milagros se sentaron en la terraza de su casa enorme. Los chicos ya eran grandes: el mayor en la universidad, la del medio terminando el secundario, el más chico entrando en la adolescencia.
La piscita climatizada brillaba bajo la luna. Los jazmines que Milagros había plantado en honor a los de su vieja casa llenaban el aire de perfume.
—¿Te arrepentís? —preguntó Flavio, sin mirarla.
Milagros apoyó la cabeza en su hombro.
—Nunca —dijo.
Y era verdad.
Porque el camino que habían recorrido juntos era demasiado retorcido, demasiado oscuro, demasiado suyo para arrepentirse. Flavio había encontrado su venganza en el cuerpo de ella. Milagros había encontrado su libertad en la dominación de él. Los dos habían construido un imperio sobre los cimientos de una mentira.
El hombre que entró a esa cocina hace veinte años, frío y roto, ya no existía.
La nena que pedía plata con la mano extendida, tampoco.
FIN.
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