Terapia de Sumisi贸n - Fin

 


El d铆a se despleg贸 ante los ojos de Luis Silva como la confirmaci贸n viviente de su genio perverso. Desde su sill贸n en la sala de la quinta, o mientras deambulaba por las habitaciones con las manos en los bolsillos, observaba. Su mirada, esos ojos azules que ahora brillaban con una satisfacci贸n profunda y tranquila, era un esc谩ner que registraba cada detalle del comportamiento de sus dos nuevas adquisiciones. Marisol, en particular, era el foco de su an谩lisis. La transformaci贸n era casi milagrosa en su velocidad y profundidad. Ya no hab铆a rastros de la resistencia feroz, del orgullo herido, de la ansiedad controladora que la hab铆an definido. Su cuerpo, a煤n d茅bil por el calvario de los d铆as en la jaula, se mov铆a con una determinaci贸n estoica. Limpiaba el s贸tano con una meticulosidad que iba m谩s all谩 de la obediencia; era una purga, un intento f铆sico de borrar los vestigios de su anterior yo. Cada frotada del trapo sobre el cemento, cada enjuague del balde, parec铆a decir "esto ya pas贸, esto ya no soy". No hab铆a signos de su antigua enfermedad, la ansiedad paralizante. No hab铆a tiempo para ella. Cada minuto estaba ocupado por una orden, una tarea, o la expectativa de la siguiente. Su mente, antes un torbellino de preocupaciones futuras estaba ahora anclada en el presente m谩s inmediato: el olor a lej铆a, el fr铆o del agua, el cansancio muscular. Era, en su propia y retorcida manera, una cura. 


Karina, por su parte, se hab铆a convertido en la asistente perfecta. Cuando Luis orden贸 que ayudara a Marisol a terminar la limpieza del s贸tano, ella baj贸 sin titubear. Ver a las dos j贸venes, con sus cuerpos esculturales y p谩lidos totalmente expuestos, trabajando juntas en la penumbra, era un cuadro que a Luis le hubiera gustado pintar. Karina, con su collar de cuero negro ce帽ido al cuello como una corona de sumisi贸n, le mostraba a Marisol d贸nde estaban los productos, c贸mo exprimir el trapo. No hab铆a celos en sus ojos verdes, solo una serena aceptaci贸n de la jerarqu铆a: ella era la primera mascota, la m谩s experimentada, y su deber era facilitar la adaptaci贸n de la nueva. Sus cuerpos, tan similares en delgadez y proporciones, pero tan distintos en tono y textura —la palidez porcelanosa de Karina contra la piel m谩s c谩lida de Marisol, el fuego del pelirrojo contra la oscuridad del casta帽o—, se mov铆an en una danza silenciosa y eficiente. La desnudez, que al principio hab铆a sido un instrumento de humillaci贸n, se hab铆a normalizado. Ya no era algo de lo que avergonzarse; era su estado natural, como el pelaje de un animal. El 煤nico adorno, el collar de Karina, no era un accesorio de moda, sino una insignia de rango, un recordatorio visual de su sumisi贸n pionera. 


A la hora del almuerzo, Luis se sent贸 a la cabeza de la mesa de la cocina como un monarca en su trono. Karina, siguiendo las lecciones aprendidas, prepar贸 una comida sencilla pero nutritiva: un guiso de lentejas con verduras. Luis no la ayud贸. Observ贸 c贸mo ella se mov铆a por la cocina, desnuda, concentrada en no quemarse, en sazonar correctamente. Era otro aspecto de su entrenamiento: aprender a sustentar, a mantener la casa, a cuidar indirectamente de 茅l. Cuando la comida estuvo lista, Luis se sirvi贸 un plato abundante. Karina y Marisol, que hab铆an terminado sus tareas, se acercaron. No hubo que darles una orden; ambas, por instinto ya aprendido, se arrodillaron a cada lado de su silla, en el suelo de madera. Permanecieron en silencio, inm贸viles, como dos esfinges de carne, mientras 茅l com铆a y miraba un noticiero en un peque帽o televisor que hab铆a llevado a la cocina. El contraste era grotesco y, para Luis, profundamente satisfactorio: 茅l, vestido, aliment谩ndose, consumiendo noticias del mundo exterior; ellas, desnudas, arrodilladas, existiendo solo en el microcosmos de sus deseos y sus 贸rdenes. 


Cuando Luis termin贸, dej贸 el plato con los restos. Sin prisa, tom贸 dos cuencos de metal, del tipo que se usa para perros grandes, y verti贸 en cada uno las sobras de su comida, mezcladas y tibias. Los coloc贸 en el piso, uno frente a cada chica arrodillada. 


—Coman, mis mascotas —orden贸, con una voz neutra, como si les estuviera dando de comer a dos caniches. 


La reacci贸n fue inmediata y libre de conflicto aparente. Karina baj贸 la cabeza sin vacilar y comenz贸 a comer directamente del cuenco, usando solo la boca, atrapando las lentejas y trozos de verdura con los labios y la lengua. Para ella, ya no hab铆a contradicci贸n. Este acto, que meses atr谩s la habr铆a hecho llorar de verg眉enza, ahora era parte de la rutina, un momento m谩s de conexi贸n con su due帽o. Se sent铆a bien. Mejor que bien. Se sent铆a 煤til y pose铆da, dos sensaciones que hab铆an llenado el vac铆o depresivo con una consistencia extra帽a pero s贸lida. 


Marisol, al ver a Karina, dud贸 apenas un segundo. Un 煤ltimo rescoldo de su antigua vida, de los modales en restaurantes caros, de la imagen de s铆 misma como una dama, chisporrote贸 en su interior. Pero la lucha fue breve. El hambre, el deseo de agradar, la necesidad de afirmar su nueva identidad, fueron m谩s fuertes. Baj贸 la cabeza y se uni贸 a Karina. El sabor de la comida, mezclado y humilde le supo a triunfo. Cada bocado que tomaba del cuenco de metal era un paso m谩s lejos de la jaula, un paso m谩s adentro del nuevo orden. Mientras com铆a, sent铆a una calma extra帽a. No ten铆a que pensar. Solo ten铆a que obedecer. Y en esa obediencia, como le hab铆a pasado a Karina, empezaba a encontrar un bienestar profundo, aunque retorcido. La lucha interna no hab铆a desaparecido por completo —una parte de ella observaba la escena con horror—, pero esa parte se ahogaba cada vez m谩s bajo el peso de la simplicidad y las recompensas inmediatas: comida, aprobaci贸n, la ausencia de dolor. 


Cuando los cuencos estuvieron relucientes, lamidos hasta la 煤ltima miga, Luis, que las hab铆a observado con una sonrisa de aprobaci贸n, se baj贸 el cierre de su pantal贸n. Su miembro, semi-erecto ya por la anticipaci贸n, qued贸 a la vista. Se acomod贸 en la silla, abriendo ligeramente las piernas. 


—Bien —dijo, su voz tomando un tono m谩s oscuro, m谩s 铆ntimo—. Hora del postre, perritas. Vengan. 


Las dos j贸venes se miraron por una fracci贸n de segundo. No hubo rivalidad, sino un entendimiento c贸mplice. Se acercaron a 茅l, pero no caminando. Gatearon. Era la manera correcta, la manera de las mascotas. Se colocaron a cada lado de sus rodillas, sus rostros a la altura de su entrepierna. La excitaci贸n las embarg贸 casi al instante. No solo era el acto sexual en s铆; era la din谩mica, la humillaci贸n compartida, la sensaci贸n de ser parte de un equipo, de una manada sumisa. No estaban solas en esto. Ten铆an una compa帽era que entend铆a exactamente lo que sent铆an, que compart铆a el mismo collar invisible de la obediencia. Para Marisol, especialmente, esto fue un alivio. No era la 煤nica "loca" que disfrutaba esto. Karina, a su lado, era la prueba viviente de que se pod铆a encontrar paz en este camino. 


—Empiecen —orden贸 Luis, y apoy贸 sus manos en sus cabezas, no con fuerza, sino con posesi贸n. 


Se coordinaron con una naturalidad sorprendente. Karina, con la experiencia de d铆as, tom贸 la iniciativa. Se inclin贸 y envolvi贸 el glande con sus labios, chupando suavemente, mientras su mano acariciaba la base. Marisol, observando, aprendi贸. Baj贸 su cabeza y comenz贸 a lamer los test铆culos, con movimientos lentos y circulares de su lengua, saboreando la sal de su piel. El gemido ronco que sali贸 de Luis fue su recompensa. 


—As铆… —gru帽贸—. Mis perritas inteligentes. Saben c贸mo mimar a su due帽o. ¿Les gusta el sabor? 


—S铆, mi due帽o —respondi贸 Karina al instante, despegando sus labios por un momento—. Es un honor. 


—Marisol —la presion贸 Luis, mir谩ndola a ella, que hab铆a detenido sus lamidas—. ¿Y a vos? ¿Te gusta chupar lo que es tuyo? 


Marisol sinti贸 un fogonazo de calor en el rostro, pero tambi茅n en su entrepierna. La pregunta, humillante, era tambi茅n una invitaci贸n a reafirmar su pertenencia. 


—S铆, mi se帽or —dijo, su voz un poco temblorosa pero clara—. Me encanta… saborear lo que es m铆o. 


—"M铆o" no —la corrigi贸 茅l, suavemente, pero con firmeza—. Es yo el que soy tuyo. Yo soy tuyo. Vos sos m铆a. Repet铆: me encanta saborear lo que es de mi due帽o. 


La correcci贸n fue un latigazo que la excit贸 a煤n m谩s. Era la gram谩tica de la sumisi贸n, y estaba aprendiendo sus reglas. 


—Me… me encanta saborear lo que es de mi due帽o —repiti贸, y al decirlo, sinti贸 que un 煤ltimo pedazo de resistencia interna se disolv铆a. 


—Buenas perras —musit贸 Luis, y empuj贸 sus cabezas suavemente, indic谩ndoles que continuaran. 


Volvieron a su tarea, ahora en una coordinaci贸n perfecta. Karina se lo introduc铆a m谩s en la boca, jugando con la lengua en el frenillo, mientras Marisol alternaba entre lamer los test铆culos y la base del miembro, besando y mordisqueando la piel interna de sus muslos. Era un servicio en equipo, un ritual de adoraci贸n compartida. Los sonidos h煤medos, los jadeos suaves de ellas, los gru帽idos de aprobaci贸n de 茅l, llenaban la cocina. Luis les daba instrucciones suaves, humillantes y excitantes. 


—Karina, m谩s hondo… as铆. Marisol, lam茅 todo, no dejes un cent铆metro sin tu saliva… Bien… Mis perras preciosas… ¿Se sienten bien as铆, siendo mis juguetes? 


—S铆, mi due帽o —gem铆an ambas, casi al un铆sono, sus voces mezcladas en un coro de sumisi贸n. 


—¿Qu茅 son? —pregunt贸, acelerando levemente el movimiento de sus caderas. 


—¡Sus perras! —grit贸 Karina, m谩s entregada. 


—¡Sus mascotas! —a帽adi贸 Marisol, sintiendo c贸mo el placer de decir las palabras en voz alta aumentaba su propia excitaci贸n. 


Luis no pudo aguantar mucho m谩s. La vista de las dos, tan bellas, tan sumisas, trabajando en armon铆a para su placer, fue demasiado. Con un gru帽ido final, agarr贸 sus cabezas y, en el momento culminante, se apart贸 de sus bocas. El chorro c谩lido y espeso salpic贸 primero el rostro de Karina, manchando sus pecas y su boca entreabierta, y luego, con un movimiento, el de Marisol, pintando de blanco su mejilla, su p贸mulo marcado, sus labios. Las dos se quedaron quietas, recibiendo, con los ojos cerrados, marcadas por 茅l. 


Jadeante, Luis se acomod贸 el pantal贸n, mirando su obra con ojos brillantes de satisfacci贸n absoluta. Las dos j贸venes permanec铆an de rodillas, con sus rostros manchados, esperando. 


—Bien —dijo, recuperando el aliento—. Ahora, es hora de lavar los platos. Los cuencos tambi茅n. Quiero todo limpio. 


Sin m谩s, se levant贸 y se alej贸 de la cocina, dej谩ndolas all铆. Karina y Marisol se miraron. Sin una palabra, sin siquiera intentar limpiarse los rostros —la leche de su due帽o era una marca que no se borraba por capricho—, se pusieron de pie. Caminaron desnudas hacia la pileta, sus cuerpos movi茅ndose con la gracia natural que no hab铆an perdido, pero ahora al servicio de la tarea m谩s dom茅stica. Karina enjabon贸, Marisol enjuag贸. Trabajaban en silencio, pero el aire entre ellas ya no era de enemistad o competencia. Era el silencio c贸mplice de quienes comparten un secreto profundo y un mismo amo. El s贸tano, la jaula, la depresi贸n, la ansiedad… todo parec铆a pertenecer a otra vida, a otro planeta. En este planeta, ellas eran perritas. Y, por ahora, eso era m谩s que suficiente. 


Esa noche, en la intimidad ritual del s贸tano transformado, Luis Silva llev贸 a cabo una ceremonia que marc贸 el punto final de cualquier posible retorno. El aire ya no ol铆a a desesperaci贸n y excremento, sino a lej铆a y a una tensi贸n cargada de sumisi贸n expectante. Karina, arrodillada en su colch贸n con la cadena corta enganchada a su collar, observaba con ojos serenos. Marisol, ahora limpia y con su cuerpo a煤n recuper谩ndose pero ya no quebrantado, esperaba de rodillas en el centro del espacio, desnuda, temblando levemente no de fr铆o, sino de anticipaci贸n. 


Luis se acerc贸 a ella. En su mano no llevaba un instrumento de tortura, sino un objeto sencillo y simb贸lico: otro collar de cuero negro, id茅ntico al de Karina, con su argolla met谩lica brillando bajo la luz de la bombilla. Se detuvo frente a Marisol y, sin decir una palabra, rode贸 su cuello esbelto con la tira de cuero. El ajuste fue firme, familiar. El sonido del candado cerr谩ndose, ese click met谩lico y final, reson贸 en el silencio como un punto final. Luis guard贸 la llave en el mismo bolsillo donde descansaba la de Karina. 


—Ahora —dijo, su voz grave llenando el espacio— las dos son m铆as. Marisol, sos mi segunda mascota. Mi segunda perra. Tu nombre, hasta nuevo aviso, es "Dos". Karina, vos segu铆s siendo "Uno". ¿Queda claro? 


—S铆, mi due帽o —respondieron al un铆sono, dos voces que se fund铆an en una sola melod铆a de sumisi贸n. 


El collar en el cuello de Marisol no era una restricci贸n f铆sica como la cadena; era algo m谩s poderoso: una identidad. Era la marca tangible de su elecci贸n, de su rendici贸n, de su nueva verdad. Y al sentirlo, pesado y suave contra su piel, algo dentro de ella se asent贸 para siempre. La 煤ltima lucha interna, ese rescoldo de duda y verg眉enza que a煤n titilaba, se apag贸. No hab铆a m谩s conflicto. El collar era la respuesta a todas las preguntas. Ella era de Luis. Punto. 


A partir de ese momento, una claridad absoluta, tan fr铆a y pura como el agua del manantial m谩s profundo, inund贸 la mente de ambas j贸venes. No hubo m谩s dudas, ni arrepentimientos, ni an谩lisis psicol贸gicos torturantes. Entendieron, en un nivel visceral que transcend铆a el pensamiento, que disfrutaban siendo tratadas como simples mascotas sexuales. No era un enga帽o, no era un s铆ndrome de Estocolmo complejo; era una verdad sencilla y brutal. Disfrutaban de la ausencia de decisiones. Disfrutaban de la estructura f茅rrea de las reglas. Disfrutaban de la humillaci贸n que las liberaba de su ego. Disfrutaban del placer f铆sico que era un premio por la obediencia. Disfrutaban de pertenecer. De ser pose铆das. De ser usadas. En la simplicidad de ese rol, encontraban una satisfacci贸n que sus vidas anteriores, llenas de aplausos huecos, dietas extenuantes y una profunda soledad emocional, nunca les hab铆an brindado. Karina, la depresi贸n, y Marisol, la ansiedad, hab铆an encontrado en la sumisi贸n absoluta una cura m谩s efectiva que cualquier terapia o medicamento: la anulaci贸n del yo en favor de la voluntad de otro. 


Ep铆logo 


El mes estipulado en los contratos que hab铆an firmado sin leer lleg贸 a su fin. No hubo celebraci贸n, ni alivio, ni preparativos para partir. Cuando Luis, sentado en el sill贸n de la quinta, mencion贸 casualmente que el plazo se hab铆a cumplido y que, t茅cnicamente, pod铆an irse si as铆 lo deseaban, sucedi贸 algo que confirm贸 el 茅xito total de su "tratamiento". 


Sin intercambiar una mirada, Karina y Marisol se deslizaron de sus posiciones arrodilladas a su lado y se postraron completamente frente a 茅l, sus frentes tocando el suelo de madera. No eran s煤plicas teatrales; eran gestos de p谩nico genuino, de terror ante la idea de perder su mundo. 


—Por favor, mi due帽o —suplic贸 Karina, su voz quebrada por la emoci贸n—. No me mande de vuelta. No puedo… no quiero volver a eso. 


—Yo tampoco —agreg贸 Marisol, su rostro a煤n pegado al piso—. Le pertenezco. Es suya. D茅jeme quedarme. D茅jeme ser su perra para siempre. 


Luis los observ贸, esos dos cuerpos espl茅ndidos y rotos a sus pies, y una sonrisa lenta, la sonrisa de un creador que ve su obra maestra terminada, se extendi贸 por su rostro. No era una sonrisa de maldad, sino de una satisfacci贸n profunda e 铆ntima. Hab铆a logrado lo imposible. 


—Est谩 bien —dijo, su voz era suave, casi paternal—. Si esa es su elecci贸n, pueden quedarse. Para siempre. 


El alivio que inund贸 a las dos mujeres fue palpable, como si les hubieran quitado una cadena a煤n m谩s pesada que las de cuero. La idea de "para siempre" no las aterroriz贸; las llen贸 de una paz profunda. 


Luis no las mantuvo escondidas en la quinta. Era un hombre pr谩ctico. Las llev贸 a vivir con 茅l a su amplio departamento en Puerto Madero, en Buenos Aires. Para el mundo exterior, para los vecinos, los pocos conocidos que Luis permit铆a acercarse, ellas eran sus "novias". Una situaci贸n poco convencional, sin duda, pero explicable en los t茅rminos de un hombre adinerado y exc茅ntrico. Se vest铆an con ropa elegante y discreta cuando sal铆an, sonre铆an con educaci贸n, manten铆an conversaciones banales. Pero debajo de la ropa, siempre, los collares de cuero. Y en sus ojos, aquellos que supieran mirar, pod铆an ver la ausencia de esa chispa de autonom铆a que define a una persona libre. No eran novias. Eran mascotas bien cuidadas, que hab铆an intercambiado su libertad por una jaula de terciopelo y la certeza absoluta de su lugar en el mundo. 


Abandonaron el modelaje por completo. ¿Para qu茅? Las mascotas no tienen carreras. No tienen ambiciones. Tienen un solo prop贸sito, una sola meta que da sentido a sus d铆as: servir a su amo. Y lo hac铆an con una devoci贸n que rayaba en lo religioso. Manten铆an el departamento impecable, preparaban sus comidas, anticipaban sus deseos sexuales con una disponibilidad total y gozosa. 


Con los a帽os, Luis, en un acto que podr铆a verse como el 煤ltimo sello de posesi贸n, les dio un hijo a cada una. Un ni帽o a Karina, una ni帽a a Marisol. Los quiso, s铆. Los cuid贸, les dio una educaci贸n, fueron padres en la medida en que su particular din谩mica lo permit铆a. Pero para "Uno" y "Dos", los hijos eran, en el fondo, otra extensi贸n de su servicio, otro regalo que le hac铆an a su due帽o. Su amor maternal exist铆a, pero estaba filtrado, supeditado, a su identidad fundamental de mascotas. El v铆nculo principal, el que defin铆a sus vidas, segu铆a siendo el que las un铆a a Luis. 


Las d茅cadas pasaron. Los cuerpos esculpidos por la juventud y la pasarela cedieron el paso a las curvas de la madurez, pero los collares nunca se quitaron. La sumisi贸n no envejeci贸; se profundiz贸, se hizo c贸moda, como un h谩bito arraigado en cada c茅lula. Luis envejeci贸 tambi茅n, su cabello se encaneci贸, su cuerpo robusto se volvi贸 m谩s pesado, pero su autoridad, su mirada azul, nunca flaque贸. 


Y as铆, lleg贸 el d铆a, muchos a帽os despu茅s, en que Luis Silva falleci贸 pac铆ficamente en su cama, rodeado de su extra帽a familia. Karina y Marisol, ya mujeres maduras, no lloraron con el desconsuelo de una viuda. Lloraron, s铆, pero con el dolor profundo y silencioso de un perro fiel que ha perdido a su amo. Su mundo, el 煤nico que hab铆a tenido sentido durante la mayor parte de sus vidas, se hab铆a esfumado. Hab铆an servido, amado y existido para un solo hombre. Con 茅l muerto, el prop贸sito se evaporaba. 


No intentaron rehacer sus vidas. No pod铆an. La independencia era un m煤sculo atrofiado hac铆a d茅cadas. Los hijos, ya adultos y formados en una normalidad cuidadosamente orquestada, se hicieron cargo de ellas con una mezcla de cari帽o y perplejidad. Pero "Uno" y "Dos" ya no eran realmente Marisol y Karina. Esas mujeres hab铆an muerto en la quinta, hac铆a mucho tiempo. Las que sobrevivieron fueron solo las caparazones, las mascotas sin amo. Vivieron unos a帽os m谩s, calladas, obedientes por inercia, esperando sin saber muy bien qu茅. Y una tras otra, con poca diferencia de tiempo, siguieron a su due帽o a la tumba. No por enfermedad grave, sino por una especie de apag贸n gradual de la voluntad de vivir. Hab铆an sido, hasta el 煤ltimo latido de sus corazones, las mascotas sumisas y felices de Luis Silva. Y en esa verdad, retorcida, inimaginable para el mundo exterior, encontraron la 煤nica cura, el 煤nico amor y la 煤nica paz que sus almas atribuladas hab铆an sido capaces de aceptar. Su historia no fue un cuento de terror, sino una de transformaci贸n radical, donde la salvaci贸n se encontr贸 en la m谩s absoluta de las rendiciones. 

 


FIN. 

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