Los siguientes tres d铆as se desarrollaron como una grotesca coreograf铆a de sumisi贸n y castigo, pintando con trazos cada vez m谩s definidos el destino divergente de las dos j贸venes. Arriba, en el mundo de la luz y la relativa limpieza de la quinta, Karina se hab铆a sumergido por completo en su nuevo rol. No era una m谩rtir; era, a su manera retorcida, una conversa entusiasta. Las 贸rdenes de Luis no eran cargas, sino el tejido mismo de su existencia. Se levantaba (o era despertada) para el ba帽o matutino, que ahora era menos un castigo y m谩s un ritual de posesi贸n. Desayunaba lo que 茅l le daba, limpiaba la casa con una meticulosidad obsesiva, aprend铆a a cortar verduras bajo su mirada severa, y por las tardes, en la habitaci贸n equipada con unas pocas pesas y una colchoneta, comenzaba a sentir, con sorpresa, el leve ardor de m煤sculos que nunca hab铆a usado. La depresi贸n, ese monstruo gris que la habitaba, no hab铆a desaparecido, pero hab铆a sido encadenado tambi茅n, relegado a un rinc贸n por la abrumadora presencia f铆sica y psicol贸gica de Luis. Por las noches, cuando la cadena se enganchaba a su collar junto al colch贸n del s贸tano, no sent铆a desesperaci贸n, sino una extra帽a paz. Hab铆a un orden. Hab铆a un due帽o. Hab铆a un prop贸sito: complacerlo, obedecerlo, ser suya. Y en ese prop贸sito, estrecho y asfixiante como el collar de cuero, encontr贸 una felicidad perversa y profunda. Dorm铆a mejor que nunca, exhausta por el trabajo y la constante atenci贸n, y su rostro hab铆a perdido la palidez enfermiza para adquirir un tenue color rosado, un brillo en los ojos que ya no era de tristeza, sino de focalizaci贸n absoluta.
Mientras tanto, en el inframundo de concreto, Marisol se desintegraba. Tres d铆as m谩s en la jaula, tres d铆as m谩s de hambre, sed, fr铆o y la compa帽铆a inmutable de su propia suciedad. La humillaci贸n inicial de la orina de Luis hab铆a sido solo el pr贸logo. La descomposici贸n era ahora interna y externa. Sin acceso a un ba帽o, su cuerpo, ya debilitado, hab铆a sucumbido a las necesidades m谩s b谩sicas. Se hab铆a ensuciado con sus propios excrementos, un nuevo nivel de degradaci贸n que la hab铆a hecho llorar en silencio hasta que ya no le quedaron l谩grimas. El olor que emanaba de ella era nauseabundo, una mezcla de orina, heces, sudor agrio y desesperaci贸n. Sus mu帽ecas, frotadas constantemente contra las esposas de metal y cuero, estaban en carne viva, con llagas rojas y supurantes que le causaban un dolor punzante con cada movimiento involuntario. Luis solo bajaba una vez al d铆a, para dejar un cuenco con agua sucia y unas migas de pan duro, que ella devoraba como un animal, lamiendo el suelo despu茅s. La elegancia, el orgullo, la ansiosa necesidad de control que la defin铆an, se hab铆an quebrado bajo el peso de la necesidad f铆sica y del aislamiento absoluto. Hab铆a pasado por etapas de rabia furiosa, de s煤plicas ahogadas, de una apat铆a cercana a la muerte. Pero en la madrugada del cuarto d铆a, algo se rompi贸 definitivamente dentro de ella. No fue una epifan铆a noble, sino la rendici贸n cruda de un organismo al borde del colapso. El espectro de Karina, limpia, alimentada, y sobre todo, fuera de la jaula, se hab铆a convertido en una obsesi贸n. Ya no la ve铆a como una traidora d茅bil, sino como la poseedora de un secreto, de una llave.
Cuando la puerta del s贸tano se abri贸 esa ma帽ana y Luis baj贸 los escalones, su figura impecable contrastando brutalmente con el hedor y la miseria del lugar, Marisol no alz贸 la mirada de inmediato. La fuerza para el odio se le hab铆a escurrido junto con la dignidad. Luis se detuvo frente a la jaula, observ谩ndola con su mirada anal铆tica de siempre. Fue entonces cuando ella, sin mirarlo, con la voz ronca, desgastada, tan baja que apenas era un susurro que se arrastraba por el suelo de cemento, habl贸.
—D茅jeme… —trag贸 saliva, una acci贸n dolorosa por la sequedad de su garganta—. D茅jeme ser su otra perra.
Las palabras, tan humillantes, le quemaron la boca al pronunciarlas, pero tambi茅n le trajeron un alivio instant谩neo. Era la rendici贸n. El fin de la lucha.
Luis no respondi贸 de inmediato. Se acerc贸 m谩s, agach谩ndose un poco para observarla mejor. Su mirada recorri贸 el cuerpo demacrado, la ropa de cuero sint茅tico convertida en un harapo sucio, el cabello grasiento y enmara帽ado, las llagas en las mu帽ecas. Y entonces, se ri贸. No fue una risa burlona o cruel, sino una risa de genuino asombro y satisfacci贸n, como la de un cient铆fico que ve confirmada su hip贸tesis m谩s arriesgada.
—Tienes potencial —dijo, su voz resonando con esa calma que ahora sonaba m谩s aterradora que cualquier grito—. Aguantar el dolor, la humillaci贸n, el aislamiento… eso demuestra car谩cter. Un car谩cter que, bien dirigido, puede ser magn铆fico.
Mientras hablaba, desabroch贸 su pantal贸n. Marisol, por fin, alz贸 la mirada. Sus ojos marrones, hundidos y rodeados de oscuridad, no mostraron sorpresa, solo una resignaci贸n exhausta. Luis sac贸 su miembro, ya medio erecto por la ma帽ana o por la situaci贸n, y lo sostuvo ante ella.
—Pero primero, una prueba final —continu贸—. Toma mi orina. Y hazlo bien. Si lo hac茅s bien, te saco de ah铆, te ba帽o y te doy de comer. ¿Entend茅s, perra?
La 煤ltima palabra, que antes la habr铆a hecho estallar, ahora son贸 como una promesa. Un t铆tulo a alcanzar. Marisol, con la vista fija en el miembro, asinti贸 lentamente. La derrota era total, pero en esa totalidad hab铆a una chispa de esperanza.
—S铆, se帽or —murmur贸, y la voz, aunque d茅bil, era clara en su sumisi贸n.
Luis se acerc贸 m谩s, apuntando. El primer chorro, caliente y 谩cido, le golpe贸 en la frente, cerr谩ndole los ojos al instante. Marisol contuvo la respiraci贸n. El l铆quido le corri贸 por la cara, mezcl谩ndose con la suciedad seca, entrando en su boca entreabierta. No intent贸 esquivar. Al contrario, inclin贸 la cabeza hacia atr谩s, como hab铆a visto hacer a Karina en su imaginaci贸n, y abri贸 la boca, tratando de tragar. El sabor era repugnante, salado y amargo, pero ella lo recibi贸 como una comuni贸n perversa. La orina continu贸 cayendo, empapando su cabello, resbalando por su cuello, mojando el escote del traje roto y cayendo sobre sus peque帽os pechos, donde el material sint茅tico lo absorb铆a. La sensaci贸n era de calor h煤medo y de una degradaci贸n 煤ltima. Pero en medio del asco, una parte de ella, la parte que ya solo anhelaba salir de all铆, celebraba. "Lo estoy haciendo bien", pens贸, con un atisbo de orgullo retorcido. "Estoy pasando la prueba".
Cuando Luis termin贸, se sacudi贸 y guard贸 su miembro. Sin decir una palabra, sac贸 la llave y abri贸 el candado de la jaula. Luego, liber贸 las esposas de sus mu帽ecas lastimadas. El dolor al mover los brazos, entumecidos y llagados, fue agudo, pero Marisol apenas lo registr贸. La puerta de la jaula estaba abierta.
—Sal铆 —orden贸 Luis.
Ella intent贸 ponerse de pie, pero sus piernas, d茅biles por la inanici贸n y el fr铆o, se negaron a sostenerla. Cay贸 de rodillas justo fuera de la jaula, sobre el charco de sus propios desechos. Un gemido de frustraci贸n escap贸 de sus labios.
Luis la observ贸, con los brazos cruzados.
—Si no pod茅s caminar, gate谩 —dijo, y para enfatizar el punto, le dio una suave pero firme patadita en el costado de la cadera, no para lastimar, sino para dirigir—. Las perras gatean. And谩.
Marisol lo mir贸 por un segundo, y en sus ojos no hubo rabia, sino un entendimiento r谩pido. Asinti贸. Apoyando las manos en el suelo fr铆o y sucio, comenz贸 a gatear. El movimiento era torpe, doloroso, humillante m谩s all谩 de cualquier cosa que hubiera imaginado. Pero las emociones que la inundaban eran contradictorias y poderosas. Por un lado, la verg眉enza ard铆a en sus mejillas. Por otro, un alivio tan intenso que casi la mareaba la recorr铆a: estaba fuera de la jaula. El aire, aunque f茅tido, era m谩s amplio. Y si segu铆a las reglas, si jugaba bien sus cartas como Karina, quiz谩s, solo quiz谩s, podr铆a tener ese brillo en los ojos, esa ausencia de ansiedad, esa paz de la perra obediente. Gate贸 hacia la escalera, Luis caminando detr谩s de ella, sus pasos lentos marcando el ritmo de su avance animal.
Al salir a la luz del d铆a en el patio, Marisol entrecerr贸 los ojos, cegada. El aire fresco, aunque fr铆o, le limpi贸 los pulmones del hedor del s贸tano. Luis la hizo gatear hasta un parche de tierra limpia.
—Ac谩 —dijo.
Desapareci贸 por un momento dentro de la casa y volvi贸 con un plato de metal. En 茅l hab铆a un mont贸n de carne picada cocida, simple, sin aderezos. Con un gesto deliberado, volc贸 el contenido del plato en el suelo, frente a las manos de Marisol.
—Come, perra —orden贸.
Marisol mir贸 la carne en la tierra. Su est贸mago rugi贸, una bestia desatada. Todas sus inhibiciones, su educaci贸n, su orgullo, se desvanecieron ante el hambre primordial. Sin decir una palabra, baj贸 la cabeza y comenz贸 a comer. Us贸 la boca directamente, como un animal, atrapando trozos de carne con los dientes, masticando con avidez. El sabor, aunque simple, fue la cosa m谩s deliciosa que hab铆a probado en su vida. Cada bocado era un triunfo, una recompensa por su obediencia. Y en ese acto bestial, algo dentro de ella se asent贸. Una comprensi贸n sencilla y profunda: obedecer no era malo. Obedecer tra铆a comida. Obedecer sacaba de la jaula. La complejidad de su vida anterior, las ansiedades por el futuro, las presiones por el 茅xito, se disolv铆an en la simplicidad cruda de esta transacci贸n. Complacer a su due帽o. Recibir recompensas.
Mientras ella com铆a, Luis se arrodill贸 a su lado. Comenz贸 a desvestirla, pero no con lujuria apresurada, sino con la meticulosidad de un cuidador. Le desabroch贸 los restos del traje de cuero sint茅tico, que se desprendi贸 de su cuerpo sucio como una piel muerta. Luego, le quit贸 la ropa interior hecha jirones. Marisol, absorta en comer, apenas reaccion贸, solo se dej贸 hacer, confiada en que lo que viniera ser铆a mejor que lo que dejaba atr谩s.
Cuando estuvo completamente desnuda, suciedad y restos de orina seca adheridos a su piel p谩lida y magullada, Luis tom贸 la manguera. El agua, esta vez, no estaba helada. Era fresca, pero tolerable. La dirigi贸 hacia su cuerpo, comenzando por la espalda. Marisol dej贸 de comer y se qued贸 quieta, en cuatro patas, recibiendo el chorro. El agua le corr铆a por la espalda, las nalgas, las piernas, arrastrando capas de suciedad y verg眉enza. Luis, luego de mojarla bien, tom贸 la misma esponja 谩spera y el jab贸n de almendras. Comenz贸 a enjabonarla, con los mismos movimientos firmes y exhaustivos que hab铆a usado con Karina.
Y aqu铆, algo cambi贸 para Marisol. Mientras las manos grandes y fuertes de Luis recorr铆an su cuerpo, frotando la suciedad incrustada, lavando sus heridas con una sorprendente delicadeza, una nueva sensaci贸n brot贸, displazando lentamente el asco residual. Era la sensaci贸n de ser cuidada. De ser atendida. De que alguien se hiciera cargo, por fin, de todo el desastre en el que se hab铆a convertido. El roce de la esponja en su piel, aunque 谩spero, era limpieza, era orden. Y cuando esas manos pasaron por sus costillas marcadas, por su vientre hundido, por la curva de sus caderas, no fue solo limpieza lo que sinti贸. Un cosquilleo el茅ctrico, familiar y a la vez nuevo, comenz贸 a despertar en su interior. La culpa intent贸 asomar su cabeza: estaba disfrutando que este hombre, su captor, su torturador, la tocara. Pero el placer f铆sico y la gratitud por el cuidado eran m谩s fuertes. Se relaj贸 bajo sus manos, un suspiro escapando de sus labios.
Luis trabaj贸 en silencio durante largo rato, enjuag谩ndola y enjabon谩ndola de nuevo en algunas zonas. Cuando lleg贸 a su entrepierna, su ritmo no cambi贸. Era meticuloso, m茅dico. Pero al pasar la esponja por sus labios vaginales, ya limpios de suciedad, se detuvo un momento. No con la insistencia que hab铆a usado con Karina, pero con una exploraci贸n clara. Us贸 sus dedos, sin la esponja, para separar suavemente los labios, asegur谩ndose de que el agua y el jab贸n hubieran llegado a todos los pliegues.
—Hmm —murmur贸, y su voz son贸 cerca de su o铆do—. Ya est谩s mojadita, perrita. Y no es solo por el agua.
La observaci贸n, cargada de conocimiento 铆ntimo, hizo que Marisol sintiera un rubor intenso que le subi贸 desde el cuello hasta la punta de las orejas. Pero no fue solo verg眉enza. Fue excitaci贸n. La humillaci贸n se transformaba, ante sus propios ojos incr茅dulos, en deseo. 脡l hab铆a visto, hab铆a notado la reacci贸n de su cuerpo, y en lugar de repudiarla, la se帽alaba como un hecho, como una caracter铆stica m谩s de su nueva condici贸n.
Con la cabeza gacha, el agua fresca cayendo sobre su nuca, Marisol encontr贸 la fuerza para responder, para ratificar su nuevo camino.
—S铆, mi se帽or —susurr贸, y en esas tres palabras hab铆a una aceptaci贸n total, no solo de la observaci贸n, sino de todo lo que implicaba.
La prueba hab铆a terminado. La perra rebelde hab铆a muerto en la jaula. Y de la suciedad y la desesperaci贸n, gateando y comiendo del suelo, emerg铆a una nueva criatura, hambrienta de orden, de cuidado, y de la oscura y prometedora felicidad que hab铆a vislumbrado en los ojos de su compa帽era. El tratamiento, para Marisol, comenzaba ahora en serio.
El agua fresca a煤n goteaba de su piel sonrosada cuando Luis, sin mediar palabra, la tom贸 por las caderas con una firmeza que no admit铆a resistencia. Marisol, todav铆a en cuatro patas sobre la tierra h煤meda del patio, sinti贸 c贸mo su cuerpo, tan d茅bil y tan recientemente liberado, se tensaba por un instante de puro instinto antes de rendirse por completo. Luis no fue tierno, no fue suave. La penetr贸 con una fuerza brusca y decisiva, un movimiento que pareci贸 partirla en dos y recomponerla de una manera nueva y ardiente. Un grito seco, cargado de sorpresa y de un placer inmediato y brutal, le fue arrancado del pecho.
—¡Ah! —grit贸, y el sonido se perdi贸 en el aire de la ma帽ana.
Nunca, en sus veinti煤n a帽os, un hombre la hab铆a tomado de esa forma. Los chicos de su edad, los modelos y los herederos con los que a veces sal铆a, eran torpes, apurados, o demasiado respetuosos, casi temerosos de su belleza de modelo. La trataban como a un objeto de cristal. Luis no. Luis la trataba como a una posesi贸n de carne y hueso, para ser usada, marcada, disfrutada sin miramientos. Y en esa falta de miramientos, en esa asunci贸n absoluta de su derecho sobre ella, Marisol encontr贸 una liberaci贸n atroz. No ten铆a que preocuparse por c贸mo luc铆a, por si hac铆a bien las cosas, por si estaba siendo "adecuada". Solo ten铆a que recibir. Y su cuerpo, hambriento y necesitado, recib铆a con una avidez que la avergonzar铆a m谩s tarde, pero que en ese momento era la 煤nica verdad.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, fuerzas renovadas por el alimento y la limpieza, comenz贸 a mover sus caderas hacia atr谩s, buscando el ritmo de sus embestidas. Era torpe al principio, pero el instinto y el deseo eran buenos maestros. Pronto, sus movimientos se sincronizaron con los de 茅l, creando un chasquido h煤medo y carnal que se mezclaba con sus jadeos.
—As铆 —gru帽贸 Luis, agarr谩ndola con m谩s fuerza, sus dedos hundi茅ndose en la carne de sus caderas—. As铆 se mueve una perra que sabe cu谩l es su lugar. ¿Lo sab茅s, Marisol? ¿Sab茅s cu谩l es tu lugar ahora?
—S铆… s铆, mi se帽or —logr贸 jadear ella, su rostro contra铆do en una mueca de 茅xtasis—. Mi lugar… es aqu铆… debajo de usted.
—¿Para qu茅 serv铆s? —insisti贸 茅l, acelerando el ritmo, cada embestida m谩s profunda que la anterior.
—¡Para servirle! —grit贸, sintiendo c贸mo una tensi贸n deliciosa y familiar se acumulaba en su bajo vientre—. ¡Para que me use!
—¿Y qu茅 m谩s? —su voz era un ronco susurro junto a su o铆do.
—¡Para complacerlo! ¡Para ser suya! —las palabras sal铆an entre gemidos, cada una de ellas una losa que sellaba su vieja identidad.
La acumulaci贸n fue r谩pida y abrumadora. Tres d铆as de tensi贸n, miedo y degradaci贸n explotaron en una ola de sensaci贸n pura. Un orgasmo violento, el m谩s intenso que recordaba, la sacudi贸 desde las ra铆ces del cabello hasta la punta de los dedos de los pies. Grit贸, un sonido largo y rasgado que no era de una modelo elegante, sino de una mujer, o de una perra, totalmente pose铆da por el placer. Su cuerpo se convulsion贸, apret谩ndose alrededor de Luis en espasmos involuntarios.
Pero 茅l no se detuvo. Lejos de terminar, Luis, con una sonrisa feroz de triunfo, continu贸 sus embestidas, ignorando los temblores posteriores al orgasmo que a煤n la recorr铆an.
—¿Ya est谩? —pregunt贸, con un tono de burla suave—. ¿Tan r谩pido se rinde mi nueva perra? Los orgasmos no son un final, son un descanso. Aguant谩 m谩s.
—S铆… s铆, mi due帽o —jade贸 Marisol, desconcertada pero excitada de nuevo por la crudeza de sus palabras—. Lo que usted diga.
La escena era un contraste grotesco y er贸tico. El cuerpo de Marisol, flaco, demacrado por los d铆as de inanici贸n, pero con l铆neas a煤n hermosas y una piel que recuperaba su luminosidad bajo el sudor y el roc铆o del agua. Y Luis, mayor, gordito, pero infinitamente poderoso en ese momento, su cuerpo robusto movi茅ndose con una energ铆a animal y controlada, dominando el cuerpo fr谩gil bajo 茅l. No era la uni贸n de dos amantes; era la conquista de un territorio, la doma final de un esp铆ritu salvaje. Y Marisol, en su agotamiento y en su 茅xtasis, se acoplaba a ese dominio con una entrega que hubiera sido imposible d铆as antes.
Luis, entonces, la dio vuelta. No con brusquedad, pero con una autoridad total. La acost贸 sobre la tierra h煤meda, y sus ojos se encontraron. Los ojos marrones claros de Marisol, antes llenos de furia y miedo, ahora estaban nublados, perdidos en un oc茅ano de placer y sumisi贸n. No hab铆a rastro de la ansiedad que sol铆a habitarlos. Solo estaba 茅l, reflejado en su profundidad.
—Quiero verte —dijo Luis, y su voz ten铆a un tono diferente, casi 铆ntimo—. Quiero ver la cara de mi perra cuando la vuelvo a poner en su lugar.
Y la penetr贸 de nuevo, esta vez cara a cara. Marisol lo envolvi贸 con sus piernas d茅biles, cruzando los tobillos en su espalda. Lo abraz贸, enterrando sus u帽as en la tela de su camisa, aferr谩ndose a 茅l como a un salvavidas en medio de una tormenta de sensaciones. Cada embestida la sacud铆a, pero ya no era solo un impacto f铆sico; era una afirmaci贸n. En el peso de su cuerpo, en la fuerza de sus movimientos, en la intensidad de su mirada azul clavada en la suya, Marisol sinti贸 que ten铆a sobre s铆 al hombre m谩s fuerte del mundo. Y esa fuerza, en lugar de aplastarla, la elevaba, la liberaba de toda responsabilidad. 脡l era el fuerte. Ella solo ten铆a que seguir, obedecer, recibir.
—Sos m铆a —gru帽贸 Luis, bajando su rostro hacia el de ella—. De la cabeza a los pies. Esta boca… estos ojos… este sexo que me aprieta tan bien… todo.
—Todo suyo —susurr贸 ella, y entonces 茅l la bes贸.
El beso no fue el tierno intercambio que hab铆a tenido con Karina. Este fue un beso de conquista, de posesi贸n, de marca. Su lengua invadi贸 su boca con la misma autoridad con la que su miembro invad铆a su cuerpo. Marisol respondi贸 con igual fervor, saboreando su propio sabor mezclado con el de 茅l, sintiendo que en ese beso se sellaba un pacto m谩s profundo que cualquier contrato que hubiera firmado. Mientras sus lenguas luchaban y se entrelazaban, el ritmo de Luis se volvi贸 m谩s r谩pido, m谩s desesperado. Marisol sinti贸 que una nueva ola, a煤n m谩s intensa que la primera, comenzaba a construirse dentro de ella, alimentada por el beso, por la mirada, por la sensaci贸n de pertenencia total.
—¡Voy a…! —grit贸, rompiendo el beso, pero 茅l se lo trag贸 con otro.
El segundo orgasmo fue una explosi贸n silenciosa y profunda. Un temblor interno, un tsunami de placer que la dej贸 sin aire, solo capaz de emitir un gemido ahogado contra su boca. Su cuerpo se arque贸, ofreci茅ndose por completo. Luis, sintiendo sus contracciones finales, se separ贸 de sus labios y baj贸 la cabeza hacia su pecho. Tom贸 uno de sus peque帽os pechos en su boca y mordi贸 el pez贸n con fuerza, no con crueldad, sino con la ferocidad posesiva de un animal marcando a su pareja. El dolor agudo y placentero fue el detonante final. Con un gru帽ido largo, gutural, que pareci贸 salir de lo m谩s profundo de su ser, Luis se vaci贸 dentro de ella, sus propias convulsiones mezcl谩ndose con los 煤ltimos espasmos de ella.
Quedaron inm贸viles por unos minutos, jadeando, los cuerpos pegajosos y entrelazados sobre la tierra. El mundo exterior, la quinta, el campo, hab铆a dejado de existir. Solo exist铆a este peque帽o c铆rculo de calor, sudor y posesi贸n.
Lentamente, Luis se separ贸. Se puso de pie, se ajust贸 la ropa con su habitual parsimonia, y mir贸 a Marisol, que yac铆a en el suelo, exhausta, con los ojos cerrados y una expresi贸n de paz absoluta en su rostro sucio de tierra y placer.
—Bien —dijo, y su voz volvi贸 a ser la del due帽o pr谩ctico—. Tu primer trabajo como mascota, ya que tanto ensuciaste, ser谩 limpiar el s贸tano. Quiero que quede impecable. Sin rastros de tu desorden.
Marisol abri贸 los ojos. Los ojos marrones, ahora tranquilos, se posaron en 茅l. Con un esfuerzo, se incorpor贸 apoy谩ndose en los codos. Su voz, cuando habl贸, era suave, pero clara en su sumisi贸n.
—Como ordene, mi due帽o.
Luis asinti贸, satisfecho. La ayud贸 a levantarse —ya no a patadas, sino con una mano extendida— y la gui贸 de vuelta hacia la casa y, de all铆, hacia el s贸tano. Al abrir la puerta, el hedor los recibi贸, pero ahora a Marisol no le provoc贸 n谩useas de desesperaci贸n, sino la determinaci贸n de una tarea a cumplir. Era su desorden, y ella lo limpiar铆a. Era su jaula, y ella la lavar铆a. Era una manera de borrar los 煤ltimos vestigios de la persona que hab铆a sido.
Mientras Marisol, todav铆a desnuda y con su cuerpo marcado por el sexo y la tierra, comenzaba a buscar baldes y trapos con una concentraci贸n que antes reservaba para las pasarelas, Luis subi贸. Encontr贸 a Karina en la cocina, arrodillada en su rinc贸n asignado, esperando. La cadena corta estaba enganchada a su collar, anclada a un radiador. Al verlo, sus ojos verdes brillaron con atenci贸n.
—Tu compa帽era est谩 limpiando su desastre —anunci贸 Luis, desenganchando su cadena—. Vos vas a desayunar y luego a limpiar la planta baja. Necesito que todo est茅 perfecto para hoy.
—S铆, mi due帽o —dijo Karina, poni茅ndose de pie con agilidad. Llevaba puesta solo una camiseta vieja de 茅l, que le llegaba a mitad del muslo. Su cuerpo, m谩s lleno que el de Marisol despu茅s de d铆as de comer regularmente, se mov铆a con una confianza sumisa.
As铆 comenz贸 su d铆a. Las dos j贸venes modelos, que hab铆an llegado al consultorio de Luis Silva con sus ansiedades y depresiones, ahora eran dos siluetas desnudas —o casi— movi茅ndose por los espacios de la quinta, cada una en su tarea. Karina, con su collar de cuero negro como 煤nica concesi贸n a la "ropa", limpiaba los muebles con un trapo h煤medo, sus movimientos eficientes y autom谩ticos. Abajo, en el s贸tano, Marisol, con determinaci贸n renovada, fregaba el cemento, lavaba los barrotes de la jaula que hab铆a sido su prisi贸n, borrando todo rastro de su estad铆a. Ambas hab铆an entendido, a su manera, las reglas del juego. La ropa era un privilegio denegado, un recordatorio de su estado natural: animales dom茅sticos, mascotas de alto valor, cuya belleza estaba al servicio de la vista y el placer de su due帽o. El 煤nico adorno permitido era el s铆mbolo de su sumisi贸n: el collar. Y en esa desnudez forzada, en esa reducci贸n a su esencia f铆sica y obediente, ambas encontraban, por caminos retorcidos, una paz que sus vidas anteriores de fama y presi贸n nunca les hab铆an dado. El tratamiento, en la mente de Luis, avanzaba exactamente como lo hab铆a planeado. Hab铆a tomado dos mentes quebradas y las estaba reensamblando a su imagen y semejanza, y el resultado era, a su perverso modo, hermoso.
Continuara...

Comentarios
Publicar un comentario