El sol de la tarde en Buenos Aires se filtraba entre los altos edificios de vidrio y acero, iluminando con una luz dorada y difusa la figura esbelta que se aproximaba a la entrada de un exclusivo consultorio en el barrio de Recoleta. Marisol avanzaba con esa cadencia 煤nica de las mujeres que han caminado sobre pasarelas, un ritmo pausado y seguro que parec铆a desafiar la prisa mundana que la rodeaba. A sus veinti煤n a帽os, cada uno de sus movimientos estaba impregnado de una gracia estudiada y natural a la vez. Su cuerpo, delgado y con las proporciones equilibradas y estilizadas t铆picas de una modelo de alta costura, estaba envuelto en un vestido sencillo que, no obstante, no pod铆a ocultar la elegancia de su estructura 贸sea. Su cabello, largo, liso y de un casta帽o oscuro que casi parec铆a 茅bano a la luz del atardecer, ca铆a como una cascada sedosa sobre sus hombros. La piel clara, inmaculada, hac铆a resaltar unos rasgos faciales perfectamente definidos: p贸mulos altos y marcados que se afilaban hacia una barbilla delicada, y una expresi贸n serena que escond铆a, tras su m谩scara de tranquilidad, un torbellino de ansiedades. Sus ojos, de un marr贸n claro, observaban el mundo con una mezcla de curiosidad y cautela, como si constantemente estuvieran evaluando riesgos y oportunidades desde detr谩s de un cristal invisible.
Al empujar la pesada puerta de vidrio del edificio, un silencio inusual la recibi贸. El vest铆bulo, normalmente custodiado por la presencia tranquilizadora de la secretaria, estaba vac铆o. La silla giratoria detr谩s del mostrador de m谩rmol blanco se mec铆a ligeramente, como si su ocupante hubiera partido hace instantes. Un leve aroma a jazm铆n y a limpio flotaba en el aire estancado. Marisol frunci贸 ligeramente el ce帽o, una peque帽a arruga de preocupaci贸n que surc贸 su frente impecable. Sus citas con el doctor Silva eran un ancla en su ca贸tica vida de castings, viajes y sesiones fotogr谩ficas interminables, y cualquier anomal铆a en la rutina le produc铆a un pellizco de ansiedad. Con pasos decididos, sus tacones repiqueteando suavemente sobre el piso pulido, se dirigi贸 hacia la puerta de roble oscuro que conduc铆a al sancta sanct贸rum del psic贸logo. Golpe贸 con los nudillos, un sonido seco y educado que reson贸 en el silencio.
—Adelante —la voz era grave, serena, y proven铆a del interior.
Al abrir la puerta, la oficina se revel贸 ante ella: una habitaci贸n amplia, con estanter铆as repletas de libros de psicolog铆a y arte, y un gran ventanal que ofrec铆a una vista panor谩mica del atardecer te帽iendo el cielo de naranja y p煤rpura. Y all铆, sentado en un sill贸n de cuero borgo帽a, detr谩s de un escritorio ordenado y minimalista, estaba el doctor Luis Silva. A sus cincuenta y dos a帽os, Luis era un hombre que llevaba su edad con un aire de distinguida autoridad. Su cuerpo era el de un hombre que disfrutaba de los placeres de la buena mesa, gordito, pero no desgarbado, con una presencia f铆sica que llenaba el espacio. Vest铆a un traje de lino claro, impecable, que hablaba de un cuidado meticuloso por su apariencia. Sus manos, grandes y con los dedos gruesos, estaban entrelazadas sobre el escritorio. Pero lo que m谩s captaba la atenci贸n eran sus ojos: de un azul intenso y penetrante, como fragmentos de un cielo invernal, que parec铆an ver a trav茅s de las capas m谩s superficiales del alma. Esos ojos se posaron ahora en Marisol, y una sonrisa leve, casi imperceptible, curv贸 sus labios.
—Marisol. Qu茅 puntual como siempre —dijo su voz, un contrabajo que vibraba con calma.
—Buenas tardes, doctor —respondi贸 ella, cerrando la puerta a sus espaldas y acerc谩ndose a la butaca frente al escritorio—. En realidad, llegu茅 un poco antes. Espero no molestar.
—Para nada. El tiempo es un recurso valioso, y tu prisa por comenzar es comprensible. Toma asiento, por favor.
Marisol se dej贸 caer en la butaca, su espalda recta y sus manos descansando sobre el regazo con elegancia. Un suspiro escap贸 de sus labios.
—Es que… no pod铆a esperar, doctor Silva. La 煤ltima sesi贸n, cuando me prometi贸 que este nuevo tratamiento me ayudar铆a con el estr茅s… no he podido dejar de pensar en eso. Las noches son lo peor. La mente no se detiene.
Luis asinti贸 lentamente, sus ojos azules escudri帽谩ndola con una concentraci贸n absoluta. "Perfecto", pens贸. "La necesidad siempre allana el camino. La desesperaci贸n es el mejor lubricante para la persuasi贸n".
—Comprendo —dijo en voz alta, su tono era paternal, reconfortante—. La ansiedad performance es un demonio familiar para muchas en tu profesi贸n. Te corroe por dentro, ¿verdad? Como un 谩cido que disuelve la paz.
—Exactamente —susurr贸 Marisol, sus ojos marrones claros brillando con un destello de angustia contenida—. Siento que en cualquier momento todo puede venirse abajo.
En ese preciso instante, antes de que Luis pudiera responder, la puerta de la oficina se abri贸 de nuevo, sin previo aviso. Una segunda figura femenina se recort贸 en el marco. Karina. Tambi茅n ten铆a veinti煤n a帽os, y al igual que Marisol, pose铆a la complexi贸n delgada y armoniosa de una modelo, pero ah铆 terminaban las similitudes. Mientras Marisol irradiaba una elegancia serena y un tanto distante, Karina emanaba una fragilidad palpable. Su cabello era su rasgo m谩s llamativo: un largo y liso pelirrojo cobrizo que ca铆a como un manto de fuego sobre sus hombros delgados. Su piel era de una palidez casi porcelanosa, haciendo que las pecas que salpicaban su nariz y sus mejillas parecieran motas de oro. Sus rasgos, aunque igualmente definidos y con p贸mulos altos, ten铆an una suavidad, una expresi贸n de inocencia vulnerada. Pero eran sus ojos los que realmente contaban su historia: grandes, de un verde claro y luminoso como el mar en un d铆a de verano, pero nublados en ese momento por una tristeza profunda, como si una tormenta interna estuviera a punto de desatarse. Salud贸 con una leve inclinaci贸n de cabeza, un gesto respetuoso pero cargado de una timidez dolorosa.
—Disculpe, doctor. La puerta estaba entreabierta…
Luis no se inmut贸. No se levant贸, ni alter贸 su postura relajada. Sus ojos azules se desplazaron de Marisol a la reci茅n llegada, y esa misma sonrisa sutil reapareci贸.
—Vos tambi茅n llegaste temprano, Karina —observ贸, su tono era neutral, pero no fr铆o.
Karina entr贸 con pasos silenciosos, casi como si temiera ocupar demasiado espacio.
—Hoy… hoy estoy en uno de mis peores d铆as —confes贸, su voz era un hilo de sonido, dulce pero quebrado por la emoci贸n—. La idea de salir de mi departamento era… abrumadora.
"La depresi贸n", pens贸 Luis, analiz谩ndola mentalmente con la frialdad de un entom贸logo observando un esp茅cimen raro. "La fama repentina, la presi贸n por mantener un cuerpo que no sienten como suyo, la dieta estricta que las debilita y las desconecta de sus propios instintos. Dos caras de la misma moneda de infelicidad. Dos p谩jaros cantores con las alas rotas".
—Lo s茅, Karina. Por eso estamos aqu铆 —dijo en voz alta, su voz era un b谩lsamo de aparente comprensi贸n—. Por favor, sentate. Marisol, esta es Karina. Karina, Marisol. Ambas comparten, de maneras diferentes, la carga de la vida p煤blica.
Las dos j贸venes se saludaron con una mirada y un leve asentimiento, una chispa de reconocimiento mutuo pasando entre ellas. Eran rivales potenciales en las pasarelas, pero en ese momento, en la oficina de aquel hombre, eran simplemente dos chicas asustadas buscando un salvavidas. Se sentaron, una al lado de la otra, sus siluetas elegantes contrastando con la robustez serena del psic贸logo.
Luis las observ贸 durante un largo momento, dejando que el silencio se espesara en la habitaci贸n, carg谩ndose de expectaci贸n. Luego, se inclin贸 ligeramente hacia adelante, entrelazando de nuevo sus dedos sobre el escritorio. Su expresi贸n se torn贸 grave, solemne, la de un cirujano a punto de explicar una operaci贸n vital.
—Bien —comenz贸, su voz bajo ahora ten铆a un timbre m谩s profundo, casi hipn贸tico—. Ambas saben por qu茅 est谩n aqu铆. Han probado las soluciones convencionales: medicaci贸n, terapia conversacional, t茅cnicas de relajaci贸n. Y nada ha curado la herida de fondo. Lo que les propongo es algo diferente. Un tratamiento intensivo de un mes. No es una cura m谩gica, es un proceso de reestructuraci贸n profunda. Requerir谩 un compromiso total. Deber谩n estar alejadas del mundo, de sus tel茅fonos, de sus agentes, de sus familias y amigos. Ser谩 solo ustedes y yo, en un lugar que he preparado espec铆ficamente para esta finalidad. Un retiro donde podremos trabajar sin distracciones, donde podremos desmontar los mecanismos del estr茅s y la tristeza que las afligen para construir unos nuevos, m谩s s贸lidos, m谩s… resistentes.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras, pesadas como plomo, se asentaran. Marisol y Karina se miraron de reojo. Ambas hab铆an sido previamente sondeadas sobre esta posibilidad, la promesa vaga de una soluci贸n definitiva a cambio de un aislamiento temporal. La desesperaci贸n era un consejero m谩s poderoso que la prudencia.
—¿Un mes? —pregunt贸 Marisol, su voz un poco m谩s d茅bil de lo que hubiera deseado.
—Un mes intensivo —recalc贸 Luis—. Al final, sus problemas, esos fantasmas que las atormentan, se habr谩n ido. O, mejor dicho, ustedes habr谩n aprendido a dejarlos ir. Pero debo ser claro: es un camino de ida. Requiere una fe absoluta en el proceso y en mi gu铆a.
Karina baj贸 la mirada hacia sus propias manos, p谩lidas y delgadas, que se retorc铆an en su regazo. La depresi贸n le susurraba que nada val铆a la pena, pero un 煤ltimo vestigio de esperanza, un deseo feroz de sentirse bien de nuevo, le hizo asentir lentamente.
—Yo… acepto —murmur贸.
Marisol respir贸 hondo. La imagen de noches enteras sin dormir, de la ansiedad paralizante antes de cada desfile, pas贸 por su mente. Mir贸 a los ojos azules y serenos del doctor Silva, que parec铆an contener una certeza infinita.
—Yo tambi茅n acepto —dijo, con m谩s firmeza esta vez.
Una chispa de triunfo, r谩pida y feroz, brill贸 en lo m谩s profundo de los ojos azules de Luis Silva, tan fugaz que fue imperceptible. "Est谩n dentro", pens贸, y una oleada de pura euforia lo recorri贸. Se levant贸 con parsimonia, su figura robusta proyectando una sombra alargada sobre la pared.
—Excelente —afirm贸, su voz recuperando su tono profesional—. Entonces no hay tiempo que perder. Vamos.
Sin m谩s pre谩mbulos, agarr贸 un malet铆n de cuero que descansaba junto a su sill贸n y se dirigi贸 hacia la puerta. Marisol y Karina se levantaron, una sensaci贸n extra帽a de inevitabilidad envolvi茅ndolas. Salieron de la oficina, atravesaron el vest铆bulo a煤n vac铆o y salieron a la fresca brisa del anochecer porte帽o. Un autom贸vil negro, lujoso y discreto, esperaba en la calle. Luis abri贸 la puerta trasera para ellas con un gesto caballeroso. Las dos modelos se deslizaron en el interior, el aroma a cuero nuevo llenando sus pulmones. 脡l cerr贸 la puerta, camin贸 hacia el lado del conductor y se acomod贸 frente al volante.
—¿A d贸nde… vamos, doctor? —pregunt贸 Karina desde el asiento trasero, su voz un poco temblorosa.
—A un lugar seguro —respondi贸 Luis, arrancando el motor, que rugi贸 con un sonido suave y potente—. A un lugar donde podr谩n ser… remodeladas.
Mientras el auto se incorporaba al flujo del tr谩fico, Luis Silva manten铆a el rostro sereno, impasible, la imagen misma de la profesionalidad y la concentraci贸n. Sus manos, grandes y firmes, sujetaban el volante con seguridad. Pero por dentro, su mente era un torbellino de oscuro regocijo. "Dos piezas tan perfectas, tan quebradizas", pens贸, mientras una sonrisa interna, grotesca y hambrienta, se extend铆a por su ser. "Marisol, ansiosa y elegante. Karina, fr谩gil y dulce. Dos bellos juguetes nuevos para moldear. Vac铆as, maleables, desesperadas por alguien que les diga qu茅 ser. Y yo ser茅 su alfarero. Les quitar茅 todo lo que sobra, todo lo que las hace sufrir, y las rellenar茅 con mi voluntad. Un mes. Un mes es todo lo que necesito para hacerlas m铆as". Y mientras conduc铆a a trav茅s de las calles iluminadas de Buenos Aires, rumbo a un destino que solo 茅l conoc铆a, la promesa de aquella transformaci贸n, de aquel poder absoluto sobre dos criaturas tan exquisitas, lo llenaba de una excitaci贸n profunda y silenciosa, el primer latido de una partida perversa que acababa de comenzar.
El viaje fue largo y silencioso, una hipn贸tica cinta de asfalto que se desenrollaba bajo las ruedas del lujoso autom贸vil negro, alej谩ndolos del coraz贸n palpitante de Buenos Aires. Las luces de la ciudad, primero vibrantes y cercanas, se fueron espaciando hasta convertirse en un lejano resplandor anaranjado en el retrovisor, hasta desaparecer por completo, devoradas por la oscuridad profunda de la llanura bonaerense. Marisol y Karina, en el asiento trasero, apenas intercambiaban miradas furtivas, sumidas en sus propios pensamientos de esperanza y aprensi贸n. Luis Silva conduc铆a con una concentraci贸n imperturbable, sus manos grandes y firmes sobre el volante, su perfil sereno recortado contra la ventanilla. Por dentro, sin embargo, era un torrente de anticipaci贸n. "Cada kil贸metro que pasa es un eslab贸n m谩s en la cadena que las une a m铆. Ya no hay vuelta atr谩s", pensaba, y una sensaci贸n de poder absoluto lo embargaba, tan intensa que casi pod铆a saborearla, met谩lica y dulce, en el fondo de la garganta.
Finalmente, despu茅s de unas dos horas de ruta, el auto se desvi贸 por un camino de tierra, serpenteando entre arbustos y 谩rboles altos hasta revelar, al final de un largo sendero privado, la silueta de una quinta antigua. No era una estancia lujosa, sino una construcci贸n de estilo colonial, con paredes blanqueadas que brillaban con un tono fantasmag贸rico bajo la tenue luz de la luna. Las tejas espa帽olas de su techo se ve铆an desgastadas por el tiempo, y enredaderas trepaban por sus laterales, d谩ndole un aire melanc贸lico y aislado que, en su decadencia, pose铆a una belleza inquietante y solemne. Las ventanas, oscuras y profundas, parec铆an como ojos ciegos observando su llegada.
—Llegamos —anunci贸 Luis, apagando el motor. El silencio que los envolvi贸 fue abrupto y total, roto solo por el leve crujir de la madera del veh铆culo al enfriarse y el canto lejano de un grillo.
Las sigui贸 hasta la puerta principal de madera pesada, que abri贸 con una llave antigua y larga. El interior ol铆a a polvo, a cerrado, y a algo m谩s… a cera de abejas y madera envejecida. La decoraci贸n era sobria, con muebles robustos y algunas alfombras gastadas. Sin pre谩mbulos, Luis encendi贸 una l谩mpara de pie que proyect贸 sombras danzantes en las paredes y coloc贸 su malet铆n sobre una mesa de roble.
—Antes de nada, formalicemos —dijo con una voz que sonaba extra帽amente amplificada en el silencio de la casa. Sac贸 una carpeta con varios documentos—. Son formularios de consentimiento para el tratamiento intensivo y de confidencialidad. Lo est谩ndar, para protegerlas a ustedes y a mi pr谩ctica. Firmen aqu铆, y aqu铆.
Empuj贸 los papeles hacia ellas junto con una pluma. Marisol y Karina, con la mente nublada por el cansancio del viaje y la desesperaci贸n que las hab铆a llevado hasta all铆, apenas echaron un vistazo a los documentos. La promesa de sanaci贸n era un im谩n demasiado poderoso. Firmaron sus nombres con trazos r谩pidos, Marisol con su firma elegante y estilizada, Karina con una m谩s temblorosa y peque帽a. Luis recogi贸 los papeles, y un destello de triunfo final cruz贸 sus ojos azules. "Hecho. Ahora son legalmente m铆as, en todo sentido que importa", pens贸 con una frialdad que helar铆a la sangre de cualquiera que pudiera escucharlo.
Luego, extendi贸 la mano, con la palma hacia arriba, en un gesto que no admit铆a r茅plica.
—Sus tel茅fonos. El mundo exterior es una toxina durante este proceso. Deben ser purgadas de toda influencia externa.
Hesitaron por un instante, un 煤ltimo y d茅bil reflejo de conexi贸n con sus vidas pasadas. Marisol sinti贸 un vac铆o en el est贸mago al dejar caer su dispositivo en esa mano grande y expectante. Karina lo hizo despu茅s, con la sensaci贸n de estar cortando el 煤ltimo hilo que la manten铆a a flote. Luis guard贸 los celulares en su malet铆n y lo cerr贸 con un clic definitivo.
Se volvi贸 hacia ellas, y su expresi贸n cambi贸. La m谩scara del profesional comprensivo se desvaneci贸, reemplazada por una seriedad hier谩tica, casi religiosa.
—Y ahora —dijo, su voz grave cortando el aire como un cuchillo— es hora de que se saquen esa ropa. Deben despedirse de su vieja y fr谩gil vida. Es simb贸lico. El cascar贸n debe romperse para que emerja la nueva versi贸n de ustedes, la fuerte, la sana.
Las dos j贸venes se miraron, una mezcla de confusi贸n y verg眉enza arrebolando sus mejillas. Pero la orden era clara, y la fe en el doctor, aunque empezaba a resquebrajarse, a煤n era lo suficientemente s贸lida. Con movimientos torpes, Marisol comenz贸 a desvestirse, dejando caer su vestido sencillo al suelo polvoriento. Karina la imit贸, temblando ligeramente. Quedaron expuestas, dos estatuas p谩lidas y perfectas en la penumbra de la quinta, sus cuerpos de modelo, tan acostumbrados a la mirada ajena en contextos de glamour, ahora se sent铆an vulnerables y crudos bajo la mirada anal铆tica y posesiva de Luis.
脡l observ贸, sin un 谩pice de emoci贸n lasciva aparente, como un escultor evaluando el m谩rmol en bruto. Luego, abri贸 un armario que parec铆a estar esper谩ndolos y sac贸 dos conjuntos de ropa.
—V铆stanse con esto. Es el uniforme de la transformaci贸n.
Le tendi贸 a cada una su asignaci贸n. Marisol recibi贸 una prenda de color negro. Al desdoblarla, vio que era un traje corto, absurdamente breve, hecho de un material que simulaba cuero sint茅tico, ajustado y brillante. Lo acompa帽aban unas medias de la misma textura y un par de tacones agujas alt铆simos, de una altura que, sumada a su estatura natural, la har铆a rebasar el metro ochenta con creces. Karina, por su parte, recibi贸 un vestido rojo intenso, sin mangas, que apenas le llegar铆a a la mitad del muslo. Sus tacones eran negros, con correas que se entrelazar铆an alrededor de sus tobillos delgados.
Con un rubor que les quemaba el rostro, se vistieron. El cuero sint茅tico se ci帽贸 a las curvas de Marisol como una segunda piel oscura, acentuando cada l铆nea de su cuerpo esbelto. Los tacones transformaron su postura, imponiendo una elegancia forzada y dominante. Karina, en su rojo escarlata, parec铆a una fruta prohibida, su palidez contrastando violentamente con el color de la pasi贸n y la sumisi贸n. El vestido era una flagrante declaraci贸n de intenciones.
Se miraron la una a la otra, y un estremecimiento de incomodidad las recorri贸. Ya no se parec铆an en nada a las j贸venes ansiosas y deprimidas que hab铆an entrado en el consultorio. Eran caricaturas er贸ticas de s铆 mismas. Marisol, con una timidez que sonaba falsa incluso para sus propios o铆dos, encontr贸 el valor para preguntar.
—Disculpe, doctor… ¿En qu茅 nos ayuda esto exactamente?
La reacci贸n de Luis fue instant谩nea. Su rostro se ensombreci贸, y sus ojos azules se clavaron en ella con una intensidad g茅lida.
—Sin preguntas innecesarias si quieren sanar —espet贸, y cada palabra era un latigazo—. La cura requiere obediencia, no entendimiento. El cuestionamiento es un s铆ntoma de la enfermedad que vinimos a erradicar.
La boca de Marisol se cerr贸 de golpe. Karina baj贸 la mirada, sumisa. La desesperaci贸n por sentirse bien, por escapar de la niebla de su depresi贸n, era un yugo m谩s fuerte que cualquier dignidad.
—Bien —asinti贸 Luis, satisfecho—. Ahora, s铆ganme.
Las guio a trav茅s de un pasillo oscuro, hacia una puerta casi invisible en un rinc贸n de la casa. Al abrirla, revel贸 una escalera angosta que descend铆a hacia la penumbra. Un aire fr铆o y h煤medo subi贸 hasta ellas. Bajaron los escalones, sus tacones repiqueteando sobre la piedra de una manera ominosa. El s贸tano era m谩s grande de lo que esperaban, sorprendentemente limpio y ordenado, con estantes vac铆os y el piso de cemento barrido. Pero lo que capt贸 inmediatamente su atenci贸n, y les hel贸 la sangre, fue la estructura junto a la pared del fondo: una jaula. No era una jaula para animales grande, sino una construida con barrotes de hierro negro, lo suficientemente amplia para que dos personas estuvieran sentadas, pero no para tenderse con comodidad. Era un objeto siniestro, fuera de lugar en aquel espacio ordenado.
Luis se par贸 frente a ella, con las manos en los bolsillos de su pantal贸n.
—El primer ejercicio de confianza y desapego —anunci贸 con una calma aterradora— ser谩 pasar la noche aqu铆.
Un silencio cargado de horror llen贸 el s贸tano. Marisol, con el coraz贸n golpe谩ndole el pecho como un p谩jaro enjaulado, dio un paso adelante.
—¿Perd贸n? —su voz son贸 quebrada—. ¿En qu茅… en qu茅 nos ayudar铆a esto, doctor? ¡Es una jaula!
Mientras hablaba, Luis sac贸 de su bolsillo dos pares de esposas. Unas eran de metal, fr铆as y grises. Las otras, de cuero negro, gruesas y con una hebilla resistente.
—Esto —dijo, mostr谩ndoselas— ayudar谩 a que conf铆en en m铆. Este tratamiento, sin una fe ciega en mi gu铆a, no avanzar谩. La jaula es un 煤tero. Un lugar de renacimiento. Entrar en ella es el primer acto de entrega.
Las dos mujeres, pese al p谩nico que empezaba a brotar en sus gargantas, se miraron. El peso de sus miserias, la promesa de un mes de purga que las liberar铆a, era m谩s fuerte que el instinto de huir. Con una resignaci贸n que era un pu帽al en el alma, asintieron lentamente.
—Abran la puerta y entren —orden贸 Luis.
Ellas obedecieron. La puerta de la jaula chirri贸 al abrirse. Al entrar, se dieron cuenta de lo estrecho del espacio. Sus cuerpos, vestidos con esas prendas absurdas, se rozaban. Sus piernas, largas y finas, se entrelazaban, forz谩ndolas a una intimidad forzada e inc贸moda.
—Cierren —dijo Luis, y 茅l mismo asegur贸 el candado con un sonido met谩lico y final que reson贸 como un disparo en el silencio del s贸tano—. Ahora, pasen las manos entre los barrotes.
Extendieron sus brazos, sintiendo la frialdad del hierro contra su piel. Luis, con movimientos precisos y eficientes, espos贸 la mu帽eca de Marisol a la de Karina con las esposas de metal. Luego, con las de cuero, espos贸 las mu帽ecas restantes a dos barrotes verticales, separadas. La posici贸n era deliberadamente humillante e inc贸moda. Ten铆an los torsos y las cabezas dentro de la jaula, pero sus brazos extendidos hacia fuera, como suplicantes o prisioneras a la vista de un pelot贸n de fusilamiento. El cuero sint茅tico de la ropa se pegaba a su piel, que empezaba a transpirar por el miedo y la tensi贸n.
—As铆 pasar谩n su primera noche —declar贸 Luis, dando un paso atr谩s para admirar su obra—. El silencio y la inmovilidad son grandes maestros.
Marisol, sintiendo que la cordura se le escapaba, intent贸 protestar.
—Doctor, esto no puede ser… por favor…
—¡Basta! —cort贸 茅l, y su voz retumb贸 en el s贸tano—. Este mes son m铆as. Me pertenecen. Y les voy a ense帽ar, les guste o no, a no tener m谩s estr茅s, a no sentir m谩s esa tristeza pat茅tica. La fuerza nace de la sumisi贸n total. Aprendan eso.
Y sin otra palabra, dio media vuelta, subi贸 la escalera y apag贸 la luz del s贸tano, sumergi茅ndolas en una oscuridad absoluta, rota solo por un delgado haz de luz que se filtraba desde arriba. La puerta se cerr贸 con un golpe sordo.
Las horas que siguieron fueron una pesadilla de incomodidad y terror. La luz permaneci贸 encendida, una bombilla desnuda que colgaba del techo, imposibilitando el sue帽o profundo. El fr铆o del suelo de cemento se filtraba a trav茅s de sus nalgas. Intentaron acomodarse, pero las esposas y el espacio reducido lo hac铆an imposible. Se miraban a los ojos, y en la oscuridad de las pupilas de la otra ve铆an reflejado su propio miedo y desconcierto. El silencio era tan profundo que pod铆an o铆r los latidos de sus propios corazones, acelerados y asustados.
Hasta que, despu茅s de lo que pareci贸 una eternidad, Karina rompi贸 el silencio con un susurro desgarrado, cargado de urgencia y verg眉enza.
—Marisol… —trag贸 saliva—. Me… me hago pip铆. No aguanto m谩s.
Marisol, que hab铆a estado en un estado de semiinconsciencia, abri贸 los ojos de par en par, alarmada.
—¿Qu茅? No, Karina, no seas pelotuda —su voz era un ronco susurro de p谩nico—. Aguanta. No podemos… estamos en el piso. ¡Si te haces, me vas a ensuciar a m铆 tambi茅n!
—No puedo —gimi贸 Karina, y sus palabras estaban al borde del llanto—. No aguanto m谩s, te juro.
No hubo m谩s discusi贸n. Marisol escuch贸, impotente y con creciente horror, el sonido inconfundible y humillante del chorro de orina golpeando el cemento justo a sus pies. Una sensaci贸n de calor h煤medo comenz贸 a extenderse, empapando la parte inferior de su vestido de cuero sint茅tico y sus medias. Karina, liberada f铆sicamente, pero destruida an铆micamente, rompi贸 a llorar en silencio, sollozos que sacud铆an su cuerpo delgado. Marisol apret贸 los dientes, una ola de furia y asco recorri茅ndola. Estaba sentada, en la orina de otra persona, esposada, enjaulada, vestida como un juguete sexual. El surrealismo de la situaci贸n era tan abrumador que por momentos le costaba respirar.
Pasaron as铆, mojadas, fr铆as y miserables, hasta que la luz del d铆a empez贸 a filtrarse con m谩s fuerza por la rendija de la puerta. Finalmente, oyeron pasos. La puerta del s贸tano se abri贸 y Luis baj贸 la escalera, impecablemente vestido, como si acabara de salir de su casa en Recoleta. Se acerc贸 a la jaula y mir贸 el charco amarillento en el suelo, las dos j贸venes p谩lidas y deshechas, con el maquillaje corrido y la ropa manchada.
—Hmm —murmur贸, con una expresi贸n de desaprobaci贸n serena—. Si que son cerditas, ¿no?
Karina baj贸 la cabeza, la verg眉enza quem谩ndole el rostro. Marisol, en cambio, alz贸 la mirada hacia 茅l, y sus ojos marrones, antes ansiosos, ahora destilaban un odio puro y furioso. Estaba acalambrada, sucia y exhausta.
Luis ignor贸 su mirada y continu贸, con la misma voz calmada y did谩ctica.
—Bien. El primer paso est谩 dado. La humillaci贸n es la puerta de entrada a la humildad. Ahora, una de ustedes saldr谩 de la jaula para ba帽arse y desayunar. La otra… se quedar谩 aqu铆, en este estado, hasta ma帽ana. Y la que quiera ba帽arse… —hizo una pausa dram谩tica, dejando que el suspense se instalara en el aire viciado del s贸tano— me tiene que chupar la verga. Aqu铆. Ahora.
La reacci贸n fue un谩nime y visceral.
—¡No! —exclam贸 Marisol, con la poca fuerza que le quedaba.
—¡Doctor, por favor! —suplic贸 Karina, horrorizada.
—¡Nos queremos ir! —grit贸 Marisol, forcejeando in煤tilmente contra las esposas—. ¡Para esto no vinimos!
Luis no se inmut贸. Su frialdad era un muro de hielo.
—Ustedes ya firmaron los papeles —dijo, y su tono era el de un juez leyendo una sentencia inapelable—. Se quedar谩n un mes. Y si es necesario, pasar谩n ese mes en esta misma posici贸n, moj谩ndose y ensuci谩ndose como las cerditas que son. La elecci贸n es suya. La obediencia es la 煤nica llave que abre esta jaula.
Un silencio pesado, cargado de desesperaci贸n, llen贸 el s贸tano. Marisol escupi贸 un "nunca" entre dientes. Pero entonces, Karina, la m谩s fr谩gil, la m谩s quebrada por la depresi贸n y ahora por esta experiencia, habl贸 con una vocecita temblorosa que, sin embargo, era clara.
—Yo… —trag贸 saliva—. Yo se la chupo.
Una sonrisa lenta, satisfecha, se dibuj贸 en los labios de Luis.
—Esa —dijo— es la actitud de alguien que realmente quiere mejorar. La actitud correcta.
Sac贸 la llave, abri贸 el candado de la jaula y liber贸 solo las esposas de cuero que sujetaban a Karina a los barrotes, dejando a Marisol todav铆a esposada a la jaula por una mu帽eca. Karina, con las piernas entumecidas, cay贸 de rodillas en el fr铆o suelo, justo al borde del charco de orina. Luis cerr贸 la puerta de la jaula, encerrando de nuevo a Marisol, que observaba la escena con una incredulidad que rayaba en la locura. Su compa帽era, la t铆mida pelirroja, estaba arrodillada ante su captor.
—Comienza —orden贸 Luis, desabroch谩ndose el cintur贸n.
Karina, con manos que temblaban, obedeci贸. Abri贸 el pantal贸n de Luis y baj贸 el cierre. El miembro de Luis, ya erecto y duro, qued贸 a la vista. Sin m谩s pre谩mbulos, Karina, movida por un instinto de supervivencia y una sumisi贸n aprendida en los peores ambientes de su profesi贸n, se lo llev贸 a la boca de una vez, intentando tragar su longitud.
—¡Ah! —grit贸 Luis, y le dio una peque帽a cachetada en la mejilla, no con sa帽a, sino con correcci贸n, como a un animal que no sigue las 贸rdenes—. Suave. Comienza suave, perra. Disfruta el proceso.
Karina, conteniendo las n谩useas, obedeci贸. Retrocedi贸 y comenz贸 a lamer la punta con la lengua, con movimientos lentos y circulares. Luego, dio unos chupones suaves, acariciando la base con sus manos. Luis emiti贸 un gru帽ido de aprobaci贸n.
—Buena perra —murmur贸, toc谩ndole la cabeza con gesto posesivo.
Para Karina, en su extra帽a y distorsionada realidad, esto no era algo completamente nuevo. Se lo hab铆a hecho a representantes y fot贸grafos poderosos, cambiando sexo por oportunidades. Era un lenguaje que entend铆a, un mal necesario. Y Luis, como su psic贸logo, lo sab铆a perfectamente; hab铆a escuchado sus confesiones en el div谩n y ahora las usaba como un instrumento de dominaci贸n perfecto. Karina, desconect谩ndose, se lo volvi贸 a tragar, esta vez con m谩s suavidad, controlando la respiraci贸n. Se ahog贸 un poco, las l谩grimas asomando a sus ojos verdes, pero continu贸. La vista de esa escena, de su compa帽era de infortunio arrodillada y sumisa, y del rostro de Luis, sereno y disfrutando del poder absoluto, era una tortura mental para Marisol, peor que el fr铆o o la suciedad.
Luis no pudo contenerse por mucho m谩s tiempo. La combinaci贸n de poder, lujuria y control fue demasiado. Con un movimiento brusco, agarr贸 a Karina del cabello pelirrojo con fuerza y comenz贸 a mover su cabeza hacia adelante y hacia atr谩s, usando su boca para su propio placer, con ritmo r谩pido y profundo. Karina gimi贸, pero no ofreci贸 resistencia. Era un objeto, un instrumento, y en ese momento, lo aceptaba.
—¡S铆, as铆! —jade贸 Luis, hasta que un gru帽ido final escap贸 de su garganta y su cuerpo se tens贸, vaci谩ndose en la boca de la joven.
Qued贸 jadeante por un momento, antes de soltar su cabello. Karina, con el rostro manchado de l谩grimas y saliva, tosi贸 y escupi贸 en el suelo.
—Diste un paso importante hoy, Karina —dijo Luis, arregl谩ndose la ropa con parsimonia—. Un gran paso hacia tu curaci贸n. Vamos. Te toca ba帽arte.
Le tendi贸 una mano para ayudarla a levantarse. Karina, vac铆a, derrotada, la acept贸. Sin mirar atr谩s, Luis la guio hacia la escalera. La puerta del s贸tano se cerr贸, sumiendo de nuevo a Marisol en una relativa penumbra. Ahora estaba completamente sola, esposada, encerrada, y sentada en un charco de orina ajena que se enfriaba lentamente. El sonido de sus propios sollozos, secos y desesperados fue lo 煤nico que acompa帽贸 el comienzo de su segundo d铆a en la jaula. El tratamiento, en toda su perversa y cruel mec谩nica, hab铆a comenzado oficialmente.
Continuara...

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