El hombre que me crio — Parte 2

 


La habitación de Flavio es un cuarto pequeño y ordenado, casi monacal. Una cama de una plaza, una mesa de luz con un velador, un placard de roble oscuro y la computadora apoyada en un escritorio viejo contra la pared. Las persianas están bajas, la luz entra amarillenta por las rendijas. Huele a madera, a ropa limpia, a soledad. 


Flavio cierra la puerta con llave. 


Apoya la cámara sobre el escritorio, conecta el cable a la PC. Sus dedos se mueven con precisión mecánica mientras las fotos empiezan a pasar de un dispositivo a otro. La pantalla se ilumina con la imagen de Milagros: los jeans azules, la blusa escotada, esa mirada asustada y desafiante al mismo tiempo. 


Pasa la siguiente. El corpiño negro, la curva de la cintura, la boca entreabierta. 


La siguiente. La espalda arqueada, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros, los dedos en la cadera. 


Flavio exhala despacio. Por un momento se queda mirando la pantalla, las manos quietas sobre el teclado. "Podría borrar todo ahora", piensa. "Podría hacer como que nada pasó." 


Pero en lugar de eso, abre el navegador. 


Crea una cuenta de Twitter. Otra de Instagram. Dos perfiles en páginas de contenido adulto. Elige los nombres con cuidado, nada que pueda rastrearse hasta ellos. La foto de perfil es una silueta, un recorte de la curva de la cadera de Milagros. La biografía breve: Rubia. Universitaria. Me gusta jugar. 


Flavio trabaja rápido. Fue community manager durante años antes de quebrarse, maneja las herramientas como quien respira. Sabe qué hashtags usar, a qué horas publicar, cómo escribir los textos para que la gente pique y después pague. Pero nunca había hecho esto para una mujer. Y mucho menos para alguien como Milagros. 


Se detiene un segundo. Mira la foto que está subiendo: Milagros en corpiño, el encaje negro contra la piel blanca, la mirada fija en el lente. 


"Esto es negocio", se dice. "Nada más." 


Pero sus manos tiemblan apenas cuando confirma la publicación. 

 

Dos días después. 


Flavio está sentado frente a la PC con una taza de café frío a un lado. El humo del cigarrillo se enrosca hacia el techo en espirales lentos. Tiene la mandíbula apretada, los ojos fijos en la pantalla. 


Los números no mienten. 


Doscientos seguidores en Twitter. Ciento cincuenta en Instagram. Diecisiete suscripciones a la página +18, y los mensajes no paran de llegar. 


"Que minón" 

"Mostrá más, hermosa" 

"Tenes only?" 

"Con qué sueñas, princesa?" 


Pero lo que más lo sorprende no son los seguidores. Son las donaciones. 


Tres usuarios distintos le han transferido plata. La primera, para que Milagros "se compre una tanga linda". La segunda, para un corpiño de cuero. La tercera, para unas medias de liga. 


Flavio suma los números en la cabeza. Solo en dos días, casi cuatrocientos dólares. 


Apaga el cigarrillo en el cenicero. Se recuesta en la silla, pasa las manos por la cara. Siente la barba crecida, los ojos cansados, una sonrisa que no sabe si es triunfo o asco. 


"La belleza de Milagros", piensa. "Eso es lo que vende." 


Baja al comedor. 

 

Milagros está en el sillón, las piernas cruzadas, mirando una serie en el celular con auriculares puestos. Tiene un jogging holgado y una remera vieja, el pelo recogido en un rodete desprolijo. Se ve más chica así, más vulnerable. 


Flavio se para frente a la tele apagada y le hace señas para que se saque los auriculares. 


—¿Qué pasa? —pregunta ella, con un deje de fastidio. 


Él no responde. Le alcanza el celular con las redes abiertas. 


Milagros mira la pantalla. Sus ojos se abren despacio mientras va leyendo. Los comentarios. Los números. Las fotos que él subió —algunas que ni siquiera recuerda que sacó, tomadas desde ángulos que marcan sus curvas, que dejan poco a la imaginación. Pasa el dedo por la pantalla, la boca entreabierta. 


—¿Esto es... mío? —pregunta en un susurro. 


—Tuyo —dice Flavio, con la voz tranquila—. Creo que podés hacerte rica si estás decidida a hacer esto. 


Milagros sigue mirando. Un comentario dice "Que ganas de llenarte la cara de leche". Otro, "Mostrá esas tetas, putita". Ella traga saliva, siente el calor subiéndole por las mejillas. Quiere indignarse. Quiere decir que esto es asqueroso, que esos tipos son unos enfermos. 


Pero no puede apartar la mirada. 


Hay algo en esos comentarios zarpados, en esa violencia apenas disimulada, que le revuelve la panza de una forma que no sabe cómo explicar. "Me odiaría si alguien me viera leyendo esto", piensa. Y sin embargo, pasa al siguiente comentario. Y al siguiente. 


—Bueno —dice al fin, con la voz ronca—. ¿Cómo seguimos? Porque yo no entiendo mucho de esto. 


Flavio sonríe. Una sonrisa lenta, casi paternal, que a Milagros le da escalofríos. 


—Yo voy a ser tu community manager —dice, sentándose en el brazo del sillón, cerca de ella, pero sin tocarla—. Tu representante. Manejo las redes, las páginas, los mensajes, el contenido. Vos solo tenés que hacer lo que sabes hacer. 


—¿Qué sé hacer? —pregunta ella, con una ingenuidad que ya no es del todo real. 


Flavio la mira. Un segundo de silencio incómodo, cargado. 


—Ser vos —dice al fin. 


Milagros baja los ojos. Siente las manos sudorosas, el corazón latiéndole en el pecho. 


—¿Y cuánto saco yo? 


—Cincuenta y cincuenta —dice Flavio, como si fuera lo más natural del mundo—. Gastos cubiertos por mí. Vos solo ponés tu cuerpo. 


La frase cae pesada, pegajosa. Milagros se muerde el labio. 


—Está bien —susurra. 


Flavio se levanta del sillón. Camina hacia la puerta del comedor, pero se detiene a mitad de camino. Vuelve a mirarla por encima del hombro. 


—Ah, una cosa —dice—. Tengo unos regalos que te mandaron. 


Milagros frunce el ceño. 


—¿Regalos? 


Flavio sale y vuelve a los pocos segundos con una bolsa negra. La deja sobre la mesa ratona. Milagros mete la mano, saca una tanga de encaje rojo. Después un corpiño de cuero que apenas cubre los pezones. Después unas medias de liga negras. 


—Los seguidores —dice Flavio, encogiéndose de hombros—. Quieren verte con eso puesto. Pagaron por adelantado. 


Milagros mira las prendas en sus manos. La tela es suave, cara. Puede oler el perfume de la tienda, ese olor a plástico nuevo y crema de manos. Siente un nudo en el estómago, una mezcla de vergüenza y algo parecido al poder. 


"Quieren verme", piensa. "Les gusto. Me quieren." 


—Ponete uno —dice Flavio desde la puerta—. Vamos a sacar más fotos. Sobre tu cama. 


Milagros levanta la cabeza. Lo mira a los ojos y ve una calma fría, una certeza que la asusta. Pero también ve otra cosa: un brillo. Un deseo contenido que él apenas disimula. 


Se levanta del sillón con las prendas en la mano. 


No dice nada. 


Él no necesita que diga nada. 

 

La habitación de Milagros está desordenada. Ropa tirada en la silla, apuntes de la facultad sobre el escritorio, un par de zapatillas al lado de la cama. La luz de la lámpara de mesa es cálida, amarillenta, y dibuja sombras largas en las paredes. 


Flavio cierra la puerta. Ajusta la cámara. 


Milagros está parada al lado de la cama, con la tanga roja y las medias de liga. El corpiño de cuero apenas le cubre los pezones, la presión de la tela hunde la carne blanda, marca la curva generosa de sus pechos. El resto del cuerpo está desnudo: la panza plana, las caderas anchas, los muslos firmes. 


—Arrancamos —dice Flavio, levantando la cámara. 


Milagros se sube a la cama. Se apoya en las rodillas, el culo en el aire, la espalda arqueada. Siente el frío de las sábanas en la piel, las medias apretándole los muslos, la tanga metiéndose entre sus nalgas. 


Click. 


Luego de unas cuantas fotos con ese atuendo —Bien —dice Flavio—. Ahora de espaldas, mirando para acá. Sácate el corpiño. 


Ella obedece. Los dedos le tiemblan cuando afloja los ganchos, cuando el cuero cae sobre la cama y sus pechos quedan completamente al descubierto. Grandes, redondos, los pezones duros por el frío o por otra cosa. Ella no sabe qué. 


Click. Click. 


Flavio se acerca. La cámara a centímetros de su piel. Ella puede escuchar su respiración, más rápida que antes, más pesada. 


—Sacá la lengua —dice él. 


Ella saca la lengua. La pasa por el labio inferior despacio, como si estuviera lamiendo algo. Click. 


—Así. Otra vez. Mirándome. 


Milagros lo mira a los ojos. La lengua afuera, la boca entreabierta, los pechos empujándose hacia adelante. Siente un hormigueo caliente entre las piernas y se odia por eso. 


Pero no para. 


No quiere parar. 


Flavio baja la cámara un segundo. Mira la pantalla, revisa las fotos. Después levanta la vista hacia ella. 


—Sácate la tanga —dice. 


El corazón de Milagros late con fuerza. La tanga roja cae, queda desnuda del todo. Flavio vuelve a enfocar. 


Click. Click. Click. 


—Ahora las fotos de ahora —dice él, sin dejar de disparar—, esas van a las páginas +18. Las más caras. 


Ella asiente con la cabeza. Siente la humedad entre los muslos, el latido profundo que no puede controlar. Mira hacia abajo, sin querer, y ve el bulto en el pantalón de Flavio. 


Está duro. 


Muy duro. 


"Flavio", piensa. "El viejo que me crió. Tiene una erección viéndome desnuda." 


Debería sentir asco. Pero lo que siente es otra cosa. Un cosquilleo caliente en la panza. Un deseo de seguir siendo mirada. Un deseo de más. 


Flavio sigue sacando fotos. De todos los ángulos. Sus pechos, la curva de su cadera, el vello púbico apenas sombreado, las piernas abiertas. Ella se mueve como él le pide: arquea la espalda, se muerde el labio, aprieta los pechos con las manos. Ya no hay vergüenza. Solo hay un vértigo oscuro, una caída lenta hacia algo que no entiende. 


El celular de Flavio vibra. 


Él lo mira. Sonríe. 


—Uno de tus seguidores —dice— pide un video tuyo haciendo un pete. Ofrece doscientos dólares. Y se suscribe al perfil +18. 


Milagros se queda quieta. 


—¿Un video... así? —pregunta, con la voz ronca—. Pero yo no tengo ningún video de eso. Y no estoy saliendo con nadie. 


—No necesitas a nadie —dice Flavio, y su voz es tan tranquila, tan natural, que ella casi se convence de que es una idea razonable. 


Baja el cierre del pantalón. 


El miembro de Flavio queda al descubierto. No es grande ni chico. Es cabezón, venoso, la piel más oscura que el resto del cuerpo. Está completamente erecto, la punta brillosa, un latido visible en la vena principal. 


Milagros traga saliva. 


"Miralo", se dice. "Eso es lo que quiere. Lo que siempre quiso, seguro. Por eso cambió. Por eso se volvió así." 


El pensamiento debería darle asco. Debería levantarse, agarrar la bata, salir corriendo de la habitación. 


Pero no se levanta. 


No corre. 


Se queda de rodillas sobre la cama, mirando el miembro de Flavio, sintiendo su propia excitación crecer como una fiebre. 


"Flavio no es mi padre." 


La frase aparece en su cabeza como un salvoconducto. Una llave que abre una puerta que siempre estuvo ahí, cerrada, esperando. 


Se pone de rodillas en el suelo. 

 

Flavio apoya el celular en la mesita de luz, ajusta el ángulo para que grabe todo. La pantalla refleja la imagen de Milagros: la rubia de rodillas, los pechos colgando, el pelo rubio cayéndole sobre la cara. Ella mira al lente un segundo. Después mira el miembro de Flavio, tan cerca de su boca que puede olerlo. 


Pasa la lengua por el labio inferior. 


—¿Así? —pregunta, con una voz que no parece la suya. 


—Así —dice él. 


Ella se inclina. 


La lengua recorre el largo del miembro despacio, desde la base hasta la punta. Siente la textura de la piel, el calor, el latido. Vuelve a empezar, otra vez, mapeando cada centímetro. Flavio deja escapar un suspiro entre dientes. 


—Mirá el teléfono —dice. 


Ella levanta la mirada. La boca abierta, la lengua afuera, los ojos clavados en el lente. Ahora sus labios rodean la cabeza, la succionan con suavidad, la presionan contra el paladar. Siente el sabor salado, intenso, prohibido. 


"Me gusta", piensa, y el pensamiento la sacude como un latigazo. 


Le hace chupones en la punta. Pasa la lengua alrededor de la corona. Uno, dos, tres. Saca la saliva con el dorso de la mano y vuelve a empezar. El miembro de Flavio está duro como una piedra, las venas marcadas, un pequeño latido que ella puede sentir en los labios. 


—Así —dice él otra vez, y su voz es un rasguño—. Cerrá los ojos. Tragátela. 


Ella obedece. Cierra los ojos y se lo traga entero, hasta sentir la punta en la garganta. Las lágrimas le brotan de los ojos, el maquillaje empieza a correrse. Se lo saca despacio, tose apenas, vuelve a tragarlo. 


"¿Cuánto tiempo lleva?", se pregunta. No sabe. Perdió la noción. 


Flavio no se mueve. No empuja, no la agarra del pelo, no hace nada que ella esperaría. Solo se queda parado, mirándola desde arriba, con los brazos cruzados y una calma que la desarma por completo. Cualquier pibe de su edad habría acabado hace rato. Pero él sigue ahí, duro, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. 


Milagros se esfuerza. Mueve la cabeza más rápido, más hondo. La saliva le corre por la barbilla, le moja los pechos. Siente el calor en las mejillas, el corazón latiéndole entre las piernas, una humedad creciente que no puede ignorar. Suelta el miembro, baja a los testículos. Los chupa con lentitud, con devoción casi. Escucha el gemido ahogado de Flavio y eso la excita más de lo que debería. 


Vuelve arriba. Se lo traga otra vez. Y otra. 


Las lágrimas le corren por la cara. El rimel se corre, la deja con manchones negros alrededor de los ojos. Sus pechos grandes se balancean con cada movimiento, la piel rosada por el esfuerzo. El sudor le brilla en la frente, en el cuello, entre los pechos. 


Siente la boca cansada, la mandíbula dolorida. Pero no quiere parar. 


Y entonces siente el cambio. Un latido más fuerte. Una rigidez nueva. El miembro late dentro de su boca y Flavio exhala con fuerza, las manos apretadas en los puños. 


—Ahora —dice él, con la voz rota. 


El líquido caliente llena la boca de Milagros. Es espeso, salado, caliente. Podría escupirlo. Podría apartarse. Pero en lugar de eso, cierra los labios alrededor y traga. Una vez. Dos. Hasta la última gota. 


Y cuando termina, se queda ahí, de rodillas, con la boca vacía y el sabor aún en la lengua. Jadea. Las lágrimas le siguen cayendo, el sudor le pega el pelo a la frente. 


Flavio agarra el celular, cambia el ángulo. Sigue grabando. Toma fotos de su cara manchada, de sus pechos marcados por la saliva y las lágrimas, de la piel enrojecida, de la boca entreabierta. 


—Perfecto —dice—. Esto lo publico hoy. 


Baja el teléfono, se sube el pantalón. Milagros sigue de rodillas, mirándolo con los ojos vidriosos, la respiración cortada. 


Flavio sale de la habitación sin mirar atrás. 


—Buen material —dice antes de cerrar la puerta—. Van a pagar bien por esto. 

 

La puerta se cierra con un clic seco. 


Milagros se queda sola. 


De rodillas sobre la alfombra, las medias de liga torcidas, los pechos al aire, la cara hecha un desastre. Jadea como si hubiera corrido una maratón. La boca le arde, la mandíbula le duele, entre las piernas tiene una humedad caliente que no puede ignorar. 


"¿Qué hice?", piensa. "¿Qué carajo hice?" 


Pero no siente culpa. 


Siente algo peor. 


Siente ganas de más. 


Su mano baja sin permiso, entre los muslos. Se toca por encima de la tela húmeda y tiembla entera. "No", se dice. "No deberías." Pero los dedos ya están ahí, apretando, frotando. Un gemido se le escapa de los labios, ronco y avergonzado. 


Sabe que Flavio puede estar escuchando del otro lado de la puerta. 


Sabe que eso debería hacerla parar. 


Pero no para. 


Se recuesta en el suelo, las piernas abiertas, la mano moviéndose frenética. Cierra los ojos y ve la cara de Flavio, el brillo de sus ojos, la calma perturbadora con la que manejaba su cuerpo. Ve la cámara. Ve los comentarios de los desconocidos. Ve el dinero. Ve todo. 


Y cuando termina, con un gemido que se ahoga contra su propia mano, se queda mirando el techo. 


El sudor se le enfría en la piel. 


La luz amarillenta de la lámpara dibuja sombras temblorosas. 


Y Milagros sonríe. 


No sabe bien por qué. Pero sonríe. 


El sabor de Flavio aún permanece en su lengua, y por primera vez en días, se siente completamente viva.

 


Continuara... 

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