Terapia de Sumisi贸n - Parte 2

 


La luz del d铆a, a煤n temprana y filtrada a trav茅s de los altos eucaliptos, ceg贸 a Karina por un instante cuando Luis la sac贸 del s贸tano. No la condujo hacia el interior de la quinta, hacia la promesa de un ba帽o caliente y la dignidad de cuatro paredes, sino que la guio, con una mano firme en su espalda desnuda —pues solo llevaba el escueto vestido rojo—, hacia un espacio abierto en el costado de la casa. El aire fresco de la ma帽ana bonaerense, cargado del aroma de la tierra h煤meda y el pasto silvestre, le eriz贸 la piel, por el fr铆o y la humillaci贸n. Se detuvieron en un parche de tierra batida, lejos de las ventanas, en un lugar de absoluta privacidad rodeado por la naturaleza indiferente. 


—Desnuda —orden贸 Luis, con una voz que no dejaba espacio para la discusi贸n. Era la misma voz serena y autoritaria que usaba en su consultorio, pero ahora te帽ida de una posesividad que helaba la sangre. 


Karina dud贸 apenas un segundo. El vestido rojo, que horas antes le hab铆a parecido una prenda grotesca, ahora era su 煤nica barrera contra la exposici贸n total. Pero el olor a orina que emanaba de la tela, mezclado con el sabor salado y amargo de Luis que a煤n persist铆a en su boca, actuaron como un repelente m谩s fuerte que cualquier verg眉enza. Con los dedos temblorosos, busc贸 el cierre lateral del vestido. El shhh del material sint茅tico desliz谩ndose fue un sonido obsceno en el silencio matutino. Dej贸 que la prenda cayera al suelo, formando un charco escarlata a sus pies. Luego, con movimientos a煤n m谩s lentos, casi rituales, se desprendi贸 de la min煤scula braga que apenas cubr铆a su pubis, y finalmente, de el sost茅n que ce帽铆a sus peque帽os y firmes pechos. Qued贸 completamente desnuda ante 茅l, bajo la vastedad del cielo pampeano. Su piel de porcelana, salpicada de pecas, se eriz贸 completamente bajo el aire fresco. Su cuerpo de modelo, tan acostumbrado a ser observado y evaluado, nunca se hab铆a sentido tan crudo, tan vulnerable, tan propiedad de otra persona. Cruz贸 los brazos instintivamente sobre el pecho, protegi茅ndose. 


—No —la voz de Luis cort贸 el aire como un l谩tigo—. Brazos a los costados. Postura recta. Quiero ver lo que es m铆o. 


Karina, con un hilo de voz que era casi un suspiro, obedeci贸. Dej贸 caer los brazos, exponi茅ndose por completo. Su respiraci贸n era superficial, r谩pida. La humillaci贸n le quemaba las mejillas, pero un extra帽o cosquilleo, una semilla de algo que no se atrev铆a a nombrar, comenzaba a brotar en lo m谩s profundo de su vientre. 


—Ahora, arrod铆llate —orden贸 nuevamente. 


Ella lo hizo, sintiendo la tierra fr铆a y h煤meda bajo sus rodillas. La posici贸n era de sumisi贸n total, de adoraci贸n o de rendici贸n. Luis la mir贸 por un largo momento, sus ojos azules recorriendo cada cent铆metro de su cuerpo desnudo y arrodillado, como un ganadero evaluando una res de pedigree. Luego, sin una palabra, dio media vuelta y entr贸 en la quinta. Karina se qued贸 all铆, temblando, desnuda y de rodillas en el patio, sintiendo la brisa juguetear con mechones de su cabello pelirrojo. El minuto que pas贸 hasta su regreso fue una eternidad de incertidumbre y verg眉enza. 


Cuando volvi贸, tra铆a en sus manos un objeto que hizo que el coraz贸n de Karina diera un vuelco: un collar ancho, de cuero negro lustroso, con una argolla met谩lica gruesa en la parte delantera. No dijo nada. Se acerc贸 a ella, que manten铆a la cabeza gacha, y rode贸 su cuello esbelto con la tira de cuero. El ajuste fue firme, pero no asfixiante. Un sonido met谩lico, seco y final, reson贸 cuando Luis cerr贸 el peque帽o candado que aseguraba el collar. Las llaves desaparecieron en el bolsillo de su pantal贸n. 


—Ahora —dijo Luis, y su voz son贸 extra帽amente cercana, 铆ntima— me perteneces oficialmente. Y como me perteneces, te voy a cuidar. Voy a encargarme de que esa depresi贸n que te carcome por dentro desaparezca para siempre. Voy a vaciarte de todo ese dolor y llenarte de prop贸sito. De mi prop贸sito. 


Karina alz贸 la mirada, sus ojos verdes, a煤n nublados por la confusi贸n y el miedo, se encontraron con los azules, intensos e impasibles. 


—Como diga, doctor —murmur贸, casi por inercia. 


—No —la corrigi贸 茅l, y su tono era did谩ctico, como el de un maestro paciente—. Desde ahora, me llamar谩s "mi due帽o". Repet铆. 


Karina sinti贸 una puntada aguda en el pecho, una mezcla de terror y de una excitaci贸n prohibida que la atraves贸 como una descarga el茅ctrica. La palabra era un umbral. Cruzarlo significaba aceptar su nueva realidad de una manera irrevocable. 


—S铆… mi due帽o —logr贸 decir, y la palabra son贸 extra帽a y pesada en su boca, como un objeto ajeno. 


Una sonrisa casi imperceptible, una curvatura m铆nima de sus labios, fue la recompensa de Luis. Extendi贸 la mano y acarici贸 su cabeza, hundiendo los dedos en la masa de cabello rojo cobrizo. El gesto era paternal y posesivo a la vez, y Karina, inexplicablemente, encontr贸 un tenue consuelo en ese contacto. "脡l sabe lo que hace", pens贸, aferr谩ndose desesperadamente a la idea que la hab铆a tra铆do hasta all铆. "脡l puede curarme. Si esto es lo que se necesita… si entregarme as铆 es el precio para dejar de sufrir… lo pagar茅". 


Satisfecho, Luis se apart贸 y camin贸 hacia un grifo exterior del que colgaba una manguera larga y verde. La abri贸. Un chorro potente y helado de agua sali贸 de la boquilla. Sin miramientos, Luis dirigi贸 el flujo hacia Karina. El agua fr铆a la golpe贸 como un mazazo, arranc谩ndole un grito ahogado. Le azot贸 la espalda, los hombros, el pecho. El fr铆o era tan intenso que casi le cortaba la respiraci贸n, haci茅ndola jadear y tiritar de manera incontrolable. El agua corr铆a por su cuerpo, arrastrando simb贸licamente la suciedad y la humillaci贸n de la noche anterior. Karina apret贸 los pu帽os, aguantando. No se movi贸 de su posici贸n de rodillas. "Lo que sea", repet铆a mentalmente, como un mantra. "Lo que sea para que se vaya esta oscuridad de adentro". La sumisi贸n, en ese momento, no era solo una imposici贸n; era un acto de fe desesperada en el proceso de purga que 茅l promet铆a. 


Tras un par de minutos de este castigo acu谩tico, Luis cerr贸 la manguera y se acerc贸 de nuevo. Esta vez tra铆a una esponja natural, grande y 谩spera, y un jab贸n l铆quido con un aroma limpio y neutro, a almendras. 


—Voy a limpiarte —anunci贸, como si se lo dijera a un animal—. Es parte del cuidado. 


Comenz贸 por su espalda, enjabonando la esponja y frotando con movimientos circulares y firmes. Karina contuvo la respiraci贸n. Sus manos, grandes y fuertes, recorr铆an su columna vertebral, sus om贸platos, la curva de su cintura. La sensaci贸n era extra帽amente dual: por un lado, la aspereza de la esponja sobre su piel sensible; por el otro, la calidez de sus palmas a trav茅s de la espuma. Era una limpieza cl铆nica y sensual a la vez. Luis trabaj贸 con meticulosidad, lavando sus brazos, sus axilas, la nuca. Luego, la hizo ponerse de pie, y continu贸 con la parte delantera de su cuerpo. 


Karina cerr贸 los ojos, sintiendo c贸mo la esponja descend铆a por su estern贸n, rodeando sus senos, pasando sobre los pezones que, para su propia sorpresa y verg眉enza, se hab铆an endurecido no solo por el fr铆o, sino por el roce deliberado y la intensidad de la situaci贸n. Un rubor intenso le subi贸 por el cuello y el rostro. Luis no parec铆a apurado. Su atenci贸n era exhaustiva, como la de un restaurador limpiando una pieza valiosa. 


Luego, la esponja descendi贸 m谩s. Pas贸 por su vientre plano, y finalmente lleg贸 a su entrepierna. All铆, Luis se detuvo. No fue un roce fugaz. Con la esponja bien enjabonada, comenz贸 a frotar con insistencia el monte de Venus, los labios externos, los pliegues m谩s 铆ntimos. Los movimientos eran lentos, circulares, profundos. No era solo limpieza; era una exploraci贸n, una reclamaci贸n. Karina sinti贸 que las piernas le flaqueaban. Un gemido involuntario se escap贸 de sus labios. La excitaci贸n que hab铆a estado latente estall贸 en una ola de calor que le inund贸 el bajo vientre, contradiciendo por completo el fr铆o del agua y la humillaci贸n de la situaci贸n. "Dios m铆o", pens贸, desconcertada y avergonzada por su propia reacci贸n. "Esto est谩 mal, esto es horrible… pero…". Pero su cuerpo respond铆a, traicion谩ndola. La sensaci贸n de ser tan completamente manejada, de que su placer y su incomodidad estuvieran en las manos de otro, estaba desactivando algo en su mente. La depresi贸n, esa niebla gris que todo lo apagaba, parec铆a retroceder ante la intensidad cruda y f铆sica del momento. 


Luis continu贸 durante lo que pareci贸 una eternidad, hasta que Karina jadeaba suavemente, su cuerpo arque谩ndose levemente hacia el contacto. Solo entonces, retir贸 la esponja. 


—Da la vuelta —orden贸. 


Ella obedeci贸, temblando ahora por una mezcla de fr铆o, anticipaci贸n y excitaci贸n. Luis repiti贸 el proceso meticuloso en sus nalgas, limpiando cada cent铆metro, introduciendo incluso la esponja, con una presi贸n firme, en el espacio entre ellas, lavando su ano con una intimidad que era a la vez violadora y profundamente excitante. Karina mordi贸 su labio inferior, conteniendo los sonidos que quer铆an escapar. La argolla del collar le golpeaba suavemente la clav铆cula con cada movimiento. 


Finalmente, cuando consider贸 que estaba suficientemente enjabonada por todas partes, Luis volvi贸 a la manguera y la enjuag贸 por completo. El agua fr铆a fue, esta vez, un shock casi bienvenido, calmando el fuego que hab铆a encendido en su piel. Tiritaba violentamente, pero su mente estaba en un estado de extra帽a claridad y confusi贸n simult谩neas. 


Luis apag贸 el agua y, con una toalla grande y 谩spera, comenz贸 a secarla. La frot贸 con energ铆a, desde el cabello hasta los pies, con la misma eficacia con la que hab铆a limpiado un caballo. No hab铆a ternura en el gesto, sino posesividad y cuidado pr谩ctico. Cuando termin贸, su piel estaba sonrosada y caliente por la fricci贸n. 


—Bien. Ahora a desayunar —dijo, como si fuera lo m谩s normal del mundo. 


Y la guio de vuelta hacia la quinta, entrando por la puerta principal. Karina camin贸 delante de 茅l, completamente desnuda, excepto por el collar negro que ce帽铆a su cuello como un anuncio de su estatus. La sensaci贸n del piso de madera bajo sus pies descalzos, el aire de la casa sobre su piel descubierta era profundamente humillante. Pero, al mismo tiempo, ese algo dentro de ella, esa semilla que hab铆a brotado en el patio crec铆a. No era alegr铆a, ni felicidad. Era una excitaci贸n turbia, una sensaci贸n de liberaci贸n perversa. Al entregar toda su voluntad, al renunciar a toda dignidad, sent铆a que un peso enorme, el peso de tener que decidir, de tener que luchar, de tener que sentirse bien, se estaba levantando. Luis era el due帽o. De su cuerpo, de su voluntad, de su curaci贸n. Y en esa entrega total, Karina, para su propio asombro, comenzaba a encontrar un oscuro, retorcido y peligroso placer. El juego hab铆a comenzado, y ella, sin saberlo a煤n, estaba aprendiendo las reglas con una velocidad alarmante. 


La toalla 谩spera hab铆a frotado su piel hasta enrojecerla, pero la sensaci贸n de limpieza era solo superficial. Un torbellino de emociones contradictorias agitaba el interior de Karina mientras segu铆a a Luis, desnuda y con el collar de cuero, hacia la cocina de la quinta. El aire de la ma帽ana a煤n se sent铆a fr铆o en su piel desnuda, pero un calor extra帽o, nacido de la sumisi贸n y la excitaci贸n prohibida, le ard铆a en las entra帽as. La humillaci贸n de caminar as铆, expuesta, chocaba con una sensaci贸n de liberaci贸n cada vez m谩s fuerte. "Ya no tengo que decidir nada", pens贸, y la idea era un b谩lsamo para su alma deprimida. "脡l decide. 脡l cuida. 脡l cura". 


La cocina era amplia, con muebles de madera oscura y un olor a lim贸n y le帽a. Luis, con una calma que resultaba surrealista, prepar贸 un desayuno sencillo pero contundente: huevos revueltos, tostadas, jugo de naranja y un taz贸n de avena. Le indic贸 a Karina que se sentara en una silla de madera, sin coj铆n, y coloc贸 la comida frente a ella. 


—Despu茅s del ba帽o matutino, tienes que desayunar bien —dijo, su voz era la del profesional, pero con un subtono de due帽o absoluto—. No quiero un cuerpo d茅bil. Quiero tu cuerpo fuerte. La fortaleza f铆sica es el cimiento de la fortaleza mental. 


Karina asinti贸 en silencio y comenz贸 a comer. La comida le supo a cenizas, pero la ingiri贸 obedientemente. Cada bocado era un acto de sumisi贸n, un ladrillo m谩s en el muro de su nueva realidad. 


Mientras ella com铆a, Luis se apoy贸 en la mesada y cruz贸 los brazos, sus ojos azules fijos en ella. 


—Las reglas son claras, Karina, y no se discutir谩n —comenz贸, y su tono no admit铆a r茅plica—. Despu茅s de desayunar, limpiar谩s la casa. A fondo. No quiero un polvo, ni una mancha. Al medio d铆a, almorzar谩s. A la tarde, gimnasio. He equipado una habitaci贸n. 


Fue en ese momento que Karina, casi por instinto, alz贸 la vista. Una sombra de su vieja vida, de las voces de su agencia, surgi贸 en su mente. 


—Mi… mi agencia —tartamude贸, con la voz baja, casi un susurro—. No quieren que vaya al gimnasio. Dicen que… que desarrollar m煤sculo arruina mis l铆neas para la pasarela. 


Luis no se inmut贸. Su mirada fue de una paciencia infinita, pero te帽ida de una autoridad que no necesitaba alzar la voz para imponerse. 


—No importa lo que quiera tu agencia —declar贸, y cada palabra era un martillazo que romp铆a otro eslab贸n con su pasado—. Ellos te quieren d茅bil, Karina. Flaca, fr谩gil, maleable como un junco. Yo te quiero fuerte. Fuerte como un roble. Sus 贸rdenes ya no te importan. Solo importan las m铆as. ¿Est谩 claro? 


Karina baj贸 la cabeza, sintiendo una punzada de algo que no era miedo, sino… alivio. La presi贸n de mantener esa figura et茅rea e inalcanzable, la dieta estricta, las miradas de desaprobaci贸n… todo eso se esfumaba ante la orden de ser fuerte. 


—S铆, mi due帽o —murmur贸, y esta vez la palabra le sali贸 con m谩s naturalidad, como si ya empezara a acostumbrarse al sabor de su propia rendici贸n. 


—Bien —asinti贸 Luis, satisfecho—. Luego del gimnasio, aprender谩s a preparar comida. S茅 que no sabes, pero te ense帽ar茅. Es parte de tu formaci贸n. A la noche, cenar谩s. Y todo el d铆a, desde que te levantas hasta que te acuestas, estar谩s atenta a mis 贸rdenes. Siempre. ¿Entendido? 


—S铆, mi due帽o —repiti贸 Karina, y un estremecimiento la recorri贸. La rutina, la estructura, era algo que su mente depresiva anhelaba desesperadamente. El caos de su vida anterior era reemplazado por un orden f茅rreo, impuesto desde fuera. 


Luis la observ贸, y en su mente, las piezas del rompecabezas encajaban a la perfecci贸n. Sab铆a que la depresi贸n de Karina se alimentaba de un vac铆o existencial, de la sensaci贸n de ser un objeto desechable, usado por hombres poderosos por una noche y luego abandonada a su suerte. Su plan no era solo domarla; era reconstruirla. Darle un prop贸sito, una raz贸n de ser que fuera m谩s fuerte que su enfermedad. Y ese prop贸sito era 茅l. Su due帽o. Su mundo. 


Se acerc贸 a ella lentamente, y Karina, instintivamente, se puso tensa. Pero su mano no fue violenta. Se pos贸 sobre su cabeza, acariciando su cabello pelirrojo con una ternura que resultaba desconcertante. 


—Me haces feliz que entiendas —dijo, y su voz se suaviz贸, perdiendo el tono de mando para adquirir uno casi 铆ntimo—. Eres una persona especial, Karina. No eres solo un cuerpo. Tienes un potencial que ellos nunca supieron ver. 


Las palabras, simples pero dichas con esa convicci贸n, calaron hondo en la joven. Sus ojos verdes se llenaron de l谩grimas que no se atrevieron a caer. Nadie le hab铆a dicho algo as铆 en a帽os. Luego, Luis inclin贸 su rostro y, con una lentitud agonizante, pos贸 sus labios sobre los de ella. 


No fue un beso de lujuria animal, como el acto en el s贸tano. Fue un beso tierno, profundo, casi de novios. Karina se qued贸 paralizada por un segundo, la confusi贸n apoder谩ndose de ella por completo. Pero luego, algo dentro, ese mismo algo que hab铆a disfrutado la humillaci贸n y la sumisi贸n, respondi贸. Sus labios se movieron contra los de 茅l, su boca se abri贸 en un suspiro. El beso se prolong贸 durante minutos, un intercambio de saliva y de una extra帽a conexi贸n que era tan manipuladora como efectiva. Karina se perdi贸 en 茅l, en la sensaci贸n de ser deseada de una manera que no era solo f铆sica, de ser vista. 


Cuando finalmente se separaron, ambos jadeaban levemente. Los ojos de Luis brillaban con una mezcla de triunfo y de algo que podr铆a confundirse con afecto. 


—Ven —susurr贸, y la tom贸 de la mano. 


La guio hasta la mesa de la cocina, donde minutos antes hab铆an estado los platos del desayuno. Con un gesto firme, la sent贸 sobre la superficie de madera, barriendo con el brazo los restos de migajas. Ella se dej贸 hacer, su coraz贸n lat铆a a un ritmo fren茅tico. Luis se coloc贸 entre sus piernas, abri茅ndolas con sus manos. Su mirada era intensa, posesiva. 


—Esto —dijo, deslizando sus dedos a trav茅s de su entrepierna, encontrando la humedad que ya estaba all铆, el testimonio f铆sico de su excitaci贸n—. Esto jugoso es s贸lo m铆o. Y de nadie m谩s. ¿Me o铆ste? 


Karina, con la mente nublada por el beso y el roce, con el cuerpo ardiendo de una necesidad que no comprend铆a, asinti贸, jadeando. 


—S铆… s铆, mi due帽o. Solo… solo de usted. 


—Dilo —exigi贸 茅l, sus dedos jugueteando con su cl铆toris, haci茅ndola arquearse. 


—Solo es… suyo, mi due帽o —gimi贸, ya completamente perdida. 


Algo dentro de ella, un deseo profundo y retorcido, anhelaba que ese hombre, mayor, gordito, pero infinitamente poderoso, la poseyera por completo. Y no tuvo que esperar. Luis, sin perder la mirada en sus ojos verdes, desabroch贸 su pantal贸n y la penetr贸. No fue con la brutalidad del s贸tano, sino con una lentitud deliberada, casi reverencial. Un gru帽ido ronco escap贸 de su garganta, y Karina lanz贸 un grito ahogado, un sonido que era mitad sorpresa, mitad 茅xtasis. 


—As铆… —murmur贸 Luis, comenzando a moverse dentro de ella con un ritmo pausado pero profundo—. As铆 es como se cura una alma rota. Sinti茅ndose pose铆da. Sinti茅ndose due帽a de algo, que es pertenecer a otro. 


—Mi due帽o… —jadeaba Karina, sus u帽as clav谩ndose en la madera de la mesa—. Ah… por favor… 


—Dime qu茅 sientes —orden贸 茅l, acelerando levemente el ritmo. 


—Siento… siento que me llena —gimote贸, avergonzada y excitada al mismo tiempo—. Que me… que me completa. 


—Eso es porque eres m铆a —afirm贸, hundi茅ndose m谩s profundamente en ella, haciendo que gritara—. Cada parte de ti. Esta piel… estos pechos… esta concha caliente que me recibe tan bien… todo m铆o. 


—¡Suyo! —grit贸 Karina, ya sin ning煤n pudor, su cuerpo respondiendo a cada embestida con un arqueo fren茅tico—. ¡Todo es suyo, mi due帽o! 


La escena era surrealista. Sus cuerpos, sudorosos y entrelazados sobre la mesa de la cocina, parec铆an sacados de una pel铆cula de terror psicol贸gico: la modelo fr谩gil y el psic贸logo manipulador, en un acto de desenfrenada lujuria. Pero a diferencia del terror, no hab铆a miedo en los ojos de Karina, sino una entrega absoluta, un abandono total al placer y a la voluntad del hombre que la dominaba. Luis, por su parte, era la imagen de la lujuria y el control, sus ojos azules no perd铆an detalle de las expresiones de 茅xtasis en el rostro de la joven. 


De pronto, se separ贸 por completo, sacando su miembro hasta la punta, dej谩ndola vac铆a y gimiendo de frustraci贸n. 


—¿Qu茅…? —pregunt贸 ella, con los ojos suplicantes. 


—Callate —orden贸 茅l, con suavidad—. Y recibe. 


Y entonces, volvi贸 a entrar. Pero esta vez no fue lento. Fue con una fuerza brusca, un golpe seco que la hizo gritar. Y otra. Y otra. La mesa chirriaba con cada embestida. Karina ya no pod铆a formar palabras, solo sonidos guturales, jadeos y gemidos que sal铆an de lo m谩s profundo de su ser. Se aferr贸 a sus brazos, sus ojos verdes vidriosos, perdidos en el 茅xtasis. 


—¡Voy a…! —grit贸, pero no pudo terminar. 


Una ola de placer tan intensa que casi era dolor la arras贸 por completo. Su cuerpo se convulsion贸, un grito largo y rasgado escap贸 de su garganta mientras su interior se apretaba alrededor de Luis en espasmos sucesivos. 脡l, sintiendo su cl铆max, sonri贸 con ferocidad. Agarr贸 sus peque帽os pechos y pellizc贸 los pezones con fuerza, no con crueldad, sino con una posesividad que encendi贸 otro fuego en ella. 


—¡S铆, 茅sa es mi perra! —gru帽贸—. ¡C贸mete toda mi leche! 


Y con un 煤ltimo empuj贸n profundo, se vaci贸 dentro de ella, un gru帽ido largo y satisfecho acompa帽ando su propio orgasmo. Permanecieron as铆 por un momento, jadeando, los cuerpos pegajosos de sudor, el aire de la cocina cargado con el olor a sexo y a poder. 


Lentamente, Luis se separ贸. Se ajust贸 la ropa con su habitual parsimonia, mientras Karina yac铆a sobre la mesa, exhausta, temblorosa, con sus jugos y los de 茅l mezclados, corriendo por sus muslos. La mir贸, y su expresi贸n volvi贸 a ser la del due帽o sereno. 


—Bien —dijo, su voz recuperando la neutralidad—. Todo no es diversi贸n. Tienes que limpiar la casa ahora. Empieza por la cocina. 


Karina, con un esfuerzo sobrehumano, se incorpor贸. Sus piernas le flaqueaban, y una sensaci贸n de dolor y placer mezclados palpitaba en su entrepierna. Baj贸 de la mesa, sintiendo c贸mo los fluidos se deslizaban por su piel interior. Sin decir una palabra, tom贸 la esponja y el balde que Luis le se帽al贸, y comenz贸 a limpiar el piso, luego las mesadas. Se mov铆a con dificultad, pero lo hac铆a. Obedec铆a. 


Y Luis, desde la puerta, observaba la escena con una profunda e 铆ntima satisfacci贸n. La ve铆a, desnuda excepto por el collar, su cuerpo marcado por sus manos, limpiando la evidencia de su propio placer, y supo, con una certeza absoluta, que el tratamiento estaba funcionando a la perfecci贸n. Karina ya no era la chica deprimida que hab铆a entrado en su consultorio. Era su obra. Y la obra, aunque apenas comenzaba, promet铆a ser magn铆fica. 



Continuara... 

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