El hombre que me crio — Parte 3

 


Los días siguientes tienen un sabor extraño. 


Flavio se sienta frente a la PC con una precisión casi ritual. No publica todo junto. Eso sería un error de principiante. Él conoce el juego: la impaciencia vende más que la abundancia. Una foto a la mañana temprano, otra a la noche. Un video de quince segundos en la página +18, sin mostrar todo. Siempre dejando algo para después. 


Los seguidores crecen como una mancha de humedad. 


"Mostrá más, hermosa" 


"Cuándo el próximo video?" 


"Te daría toda mi plata" 


Flavio lee los comentarios con una sonrisa fría. Sus dedos vuelan sobre el teclado, respondiendo mensajes, agradeciendo donaciones, calentando el ambiente. Sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo. Nunca demasiado, nunca muy poco. 


El video de Milagros de rodillas, con la cara manchada de lágrimas y rimel, se vuelve viral en menos de seis horas en la página +18. Flavio distorsionó su propio rostro con un filtro, una mancha digital que lo vuelve irreconocible. El de Milagros quedó intacto. 


Ella es la estrella. 


Y las estrellas se miran, no se esconden. 

 

Milagros intenta seguir con su vida normal. 


La facultad, el gimnasio, las amigas. Las risas en el bar de la esquina, los apuntes prestados, los chistes sobre los profesores. Todo igual que antes. Pero nada es igual. 


Camina por el pasillo de la universidad y siente las miradas. O cree sentirlas. Un pibe de economía la saluda con una sonrisa y ella piensa "¿Viste mi video?". Una mina de su curso le dice "linda remera" y ella piensa "¿Sabés lo que hice con mi boca hace tres días?". 


Se sienta en el aula, abre el cuaderno, y no puede concentrarse. La imagen no se va. Flavio parado frente a ella. La cámara grabando. El sabor caliente en la garganta. 


"¿Qué me está pasando?", se pregunta. Pero no quiere responder. 


En el gimnasio se pone las mallas ajustadas, las que le marcan la cadera y el culo. Antes lo hacía porque le gustaba verse bien. Ahora lo hace pensando en los comentarios. "Qué culo". "Qué tetas". "Para llenarte de leche". 


Una parte de ella se siente asqueada. 


Otra parte sonríe cuando nadie la mira. 


Llega a su casa a eso de las seis. El sol de la tarde se cuela por la ventana del comedor, largo y amarillo, dibujando rectángulos de luz en el piso de madera. Trae el uniforme del gimnasio: las calzas negras que le abrazan cada músculo de la pierna, la remera blanca que deja ver la sombra del corpiño deportivo. El pelo recogido en una cola alta, las mejillas aún rosadas por el ejercicio. 


Se ve hermosa. 


Y lo sabe. 


Flavio está sentado en el sillón, con las piernas cruzadas y un mate en la mano. La tele está apagada. No hay música. Solo el ruido del termo al apoyarse en la mesa y el zumbido lejano de un ventilador. 


—Hola —dice ella, dejando la mochila en la entrada. 


—Hola —responde él, sin levantarse. 


Un silencio. 


No el silencio incómodo de las primeras semanas. Es un silencio distinto. Un silencio de gente que sabe cosas. De gente que ya cruzó líneas que no se pueden volver a cruzar. 


Flavio ceba otro mate. Lo toma despacio, con los ojos fijos en ella. Milagros siente ese peso en la piel, esa forma de mirarlo que él tiene ahora. Como si la estuviera leyendo. Como si supiera exactamente lo que ella piensa en cada segundo. 


—Es hora de seguir trabajando —dice él, al fin. 


Milagros no responde. Pero siente algo caliente subiéndole por el pecho, por el cuello, por las mejillas. 


"No es una pregunta", piensa. "Es una orden." 


Y la orden le gusta. 


No dice nada. Solo asiente con la cabeza, una vez, y sigue a Flavio hacia el fondo de la casa. 

 

El patio de atrás es pequeño, íntimo. Unos pocos metros de pasto descuidado, un limonero medio seco contra la pared, y un rincón donde la sombra de la tarde se vuelve dorada y densa. Cerca de las flores —unos jazmines que la madre de Milagros plantó hace años— Flavio armó la escena. 


Una filmadora nueva, de buena calidad, montada sobre un trípode de metal. El lente apunta directamente al espacio entre las plantas, donde la luz filtrada por las hojas dibuja manchas móviles en el piso de tierra. 


—¿Eso es nuevo? —pregunta Milagros, con la voz más ronca de lo que quisiera. 


—Compré con la plata de las donaciones —dice Flavio—. Hay que invertir en el negocio. 


Lo dice tan natural. El negocio. Como si fuera una verdulería o un taller mecánico. Milagros traga saliva. Siente las calzas pegadas a los muslos, el sudor del gimnasio aún fresco en la nuca. 


Flavio ajusta el enfoque. Presiona un botón. La cámara emite un pitido suave y una luz roja empieza a parpadear en el costado. 


—Grabando —dice, como un director de cine—. Empezá. 


Milagros lo mira. Después mira la cámara. Después mira sus propias manos, que tiemblan apenas. 


"Podría decir que no", piensa. "Podría dar la vuelta, irme a mi pieza, cerrar la puerta con llave." 


Pero no da la vuelta. No se va. No cierra ninguna puerta. 


Se para frente al lente. Las manos en las caderas. Los hombros hacia atrás. La cola de pelo cayéndole sobre la espalda. 


Flavio saca la cámara de fotos que tiene colgada del cuello y empieza a disparar. Click. Click. Ella se mueve como él le indica: un paso al costado, los brazos arriba, una mano en la nuca, la mirada perdida en algún punto detrás de la cámara. 


La ropa empieza a molestar. 


No se la saca todavía. Es parte del juego. Flavio quiere que los seguidores vean el proceso. El encaje que asoma debajo de la remera. La curva del corpiño. La línea del ombligo. 


—La remera —dice él, sin preguntar. 


Ella agarra la tela por abajo, la sube despacio. Primero la panza. Después el corpiño deportivo. Después más arriba, hasta que la remera queda enganchada en los dedos y ella se la saca por completo, tirándola al pasto. 


Queda en corpiño y calzas. La piel blanca bajo el sol amarillo, los brazos cubiertos de un vello rubio casi invisible. 


Click. 


—Las calzas. 


Milagros mete los dedos por la cintura. Empuja la tela hacia abajo, bajando las caderas con un movimiento lento y estudiado. Las calzas caen al piso. Ella las patea a un costado. 


Queda solo con el corpiño de encaje. Un corpiño nuevo, de esos que compró Flavio con las donaciones. Rojo oscuro, casi burdeos, que apenas le sostiene los pechos y deja ver la sombra de los pezones a través de la tela. 


Click. Click. 


Flavio da la vuelta, la filma de espaldas. La tanga combina con el corpiño, una tira delgada que se pierde entre las nalgas. Milagros mira hacia atrás por encima del hombro, la boca entreabierta, la lengua asomando apenas. 


La luz roja de la filmadora parpadea sin descanso. 


—Desvestirte —dice Flavio. 


No es una orden violenta. Es una orden calma, doméstica casi. Como pedirle que saque la basura o que lave los platos. 


Milagros desabrocha el corpiño. La tela cae. Sus pechos grandes quedan al aire, redondos y pesados, los pezones ya duros por el aire de la tarde o por lo que sea que está pasando dentro de su cabeza. El corpiño vuela hacia las flores, queda colgado de una rama de jazmín. 


Después la tanga. Se da vuelta, se inclina apenas hacia adelante, y baja la tira despacio. La nalgas redondas, firmes, la sombra oscura entre los muslos. La tanga cae al pasto. 


Está completamente desnuda. 


El sol le calienta la espalda. Siente una brisa suave moviéndole los vellos de la nuca. Y siente la mirada de Flavio, caliente y fría a la vez, devorándola desde detrás de la cámara. 


Saca las fotos que faltan. De frente. De perfil. Con las manos en los pechos, apretando la carne blanda, hundiendo los dedos. Con las piernas abiertas, mostrando la humedad que empieza a brillar entre sus muslos. 


—Ponerte en cuatro —dice Flavio. 


Ella se arrodilla en el pasto. Las rodillas sobre la tierra húmeda. Las manos apoyadas en el suelo, la espalda arqueada, el culo en alto. Siente el pasto pinchándole las espinillas, el aroma de los jazmines mezclándose con su propio olor. 


"Más", piensa. "Quiero más." 


No sabe si el pensamiento es suyo o se lo metió Flavio en la cabeza. 


Escucha el ruido del cierre bajándose. El pantalón de él cayendo al pasto. El sonido de sus pasos acercándose por detrás. 


Y entonces siente algo duro presionando contra su ano. 


No hay preparación. No hay dedos. No hay lubricante. Solo la punta de Flavio, seca, caliente, apoyada justo donde nadie había entrado nunca. 


Milagros abre la boca para decir algo. Para pedirle que espere, que tenga cuidado, que nunca... 


Él entra. 


Rápido. Fuerte. 


El grito se le escapa de la garganta antes de que pueda contenerlo. 


—¡Ay! 


No es un grito de placer. Es un grito de sorpresa, de dolor, de algo que no sabe cómo nombrar. Siente el miembro de Flavio abriéndola por dentro, estirando una carne que nunca fue estirada. Las manos se le clavan en la tierra, las uñas llenas de pasto y barro. 


—¡Ah! —otro grito—. ¡Hala! 


Flavio no para. No pregunta si está bien. No espera que se acostumbre. Una mano se le aferra a la cadera, los dedos hundiéndose en la carne blanda. La otra mano la golpea la nalga. Pum. Un ruido seco que retumba en el patio cerrado. 


—Callate —dice él, con la voz rota—. Callate y recibí. 


Milagros muerde el labio. Las lágrimas le brotan de los ojos otra vez. Pero en algún lugar profundo de su cuerpo, abajo, muy abajo, algo empieza a cambiar. 


El dolor sigue ahí. Cada embestida es una puntada caliente que le sube por la columna. Pero mezclado con el dolor hay algo más. Un cosquilleo eléctrico que nace en la punta de los dedos y se extiende por los muslos, por la panza, por los pechos que se mueven violentos con cada golpe. 


Flavio la nalguea otra vez. Otra. Y otra. Las nalgas se le enrojecen, la piel marca las líneas de los dedos. Él mete el miembro completo, hasta la base, y ella siente sus testículos chocando contra su cuerpo húmedo. 


Entonces la saca toda. Toda entera. Milagros queda vacía, abierta, jadeando. 


Y la mete de golpe otra vez. 


El grito de ella es distinto ahora. 


No es solo dolor. 


Es dolor y algo que no quiere reconocer. 


—Ah... ah... —gime, y la voz le sale ronca, rota, ajena. 


Flavio la agarra del pelo. La cola alta se desarma, los mechones rubios quedan enredados entre sus dedos, tirando hacia atrás, forzándole el cuello. Ella mira hacia arriba, ve el limonero seco, el cielo naranja de la tarde. Las lágrimas le corren por las mejillas. 


—Así —dice él, jadeando—. Así me gusta. 


Muerde el hombro de Milagros. Los dientes apretando la piel, marcando la carne. El dolor es un relámpago blanco que se cruza con el placer que empieza a crecer entre sus piernas, caliente, inevitable. 


Los pechos de ella se mueven como péndulos con cada embestida. Chocan entre sí, se levantan, caen, se sacuden. Flavio mete la mano por abajo, los agarra, los aprieta. La carne blanda se desborda entre sus dedos. Milagros gime con la boca abierta, la saliva cayéndole por la barbilla. 


Y entonces el orgasmo la golpea. 


Fuerte. 


No como los orgasmos que se da sola en su cama, con la mano entre las piernas. Este es distinto. Este viene desde adentro, desde el hueso, desde algún lugar que ella creía que no existía. 


El cuerpo se le tensa entero. La espalda se arquea como un arco. La boca se abre en un grito mudo. Las piernas le tiemblan, las manos se aferran al pasto, los pechos se sacuden sin control. 


Flavio siente el apretón. Las paredes de ella cerrándose alrededor de su miembro, succionándolo, pidiendo más. Él aprieta los pechos más fuerte, casi con furia, y entierra la cara en el cuello de Milagros. 


—Toma —dice, con la voz ronca—. Tomá mi leche. 


Termina dentro de ella. 


El líquido caliente llena el culo de Milagros. Una sensación extraña, caliente, que se derrama y se escurre. Flavio se queda ahí unos segundos, entero dentro de ella, la respiración agitada contra su nuca. 


Después sale. 


Ella escucha el cierre del pantalón. El ruido de la trípode plegándose. Los pasos de él alejándose por el pasto. 


Se queda de rodillas en el suelo. Las manos apoyadas en la tierra. El culo en alto, el líquido escurriéndole por los muslos. El pasto pinchándole las rodillas. Los jazmines agitándose con la brisa. 


"El me crió", piensa, mirando hacia atrás, viendo a Flavio entrar a la casa con la cámara en una mano y la filmadora en la otra. 


"Siento que me crió para esto. Para usar mi cuerpo." 


El pensamiento debería darle asco. 


Pero no le da asco. 


Lo que siente es más parecido a una certeza. Una certeza caliente y oscura que se instala en su pecho como un animal dormido. 


Se deja caer de costado sobre el pasto. Jadea. Mira el cielo que empieza a oscurecerse, las primeras estrellas titilando entre las nubes. 


No se mueve. 


No quiere moverse. 

 

Flavio entra a su habitación y cierra la puerta. 


Apoya la cámara y la filmadora sobre el escritorio. Se sienta frente a la PC, los dedos todavía temblorosos. La pantalla se ilumina con el wallpaper genérico de Windows, un paisaje de montañas que ya ni mira. 


Conecta los cables. Las fotos empiezan a pasar de un dispositivo a otro. La imagen de Milagros en cuatro. Los pechos moviéndose. La cara manchada de lágrimas. El culo en alto, enrojecido, abierto. 


Flavio se recuesta en la silla. Pasa las manos por la cara, se frota los ojos cansados. 


—Ella no es mi hija —dice en voz alta, probando las palabras. 


Suena cierto. 


Suena justo. 


Suena como una sentencia. 


—Es el premio —susurra, mirando la pantalla—. El premio de mi esfuerzo por criarla. 


La luz de la pantalla le ilumina la cara, marca las sombras profundas de sus ojos, las arrugas alrededor de la boca. Por un momento, Flavio se ve tan viejo como es. Cincuenta y tres años gastados en una vida que no era suya, en una hija que no era suya, en una esposa que le mintió hasta la muerte. 


Pero ahora todo eso cambió. 


Ahora él tiene lo que le deben. 


Y piensa cobrarse cada centavo. 

 


Continuara... 

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