Terapia de Sumisi贸n - Parte 3

 


El resto del d铆a transcurri贸 para Karina en una sucesi贸n de 贸rdenes precisas y una actividad f铆sica constante que, parad贸jicamente, comenzaba a llenar el vac铆o que la depresi贸n hab铆a excavado en su interior. Cada tarea, por humilde que fuera, ten铆a un prop贸sito definido por su due帽o, y en la ejecuci贸n obediente de esas tareas encontraba una satisfacci贸n extra帽a y profunda. Limpi贸 la cocina, freg贸 el suelo, pas贸 un trapo h煤medo por los muebles polvorientos de la quinta. El collar de cuero negro se hab铆a convertido en una parte m谩s de ella, un recordatorio constante de su nueva identidad. Ya no sent铆a la humillaci贸n aguda de la ma帽ana; en su lugar, una sensaci贸n de utilidad la embargaba. "脡l me necesita para esto", pensaba mientras sacud铆a una alfombra. "Yo mantengo su espacio. Soy 煤til". Era una l贸gica retorcida, pero para una mente acostumbrada a sentirse como un objeto decorativo desechable, era una l贸gica poderosa y adictiva. Adem谩s, sus ojos, esos ojos verdes que antes solo reflejaban tristeza, ahora brillaban con una atenci贸n renovada a su entorno, siempre atentos a la figura de Luis. 脡l no la dejaba desatendida. Sus miradas, sus correcciones puntuales ("M谩s fuerza en ese rinc贸n", "As铆 no, as铆"), su presencia constante, hac铆an que Karina se sintiera observada, vigilada, y en esa vigilancia encontraba una forma perversa de cuidado. No estaba sola con sus demonios. 脡l estaba all铆, dirigiendo, controlando, aprobando. La niebla depresiva, aunque no hab铆a desaparecido, se hab铆a retirado a un segundo plano, opacada por la intensidad cruda y presente de su nueva realidad. 


Mientras tanto, en la penumbra fr铆a y h煤meda del s贸tano, Marisol era la ant铆tesis viviente de esa transformaci贸n. Las horas se hab铆an arrastrado con una lentitud ag贸nica. El hambre le retorc铆a el est贸mago, un dolor sordo y constante que se mezclaba con el fr铆o que se le hab铆a metido en los huesos y el asco pegajoso de la orina seca en su piel y en su ropa de cuero sint茅tico. La incertidumbre hab铆a evolucionado hacia un mudo terror y una furia hervida a fuego lento. Hab铆a escuchado, con una mezcla de horror y de una envidia que la avergonzaba, los sonidos que ven铆an de arriba: pasos, el correr del agua, la voz serena de Luis dando 贸rdenes, y en alg煤n momento, un silencio denso seguido por unos gemidos lejanos y ahogados que no pudo identificar con claridad, pero que su instinto le dijo que eran 铆ntimos. "¿Qu茅 le est谩 haciendo a esa pelotuda?", pensaba, mordi茅ndose el labio para no llorar de rabia y de impotencia. "¿Y por qu茅 a m铆 me tiene aqu铆, como un animal?" Cada minuto en la jaula, esposada, sucia y hambrienta, era un recordatorio de su fracaso, de haber ca铆do en la trampa de un lun谩tico. Pero tambi茅n, en sus momentos m谩s d茅biles, un pensamiento insidioso se colaba: "Karina est谩 arriba. Karina no est谩 en la jaula. Karina obedeci贸". Era una semilla de duda sobre su propia rebeld铆a. 


Cuando la noche cay贸 sobre la quinta, Luis, despu茅s de una cena frugal que comparti贸 con Karina —quien comi贸 en silencio, sentada en el suelo a sus pies—, la tom贸 de la mano. 


—Es hora de descansar —dijo, y una chispa de esperanza ilumin贸 brevemente los ojos verdes de la joven. Imagin贸, quiz谩s, una habitaci贸n, una cama, quiz谩s sus brazos alrededor de ella de una manera que no fuera solo posesi贸n, sino tambi茅n protecci贸n. Pero Luis la gui贸, no hacia las escaleras que sub铆an a los dormitorios, sino hacia la puerta del s贸tano. La decepci贸n que sinti贸 Karina fue un pu帽al fr铆o en el pecho, pero no se atrevi贸 a protestar. La sumisi贸n ya hab铆a echado ra铆ces demasiado profundas. 


Al abrir la puerta y encender la luz, la escena del s贸tano se revel贸 en todo su crudo contraste. All铆, en la jaula de hierro negro, estaba Marisol. Parec铆a haber encogido, su elegancia natural reducida a una postura encorvada y defensiva. Su rostro, antes impecable y sereno, estaba sucio, con rastros de l谩grimas secas y de polvo. Su cabello casta帽o oscuro, antes liso y sedoso, estaba enmara帽ado y opaco. El traje de cuero sint茅tico negro, que la hac铆a parecer una diosa del dominio, estaba ahora manchado y arrugado, peg谩ndose a su piel de manera obscena. Su mirada, cuando se pos贸 en ellos, era un pozo de odio, miedo y una profunda desolaci贸n. 


Frente a ella, de pie y sostenida de la mano por Luis, estaba Karina. Brillaba. Literalmente. Su piel, lavada y frotada, emanaba una palidez luminosa. Su cabello pelirrojo, aunque despeinado, luc铆a con vitalidad. Pero lo m谩s llamativo era la expresi贸n de su rostro. Ya no ten铆a la mirada perdida y triste de la depresi贸n. Hab铆a en sus ojos una claridad extra帽a, una atenci贸n focalizada, y en la leve curvatura de sus labios, un atisbo de algo que podr铆a ser… satisfacci贸n. Iba vestida, o m谩s bien, llevaba puesta una simple camiseta larga de algod贸n de Luis, que le llegaba a mitad de los muslos, y nada m谩s. El collar negro era su 煤nica otra prenda. El contraste entre las dos j贸venes, ambas tan bellas y ahora en estados tan opuestos, era desgarrador. 


Luis no le prest贸 atenci贸n inmediata a Marisol. Gui贸 a Karina hacia un rinc贸n del s贸tano, alejado de la jaula pero a煤n dentro del mismo espacio opresivo. All铆, en el suelo de cemento, hab铆a un colch贸n delgado, una manta y, anclada a la pared con un perno de acero, una cadena corta pero robusta, terminada en un mosquet贸n. 


—Ponte de rodillas —orden贸 Luis, se帽alando un punto espec铆fico al lado del colch贸n. 


Karina obedeci贸, sintiendo el fr铆o del cemento a trav茅s de la tela de la camiseta. Luis tom贸 el extremo de la cadena y, con un movimiento seguro, enganch贸 el mosquet贸n a la argolla de su collar. El sonido met谩lico click reson贸 en el silencio del s贸tano. No estaba atada de manera inc贸moda; la cadena le permit铆a moverse en el colch贸n y levantarse un poco, pero no ir m谩s lejos. Era una correa para una mascota valiosa. 


Luis se arrodill贸 frente a ella y le acarici贸 el cabello, hundiendo los dedos en su melena roja. Su gesto era de aprobaci贸n. 


—Las perras que se portan bien —dijo, su voz era un susurro grave que, sin embargo, se escuchaba perfectamente en el silencio del s贸tano— tienen premio. Un lugar para descansar. Algo de comodidad. Porque son obedientes. Porque conf铆an en su due帽o. 


Luego, su mirada se desvi贸 hacia la jaula. Se levant贸 y se acerc贸 a los barrotes. Su expresi贸n se endureci贸, transform谩ndose en un desd茅n glacial. 


—Y las malas perras —continu贸, elevando un poco la voz para que Marisol no perdiera ni una s铆laba— las perras rebeldes, las que cuestionan, las que se creen mejores… deben ser castigadas. Deben aprender, de la manera m谩s gr谩fica posible, cu谩l es su lugar. 


Marisol, a pesar del miedo, alz贸 la mirada para enfrentarse a 茅l. Sus ojos marrones, inyectados en sangre, destellaban con un fuego impotente. 


—Usted est谩 loco —logr贸 escupir, con una voz ronca por la deshidrataci贸n y la falta de uso. 


Luis no respondi贸. En lugar de eso, desabroch贸 tranquilamente su pantal贸n. Marisol contuvo la respiraci贸n, un nuevo horror instal谩ndose en su vientre. ¿Qu茅 iba a hacer? ¿Penetrarla all铆, en la jaula, delante de Karina? Pero no. Luis simplemente sac贸 su miembro y, con la misma naturalidad con la que un hombre orina contra un 谩rbol, dirigi贸 el chorro dorado y caliente hacia ella, a trav茅s de los barrotes. 


El primer impacto le dio en el hombro. Marisol grit贸, un sonido de puro asco y sorpresa. La orina, sorprendentemente caliente, le corri贸 por el cuello, empapando a煤n m谩s el cuello de su traje, bajando por su espalda y su pecho. El olor acre, 铆ntimo y humillante, llen贸 instant谩neamente su espacio reducido. Luis se ajust贸, asegur谩ndose de que el chorro le cayera tambi茅n en el pelo, en la cara. Ella intent贸 esquivar, pero la jaula y las esposas que a煤n la sujetaban por una mu帽eca la hac铆an casi inm贸vil. Solo pod铆a girar la cabeza y encogerse, in煤tilmente. 


Las sensaciones eran un torbellino de repugnancia. El calor del l铆quido contrastaba brutalmente con el fr铆o de su piel. La sensaci贸n de humedad repugnante se extend铆a, pegando el material sint茅tico a su cuerpo de una manera a煤n m谩s asquerosa. El olor la hac铆a sentir n谩useas. Pero, en medio de todo ese horror, otro sentimiento, m谩s insidioso y vergonzoso, surgi贸: la envidia. Por el rabillo del ojo, vio a Karina, arrodillada y encadenada, s铆, pero limpia. Con un colch贸n. Con una manta. Hab铆a obedecido y hab铆a sido recompensada con una m铆nima parcela de dignidad, mientras que ella, por rebelarse, era reducida a un recept谩culo de desechos. "Esa puta pelirroja", pens贸, con un rencor que la sorprendi贸 por su intensidad. "Se vendi贸 por un colch贸n. Y yo estoy aqu铆, ahog谩ndome en esta mierda". 


Cuando Luis termin贸, se sacudi贸 con indiferencia, se ajust贸 la ropa y, sin dirigirles otra palabra a ninguna de las dos, dio media vuelta y subi贸 la escalera. La luz del s贸tano permaneci贸 encendida, como siempre. La puerta se cerr贸. 


Un silencio pesado, cargado de verg眉enza, humillaci贸n y emociones encontradas, llen贸 el espacio. Marisol, gimiendo suavemente, intentaba sacudirse la orina, pero era in煤til. Estaba empapada. El olor era insoportable. Karina, desde su rinc贸n, no se atrev铆a a mirarla directamente. Baj贸 la cabeza, jugueteando con la cadena de su collar. Sent铆a pena por Marisol, s铆, pero tambi茅n una extra帽a superioridad. Ella hab铆a elegido el camino correcto. Hab铆a aceptado las reglas y hab铆a sido premiada. "Si ella solo obedeciera…", pens贸 Karina, pero no termin贸 la idea. Una parte de ella, la que a煤n recordaba el miedo y la repulsi贸n inicial, se estremec铆a. Pero otra parte, m谩s grande y m谩s dominante cada minuto, se sent铆a segura en su sumisi贸n. Ten铆a un colch贸n. Estaba limpia. Su due帽o la hab铆a acariciado. 


Marisol, por su parte, sent铆a la mirada de Karina como un peso f铆sico. "Me est谩 mirando", pensaba, la rabia ceg谩ndola. "Me est谩 viendo en este estado y se siente mejor que yo". No se atrev铆a a hablar, a pedir ayuda, a reconocer de alguna manera la presencia de la otra. El orgullo, destrozado pero a煤n presente, se lo imped铆a. As铆 que pasaron las horas, una en su jaula, sucia y temblando de fr铆o y asco, la otra en su colch贸n, encadenada pero relativamente c贸moda, ambas prisioneras de la misma mente retorcida, pero separadas por un abismo de elecci贸n y consecuencia. 


El amanecer trajo consigo los primeros rayos de luz filtr谩ndose por la rendija de la puerta, pero poco calor. El s贸tano segu铆a siendo un cubo de concreto helado. Entonces, se oyeron los pasos. Luis baj贸 la escalera, impecable como siempre, llevando en una mano dos tazones con algo de comida. Los coloc贸 en el suelo, fuera del alcance de ambas. Su mirada recorri贸 la escena: a Marisol, convertida en una caricatura sucia y miserable de s铆 misma, y a Karina, que se hab铆a sentado en el colch贸n, esperando con los ojos bajos pero una atenci贸n alerta. 


Luis se acerc贸 a un punto equidistante entre las dos. Desabroch贸 su pantal贸n una vez m谩s, pero esta vez no hubo intenci贸n de orinar. Saca su miembro, que ya est谩 semierecto, quiz谩s por el fr铆o, quiz谩s por la situaci贸n de poder absoluto. Mira a una, luego a la otra, y suelta la pregunta con una voz neutra, casi conversacional, que contrastaba grotescamente con la obscenidad del gesto y del entorno. 


—Buen d铆a, mis perras. ¿Qui茅n de las dos quiere leche? 


—Yo —dijo Karina, sin un 谩pice de duda, su voz era clara y sumisa a la vez—. Yo necesito su leche, mi se帽or. 


Las palabras salieron con una facilidad que a ella misma, en un rinc贸n lejano de su conciencia, la habr铆a horrorizado semanas atr谩s. Pero ahora, encadenada y con el cuello ce帽ido por el collar de cuero, eran la verdad m谩s pura que conoc铆a. Necesitaba esa conexi贸n, esa marca de pertenencia, ese "premio" que la distingu铆a de la otra, de la rebelde sucia que observaba desde la jaula. 


Marisol, por su parte, sinti贸 una rebeli贸n muda hervir en su garganta. El hambre le retorc铆a las entra帽as, la sed le agrietaba los labios, y la suciedad que la cubr铆a era una comez贸n insoportable en su piel. Pero m谩s que todo eso, ansiaba salir de esa jaula. Sin embargo, un 煤ltimo vestigio de dignidad, una chispa de la mujer elegante y segura que hab铆a sido, se negaba a articular una s煤plica en ese contexto. Ver a Luis all铆, ofreciendo su cuerpo como recompensa por la sumisi贸n, le provocaba m谩s n谩useas que el olor que la rodeaba. Se mordi贸 el labio inferior con fuerza, hasta sentir el sabor met谩lico de la sangre, y desvi贸 la mirada, neg谩ndose a responder. Su silencio era su 煤ltima y d茅bil fortaleza. 


Una sonrisa lenta, de satisfacci贸n profunda, se dibuj贸 en el rostro de Luis. La elecci贸n, como siempre, confirmaba su teor铆a. La sumisi贸n se recompensa, la rebeld铆a se ignora y se castiga. Se acerc贸 a Karina, ignorando por completo a Marisol. La cadena met谩lica tintine贸 suavemente cuando 茅l se puso de rodillas frente a ella. 


—Buenas perras saben lo que necesitan —murmur贸, acarici谩ndole la mejilla con el dorso de los dedos. 


Karina inclin贸 la cabeza hacia adelante, como un animal que espera una golosina. Extendi贸 la lengua, rosada y h煤meda, y pas贸 la punta por la longitud del miembro de Luis, desde la base hasta el glande, con una lentitud deliberada y reverencial. Un estremecimiento recorri贸 el cuerpo del hombre. Ella repiti贸 el movimiento, esta vez envolviendo la punta con sus labios, succionando suavemente, mientras sus ojos verdes miraban hacia arriba, buscando la aprobaci贸n en los ojos azules de su due帽o. 


—As铆… —gru帽贸 Luis, hundiendo los dedos en su cabello pelirrojo, no para forzarla, sino para guiarla—. Chupa con cari帽o. Demuestra tu gratitud. 


Karina obedeci贸, introduci茅ndoselo m谩s en la boca, jugando con la lengua en el frenillo, aprendiendo el ritmo que a 茅l le gustaba. Los sonidos h煤medos y suaves llenaron el rinc贸n del s贸tano, un contraste obsceno con el silencio tenso que emanaba de la jaula. Marisol, a pesar de s铆 misma, no pudo evitar volver a mirar. Un calor extra帽o, ajeno a su voluntad, comenz贸 a brotar en su bajo vientre. Ver a la otra, la sumisa, la "d茅bil", recibiendo atenci贸n, siendo tocada, produc铆a en ella una mezcla de asco y de una envidia tan profunda que se transformaba en excitaci贸n. "Se est谩 dejando usar", pens贸, pero el pensamiento no ven铆a acompa帽ado de desprecio, sino de una curiosidad morbosa. "Y parece… parece que le gusta". 


La mamada se prolong贸 durante varios minutos, con Luis dictando el ritmo con suaves empujones de caderas y murmurios de aprobaci贸n. Hasta que, de pronto, 茅l la detuvo. 


—Basta —dijo, y su voz ten铆a un tono m谩s ronco—. Ahora, ponete en cuatro patas, perrita. Es hora de que recibas tu recompensa como se debe. 


Karina, jadeando, con los labios brillantes de saliva, obedeci贸 al instante. Se gir贸 sobre el delgado colch贸n, apoyando manos y rodillas, presentando sus nalgas p谩lidas y su sexo humedecido a la vista de su due帽o… y de Marisol. Luis se coloc贸 detr谩s de ella. No hubo preliminares, ni caricias. Con un movimiento brusco y posesivo, la penetr贸 de una vez, hundi茅ndose en su interior con un gru帽ido gutural que hizo gritar a Karina, no de dolor, sino de un placer intenso y liberador. 


—¡S铆, mi due帽o! —grit贸, arqueando la espalda para recibirlo mejor. 


Marisol observaba, hipnotizada y horrorizada. A pocos metros de su jaula, el espect谩culo era de una crudeza abrumadora. Pod铆a ver el rostro de Karina de perfil, y lo que ve铆a la dejaba sin aliento. No hab铆a dolor, ni humillaci贸n forzada. Hab铆a… felicidad. Una felicidad salvaje, entregada, cada vez que Luis la embest铆a, cada vez que su cuerpo chocaba contra el de ella con un sonido seco y carnal. Y luego, el sonido de las nalgadas. Luis no las daba con rabia, sino con una autoridad festiva, marcando el ritmo de sus embestidas en la carne blanca de las nalgas de Karina, que enrojeci贸 al instante. 


—¿Te gusta, perra? —gru帽贸 Luis, agarr谩ndola de las caderas con fuerza, marc谩ndola con sus dedos. 


—¡Me encanta, mi se帽or! —gritaba Karina entre jadeos, su voz entrecortada por las sacudidas—. ¡Me encanta ser suya! 


—Dime para qu茅 sirves —orden贸 茅l, acelerando el ritmo. La cadena del collar de Karina tintineaba fren茅ticamente contra el piso de cemento. 


—¡Sirvo… sirvo para su placer, mi due帽o! —gem铆a ella, perdida en la sensaci贸n—. ¡Para hacerlo feliz! 


—¿Y qu茅 m谩s? —insisti贸 Luis, d谩ndole otra nalgada, m谩s fuerte. 


—¡Para… para obedecerlo! ¡Para ser su perrita buena! —su voz era un grito ahogado de 茅xtasis. 


El di谩logo, mezcla de humillaci贸n verbal y entrega f铆sica, era como un l谩tigo en la piel de Marisol. Pero el l谩tigo, en lugar de hacerla encogerse de dolor, encend铆a un fuego dentro de ella. Su respiraci贸n se hab铆a acelerado sin que se diera cuenta. La humedad entre sus propias piernas, bajo el sucio traje de cuero sint茅tico, era ahora un hecho innegable, un r铆o traicionero que flu铆a a pesar de su repulsi贸n consciente. Pod铆a sentir c贸mo sus propios m煤sculos internos se contra铆an, anhelando una penetraci贸n que su mente rechazaba. "Esto est谩 mal, esto est谩 mal", repet铆a un mantra en su cabeza, pero sus ojos no se despegaban del encuentro carnal. Ve铆a la felicidad de Karina, la total ausencia de estr茅s en su rostro, la entrega absoluta que parec铆a, desde fuera, una forma de libertad. Algo dentro de Marisol, esa parte ansiosa y controladora que siempre luchaba por el dominio en un mundo ca贸tico, comenzaba a susurrarle que quiz谩s, solo quiz谩s, entregar el control era el verdadero ant铆doto. Pero el susurro la aterraba. 


El cuerpo de Karina era un arco tenso de sudor y placer. Su piel reluc铆a bajo la luz desnuda de la bombilla. Sus caderas hab铆an aprendido a acompa帽ar los movimientos de Luis, empujando hacia atr谩s para encontrarse con cada embestida, en una danza perfecta de sumisi贸n activa. Luis, por su parte, era la imagen del dominio satisfecho, sus ojos azules clavados en la joven que pose铆a, disfrutando cada gemido, cada temblor, cada muestra de sumisi贸n. 


—¡Voy a…! —grit贸 Karina de pronto, su cuerpo comenzando a convulsionar. Un orgasmo violento la atraves贸, haci茅ndola gritar de una manera desgarradora y al mismo tiempo ext谩tica. Sus m煤sculos vaginales se apretaron como un pu帽o alrededor de Luis. 


Y en ese mismo instante, contra toda l贸gica y toda voluntad, Marisol sinti贸 que una ola de placer intenso y el茅ctrico estallaba en su propio cuerpo. No la tocaba nadie. No se hab铆a movido. Pero la vista del orgasmo de la otra, el sonido de su liberaci贸n, la energ铆a cruda y sexual que llenaba el s贸tano, fueron suficientes. Un gemido largo, involuntario y cargado de verg眉enza, escap贸 de sus labios. Su cuerpo, tan tenso por d铆as, se estremeci贸 dentro de la jaula, y una humedad c谩lida empap贸 a煤n m谩s su interior. Hab铆a tenido un orgasmo, silencioso y clandestino, provocado solo por la vista y el sonido de la sumisi贸n ajena. 


Los gemidos de las dos mujeres, el de Karina, fuerte y entregado, y el de Marisol, ahogado y avergonzado, se mezclaron en el aire, creando una sinfon铆a perversa que hizo sonre铆r a Luis con ferocidad. 脡l, sintiendo el espasmo final de Karina y el grito de Marisol como un eco lejano, se dej贸 llevar. Agarr贸 a Karina por el collar, tirando de 茅l hacia atr谩s, arqueando a煤n m谩s su cuerpo. 


—¡Toma! ¡Toma toda mi leche, perra! —rugi贸, y con unos 煤ltimos embates profundos, se vaci贸 dentro de ella, un gru帽ido largo de satisfacci贸n absoluta sacudiendo su cuerpo. 


Quedaron as铆, jadeando, los cuerpos pegajosos y entrelazados, la cadena de Karina inm贸vil ahora. El silencio que sigui贸 era pesado, cargado de sudor, sexo y las consecuencias de lo ocurrido. Luis se separ贸 lentamente, y Karina se derrumb贸 sobre el colch贸n, exhausta pero con una expresi贸n de beatitud en el rostro. 


Luis se puso de pie, se ajust贸 la ropa y mir贸 a Karina con una aprobaci贸n pr谩ctica. 


—Bien, perrita. Hora de los quehaceres dom茅sticos —dijo, d谩ndole una nalgada cari帽osa pero firme en una de sus mejillas enrojecidas—. No todo es juego. 


Se agach贸 y, con la llave que llevaba siempre en el bolsillo, desenganch贸 el mosquet贸n de la cadena del collar de Karina. Ella se puso de pie con algo de dificultad, sus piernas a煤n temblorosas, los fluidos de ambos mezclados corriendo por sus muslos. Ni siquiera intent贸 cubrirse. Simplemente esper贸, con la cabeza ligeramente agachada, la siguiente orden. 


—Arriba —dijo Luis—. Limpiar la cocina, luego el ba帽o. Despu茅s prepararemos el almuerzo. 


Karina asinti贸 y comenz贸 a subir la escalera, desnuda excepto por la camiseta larga y el collar, sin mirar atr谩s. Luis la sigui贸. La puerta del s贸tano se cerr贸, dejando a Marisol otra vez en un silencio ahora distinto. 


Ya no estaba sola con su rabia y su asco. Ahora estaba sola con su envidia, su excitaci贸n residual y una pregunta monstruosa que comenzaba a germinar en su mente. Observ贸 el espacio vac铆o donde minutos antes Karina hab铆a gemido de placer. Mir贸 el colch贸n desordenado, la cadena colgando inerte. Luego mir贸 su propia situaci贸n: sucia, hambrienta, esposada, olvidada. El contraste era insoportable. 


Los jadeos y gemidos a煤n resonaban en sus o铆dos. La imagen de la felicidad de Karina, esa felicidad simple y animal obtenida a trav茅s de la obediencia absoluta, se le hab铆a grabado a fuego. Un murmuro, tan bajo que apenas era un movimiento de labios, escap贸 de su boca seca y agrietada, dirigido a la nada, a la sombra de la otra que ya no estaba. 


—¿Debo… ser una perra… para ser feliz? 


La pregunta, cargada de toda su resistencia rota y de su desesperaci贸n naciente, flot贸 en el aire f茅tido del s贸tano, sin respuesta. Pero por primera vez, Marisol no estaba segura de querer mantener la que siempre hab铆a tenido. La jaula ya no era solo de hierro; empezaba a ser tambi茅n de su propia mente.

 


Continuara... 

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