El hombre que me crio — Parte 4

 


Tres meses. 


Tres meses de fotos, de videos, de susurros frente a la cámara. Tres meses de donaciones que llegaban como un torrente, de seguidores que se contaban por miles, de comentarios cada vez más zarpados que ella leía con una mezcla de asco y orgullo. 


Los perfiles de Milagros crecieron como un incendio. 


Lo que empezó como un secreto sucio entre las paredes de esa casa vieja se convirtió en un monstruo de miles de cabezas. Gente de todo el mundo miraba sus fotos, compraba sus videos, le escribía pidiéndole más. Más piel. Más carne. Más de ella. 


Y ella entregaba. 


A cambio, la cuenta bancaria se llenaba como un balde bajo la lluvia. 


Ropa de marca. Carteras. Zapatos que antes miraba en vidrieras sin atreverse a entrar. Un auto cero kilómetro, rojo y brillante, estacionado en la vereda de la casa que seguía siendo la misma de siempre. Milagros manejaba por la ciudad con el vidrio bajado, el pelo al viento, y sentía que por primera vez en su vida tenía el control. 


O eso creía. 


Flavio, más sensato, miraba los números en su laptop nueva —una Macbook que pagó al contado— y hacía cálculos. No quería autos ni ropa. Quería una casa. Una casa más grande, más nueva, con jardín y pileta. Una casa donde nadie preguntara de dónde salía la plata. 


"Ahorrá", se decía mientras transfería los fondos a una cuenta separada. "Esto no va a durar para siempre." 


Pero el video de Milagros en cuatro, con Flavio detrás, se había vuelto viral en media docena de páginas +18. Los comentarios eran una avalancha de obscenidades. 


"Esa puta nació para esto" 


"Cómo gime la zorra" 


"Quiero verla con dos" 


"Más videos así" 


Flavio leyó cada comentario con los dientes apretados. No iba a repetir la fórmula tan rápido. Había que hacerlos esperar. La impaciencia vende más que la abundancia. Siempre. 


Pero les daba migajas. 


Videos de Milagros haciéndole un pete en el auto, estacionados en una esquina cualquiera, con la gente pasando al lado sin saber. Una sesión de fotos en una plaza, Milagros desnuda bajo un árbol, la piel blanca contrastando con el pasto verde. Otro video en frente de la universidad, ella arrodillada entre sus piernas, la cola de caballo moviéndose al ritmo de su cabeza. 


Ninguno de los dos podía parar. 


Era una máquina que se alimentaba sola. 

 

Pero esa mañana, algo cambió. 


Milagros salía de la facultad, los apuntes apretados contra el pecho, cuando un chico se le paró al frente. Lo conocía. Iban juntos a Introducción a la Economía. Pelo negro, ojos oscuros, una sonrisa que antes le parecía simpática. 


—Milagros —dijo él, con la voz justo en el tono que no tenía que tener—. ¿No vas a hacer un video con dos hombres? 


Ella se quedó helada. 


—Yo quiero ser uno de esos hombres —agregó, y se rió, como si fuera un chiste. 


Pero no era un chiste. Milagros vio sus ojos y supo que había visto los videos. Que la había reconocido. Que la miraba y no veía a la compañera de cursada, veía a la mina que se lo chupaba a un viejo en un auto estacionado. 


Bajó la mirada. Las mejillas le ardían. Las manos le temblaban alrededor de los apuntes. 


—No sé de qué hablás —murmuró, y pasó de largo. 


El chico no la siguió. Pero su risa quedó pegada en la nuca de Milagros como una avispa. 

 

En el comedor universitario, Susana y Martina ya la estaban esperando. Sus amigas. Las que quedaban. 


Porque algunas se fueron. 


Sin explicación. Sin despedida. Solo mensajes que quedaban en "visto" y miradas que se desviaban cuando se cruzaban por el pasillo. 


—¿Estás bien? —preguntó Susana, acomodándose los anteojos—. Te veo rara. 


—Estoy bien —mintió Milagros, sentándose. 


Martina se inclinó sobre la mesa, bajó la voz. 


—A mí no me mientas. ¿Qué pasó? ¿Alguien te dijo algo? 


Milagros dudó. Pero el peso de las últimas semanas le apretaba el pecho como una mano cerrada. 


—Me paró un chico —dijo, mirando el vaso de agua—. Me preguntó si iba a hacer un video con dos hombres. Dijo que quería ser uno de ellos. 


El silencio se volvió denso. 


—¿Y vos qué le dijiste? —preguntó Martina. 


—Nada. Me fui. 


Susana y Martina se miraron. Después, Susana apoyó la mano sobre la de Milagros. 


—Mili —dijo, con una voz que no era de juicio—. Nosotras no te vamos a juzgar. Pero tenés que saber que esto... lo que estás haciendo... la gente va a hablar. 


—Ya lo sé —respondió Milagros, y su voz sonó más dura de lo que quería—. Pero también sé que ninguna de las que me dejó de hablar tiene un auto 0km. Ni ropa de marca. Ni la plata para pagar la facultad sin pedirle un peso a los viejos. 


Martina sonrió, apenas. 


—¿Cuánto ganás, igual? —preguntó, con curiosidad genuina—. ¿En serio? ¿Tanto? 


Milagros le dijo el número. En un susurro, con la cabeza gacha. 


Las dos se quedaron mudas. 


—¿Vos creés que yo...? —empezó Martina, y se detuvo. 


—No sé —dijo Milagros, encogiéndose de hombros—. Pero si lo hacés, no lo hagas por la plata. Hacelo porque querés. Porque te gusta. Porque no te importa lo que digan. 


"Y porque una vez que empezás", pensó, "no hay vuelta atrás." 


No dijo eso en voz alta. 

 

Esa noche, Milagros llegó a casa con la cabeza llena de avispas. 


Flavio estaba en el comedor, la Macbook apoyada en la mesa, tecleando con concentración. La luz de la pantalla le iluminaba la cara, marcaba las arrugas alrededor de los ojos, el cabello canoso. 


—Hola —dijo ella, dejando las llaves en la entrada. 


—Hola —respondió él, sin levantar la vista. 


Milagros se quedó un segundo en el umbral, mirándolo. Los dedos de él volaban sobre el teclado, respondiendo mensajes, subiendo contenido, gestionando el monstruo que habían creado juntos. 


"Siempre me trata frío", pensó ella mientras subía la escalera. "Solo me ve como algo comercial. Un producto. Una inversión." 


Se encerró en su habitación y se dejó caer en la cama. 


El techo era el mismo de siempre. Las mismas rajaduras. La misma mancha de humedad en la esquina. Pero todo lo demás había cambirado. Ella había cambiado. 


"¿Soy una cobarde?", se preguntó. "¿Me voy a arrepentir?" 


La respuesta llegó sola, clara como el agua. 


"Este es el camino que elegí. Y no soy una cobarde. No me voy a arrepentir." 

 

La noche cayó pesada sobre la casa. 


Cenaron por separado, como ya era costumbre. Ella en su pieza, mirando una serie en el celular. Él en el comedor, terminando de editar un video para la página +18. 


Los platos quedaron en la pileta. 


Las luces se apagaron una por una. 


Flavio se fue a dormir como todas las noches: solo, en esa cama, con el ventilador haciendo ruido y las persianas bajas. 


Pero Milagros no podía dormir. 


Se dio vuelta en la cama. Miró el techo. Miró la ventana. Escuchó el silencio de la casa. 


Y entonces tomó una decisión. 


Se levantó despacio. Abrió el placard. Sacó el camisón que había comprado la semana pasada y que nunca se había puesto. Lo había guardado en el fondo, escondido detrás de los buzos viejos, como si supiera que algún día iba a necesitarlo. 


El camisón era de seda negra. Transparente apenas, con unos tirantes finos que se hundían en los hombros y un encaje que bordeaba el escote en forma de V. La tela caía suave, líquida, marcando la curva de sus pechos, el estrechamiento de la cintura, la redondez de las caderas. 


Se miró en el espejo. 


La imagen que devolvía era la de una mujer. No la nena que Flavio había criado. No la compañera de facultad. No la piba de los videos. 


Era otra cosa. 


Era carne. Deseo. Poder envuelto en seda. 


Apagó la luz de su habitación y cruzó el pasillo en puntas de pie. 


El piso de madera crujió bajo sus pies descalzos. La puerta de Flavio estaba entreabierta, como siempre. Nunca cerraba del todo. Milagros apoyó la palma en la madera fría y empujó. 


La habitación estaba a oscuras. Solo la luz amarillenta de la calle entrando por las rendijas de la persiana, dibujando líneas paralelas en el piso. El ventilador giraba lento, moviendo el aire caliente de la noche. 


Flavio dormía boca arriba. La sábana apenas le cubría la cintura, dejando al descubierto el pecho peludo, los brazos fuertes, las manos callosas apoyadas sobre el estómago. 


Milagros encendió la luz de la mesa de luz. 


Él abrió los ojos despacio. No se sobresaltó. No preguntó qué hacía ahí. Solo la miró, y en esa mirada había cansancio y sorpresa y algo más, algo que ella no sabía nombrar. 


—Necesito que me hagas el amor —dijo ella. 


La voz le salió firme. Más firme de lo que se sentía por dentro. 


Flavio se incorporó apoyándose en los codos. La miró de arriba abajo. El camisón de seda. Los pechos empujando la tela. Las piernas largas, los pies descalzos sobre el piso frío. 


—Esperá —dijo, y su voz era un rasguño—. Voy a buscar las cámaras. 


—No. 


La palabra cortó el aire como un cuchillo. 


—No —repitió Milagros—. Esta noche quiero que quede entre vos y yo. 


El silencio se volvió eléctrico. 


Flavio parpadeó. Por un segundo, solo uno, su máscara de calma se resquebrajó. Milagros vio algo en sus ojos que nunca había visto. Confusión. Incomodidad. Miedo, casi. 


"Todo esto", pensó ella, "lo hizo para vengarse de mamá. Para convertirme en un objeto. No esperaba que yo me entregara sin cámaras." 


Flavio corrió la sábana. 


Su miembro estaba semidormido, apoyado sobre el muslo. La piel más oscura que el resto del cuerpo, las venas marcadas. Milagros lo miró y sintió un calor húmedo entre las piernas. 


Sonrió. 


Y caminó hacia la cama. 

 

Se arrodilló al borde del colchón. El camisón de seda le subió por los muslos, dejando al descubierto la tanga blanca, casi invisible. Flavio la miraba sin decir nada, con los brazos caídos a los costados, como si no supiera qué hacer con sus manos. 


Milagros se inclinó. 


Su lengua encontró la punta del miembro de Flavio. Lo lamió despacio, con la punta, apenas. Sintió cómo empezaba a endurecerse, a crecer. Pasó la lengua por toda la extensión, desde la base hasta la cabeza, una, dos, tres veces. 


Flavio dejó escapar un gemido ahogado. 


Ella bajó a los testículos. Los chupó con lentitud, uno y luego el otro, sintiendo la piel arrugada contra su lengua. Los succionó con cuidado, con paciencia. El miembro de él ya estaba completamente duro ahora, erecto, latiendo. 


—Así —dijo Flavio, y su voz era un susurro. 


Ella volvió arriba. Se lo tragó entero. Sintió la punta contra su garganta, los ojos llenándose de lágrimas. Se lo sacó despacio, lo volvió a tragar. Una y otra vez. 


Salió de su boca duro, brillante de saliva. 


—Ahora quiero sentirte —dijo Milagros, y su voz sonaba ronca, ajena. 


Se levantó el camisón hasta la cintura. Corrió la tanga a un costado. Se montó sobre él, las rodillas a cada lado de sus caderas, el sexo caliente y mojado rozando la punta de su miembro. 


Bajó despacio. 


Entró en ella con una suavidad que contrastaba con todo lo que habían hecho antes. Milagros sintió cómo la iba llenando, cómo se abría para recibirlo. Era la primera vez que entraba ahí. Se lo había chupado un millón de veces, había sentido su ano una sola, pero esto era distinto. 


Esto era completo. 


Esto era suyo. 


Flavio la miraba desde abajo, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Ella empezó a moverse. Arriba y abajo, despacio al principio, después más rápido. El camisón le subió hasta los pechos, los dejó al descubierto, grandes y redondos, moviéndose con cada vaivén. 


Se inclinó hacia adelante. 


Lo besó. 


La boca de Flavio era caliente, áspera. La lengua de él encontró la suya y bailaron juntas, un baile salvaje y húmedo. Milagros mordió su labio inferior, él respondió apretándole la nuca con una mano. 


Los besos se volvieron más profundos, más desesperados. 


Él descubrió sus pechos. Los agarró con las dos manos, los apretó, hundió los dedos en la carne blanda. Bajó la boca a un pezón y lo chupó con fuerza. Milagros gimió contra su boca, los dedos enredados en su pelo canoso. 


—No pares —dijo él, contra su piel—. No pares. 


Ella no paraba. Las caderas se movían en círculos, arriba y abajo, adelante y atrás. El cuerpo de Flavio respondía empujando hacia arriba, encontrándola a mitad de camino. 


Él la nalgueó. La mano derecha bajó y golpeó su nalga con un ruido seco en la noche quieta. Milagros gimió más fuerte. 


—Así —dijo ella—. Otra vez. 


Otra nalgada. Y otra. 


Los pechos de Milagros rebotaban sin control. El sudor empezaba a brillar en su piel, en la frente, en el hueco de la clavícula, entre los pechos. El ventilador movía el aire caliente, pero nada enfriaba lo que estaban haciendo. 


El orgasmo la alcanzó como un tren. 


Los dedos de ella se clavaron en los hombros de él. La boca se le abrió en un grito mudo. El cuerpo se le tensó entero, arqueado, los pechos hacia arriba, la cabeza hacia atrás. 


—Vení conmigo —dijo, jadeando—. Vení. 


Flavio la agarró de las caderas y empujó hacia arriba una última vez. El gemido de él fue ronco, profundo, y ella sintió el líquido caliente llenándola por dentro, derramándose. 


Se quedaron conectados. 


Jadeando. 


El sudor pegándoles la piel. 


Los dedos de ella enredados en el pelo de él. Los brazos de él alrededor de su cintura. 


Nadie dijo nada. 


Nadie necesitaba decir nada. 

 

Esa noche, Flavio la penetró tres veces más. 


Una vez de costado, él detrás, una mano en su pecho y la otra entre sus piernas. Milagros gimió contra la almohada, mordiendo la tela para no despertar a los vecinos. 


Otra vez ella arriba, pero ahora de espaldas, las manos apoyadas en sus muslos, moviéndose lento mientras él la miraba desde abajo con los ojos llenos de algo que no era venganza ni odio ni resentimiento. 


Era otra cosa. 


Deseo oscuro. 


Puro. 


La última vez, él la puso contra la pared. Los brazos de ella en alto, las manos apoyadas en el revoque frío. El cuerpo de Flavio aplastándola, entrando y saliendo, los dientes mordiéndole el lóbulo de la oreja. 


—Mía —dijo él, con la voz rota—. Ahora sos toda mía. 


Y ella asintió. 


Porque era cierto. 


Ninguna cámara filmó esa noche. Ninguna luz roja parpadeó en la oscuridad. No había seguidores que pagaran, no había comentarios que leer, no había plata que contar. 


Solo ellos dos. Solo carne caliente. Solo el ruido de las sábanas arrugándose y las respiraciones entrecortadas y los gemidos que se ahogaban contra las almohadas. 


Porque ya no era negocio. 


Era otra cosa. 


Era un deseo que los hacía sentir vivos. 

 

La mañana siguiente entró por la ventana como una lámina de luz amarilla. 


Milagros abrió los ojos despacio. Las sábanas estaban enredadas alrededor de sus piernas. Su camisón de seda estaba en el piso, hecho un bollo. Su pelo era una maraña rubia sobre la almohada. 


Giró la cabeza. 


Flavio estaba a su lado, boca arriba, roncando apenas. El pecho peludo subía y bajaba con la respiración profunda del sueño. La luz de la mañana marcaba las canas en sus sienes, las arrugas alrededor de sus ojos cerrados, las líneas de la edad en su cara. 


"Él no es mi padre", pensó Milagros. 


"Ni el hombre que me crió." 


Se incorporó sobre un codo. Lo miró un largo rato. Escuchó sus ronquidos suaves, sintió el calor de su cuerpo debajo de las sábanas, olió el perfume mezclado de sudor y sexo que impregnaba la habitación. 


"Es mi macho." 


La sonrisa se le dibujó sola en los labios. 


Se volvió a acostar, pegó su cuerpo desnudo al de él, y cerró los ojos. 


Ya no había vuelta atrás. 


Y por primera vez en tres meses, Milagros no quería volver atrás. 

 


Continuara... 

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